Al límite de la poesía.

«Deseo servirte.

Déjame facilitar tu existencia.

Seré tu mayordomo, tu chofer, tu guía en los países más exóticos . Seré tu cocinero, tu sísi más devota. Seré tu jardinero donde tus flores guardarán los rayos de sol cada mañana gracias a mis riegos diarios.

Usame, soy todo tuyo.

Permíteme masajear tus pies cuando estés agotada tras largas jornadas en el gimnasio. Pintaré tus uñas si así lo deseas, hidrataré tus deditos con aceites traídos de Medio Oriente y luego los besaré, soplaré y los secaré hasta quedarme sin aliento. Ofreceré todo mi cuerpo para tu descanso, seré tu mesa, tu silla, el sillón donde reposaran tus pies desnudos o con el calzado que estimes.

O tu lienzo. Esculpe sobre mí, píntame, tatúame.

Seré tu sombrilla frente al mar cuando el sol rabioso se demore sobre tu piel, me convertiré en tu toalla, o tu alfombra en la que reposarás.

Deseo regalarte mi tiempo.

Mis aptitudes, mi cuerpo. Mi alma.

Al principio mi cabeza era un enjambre de contradicciones, ahora soy el hombre más seguro, y con esta misma seguridad te digo que deseo servirte.

Me portaré bonito, como dice aquella canción que seguro conoces y te gusta.

Segundos a tu servicio, minutos, horas, días.

Y un día morir con recuerdos y satisfacción, no con sueños.

Revuélcame en el suelo, convierteme en canción. Puedo ser tu muso si lo estimas conveniente.

Sácame a pasear con correa o sin ella, apárcame junto a un árbol cuando te canse mi presencia.

Úsame.

Húntame de ti.

Seré discreto. Seré comunicativo cuando tenga que serlo y callaré cuando lo necesites…»

Recibí un mail casi a diario con este propósito de servicio durante varios meses. No le conocía pero presumía ser insistente, paciente, educado, persuasivo.

Y atractivo, en el último que abrí, confieso que no leí todos, me envió una foto suya en blanco y negro. Alto, moreno, sonrisa del conquistador que se sabe bello. Su persistencia y elocuencia acabo despertando mi interés.

-Llámame mañana- le escribí un viernes cualquiera.

Lo hizo.

-Voy a ponerte a prueba. No tengo tiempo para esclavos sin alma.

Me gusta la fuerza y la decisión. El arrojo y la valentía.

Si las vas superando, podrás servirme…

(Continuará)

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Pon tus coordenadas en otro universo.

Queridos y fieles súbditos. A partir de Octubre ya no estaré en Madrid y aunque nunca digas nunca jamás, dudo que regrese. Aún así…no os dejo huérfanos, como me dijo alguien hace poco:)

Seguiré realizando sesiones de manera telefónica o con video llamada. No es lo mismo, pero casi casi.

Preguntadme y os doy los detalles.

Os beso.

Revolcándonos de canción en canción, de risa en risa. Le tenia desnudo debajo de mí con sus muñecas sujetas por mis manos. Le besaba.

Le mordía.

Arañaba su libertad mientras él susurraba con restos de mí, aún en su boca: «Eres como una artista pintando sobre un lienzo, el lienzo es mi piel.

Garabateas lento, me respiras, te siento.

Ven y lléname de tu sudor, cúbreme con tintas y olores que derramen placer y luego déjame si quieres.

Pero sobre todo, no muevas así las caderas, que te sigo hasta la muerte y mucho más allá.»

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Estrategias del deseo.

«Otra vez Eros que desata los miembros

me tortura

dulce y amargo

monstruo invencible.

(Safo)

Hacia tiempo que no le veía. Mi chico fetichista llegó apresurado y sonriente.

Confesiones iniciales.

Él se considera switch pero cada vez es más sumiso, aunque aún no lo sabe, cada vez un poquito más mio.

Sus ganas y las mías desde la última sesión habían aumentado así que…mi imaginación se disparó.

De aperitivo una buena dosis de sado «médical», para celebrar esto y aquello, bañado con una capa de fetichismo con sabor a latex y tacones de aguja.

Le siguió una dulce dilatación uretral. Pudo superar sus limites, yo ya sabía que lo haría, él no. Como plato principal, la suave tortura de un «teast and denial» detenido en el tiempo seguramente más de lo deseado por su parte. Y antes de que la explosión llegara le advertí que el final a veces se torna en una sinuosa continuación; así que mis dedos se deleitaron en un tórrido «post orgasm».

Las consabidas súplicas pidiendo una pausa, su confianza depositada en mis manos y mi satisfacción al conseguir mi propósito.

Sonreí.

Confesiones finales.

-¿Recuerdas la primera vez que tuve una sesión contigo?-

Claro- le contesté.

-¿No echaste en falta algo aquel día?-

En el mismo instante en el que visualicé aquellos momentos recordé el detalle, pero preferí que lo confesara.

No caigo- le respondí en tono convincente.

-Me llevé uno de tus tangas, el negro que tiene una abertura en la parte delantera.

Lo usaste para amordazarme, no sé si lo recordarás- me especificó.

Volví a sonreir esperando alguna explicación.

-Desde entonces lo guardo en un cajón, a veces lo miro, lo toco, lo huelo.-

-Apuesto a que tienes más fetiches sustraidos al tiempo-le comenté curiosa.

-Sí, guardo algún liguero de encaje y medias de mis sumisas.-

Y aunque me gustó imaginarle así, masturbándose en noches clandestinas y con lenceria robada…merecía un castigo.

Pero fue listo. Me lo dijo al terminar la sesión.

I hope you…

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Entre rimas y risas anda el juego.

Juro que hay poetas en esta orbita y están entre nosotros.

Con un poco de suerte un buen día uno de ellos te escribe un mail y te hace llegar una de sus
rimas. Y yo, aspirante a poetisa voy y pervierto sus letras, quedando al final
algo como esto:

…»Ella hace magia con las
palabras, bailan sobre mí, se me enredan en las ramas.

Crecen en el intento y penetran en mis raíces,

como cuando cogió aquél consolador y sin mediar palabra me folló.

Y no falló.

Exhausto clamé al cielo, ¿quién era yo antes de esta rendición?

Juega con mi impaciencia, casi igual que lo hace con mis pezones cuando
libre de vergüenza se los ofrezco y ella los corona con agujas, pinzas y otras
delicias.

Ella es barricada y puente abierto.

Bocanada de aire y bofetada de placer.

Sus palabras se contonean en murmullos insolentes y se clavan cuando en
noches de insomnio, otros libros, otras letras me alejan de sus alas.

Ella es abrigo y desierto,

manantial viscoso que a veces acorrala mi voluntad,

como cuando se adueña de mi miembro, lo enjaula por días

y se regala la llave de mi libertad.

Canción y acierto.

Rima y tortura,

cabalga de nuevo, salta por la azotea

y perfora esta espera…»

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A veces el universo es aquí y ahora.

A ver niño, lo has hecho bien, tu boca a estado a la altura de mis húmedos deseos. Las gotas resbalando por mis piernas han sido testigo de ello. Tu lengua puede darse por felicitada. 

Solo un fallo tuvo esta sesión, el desastre de la cisterna estropeada, el agua cortada como medida preventiva hasta que el fontanero, espero que fornido y atractivo, se dignase a pasar por mi estudio.

Así qué…

-Vayamos a la piscina. Déjate el plug puesto-te indiqué.

Te presté un bañador y sin más, bajamos a la piscina de la urbanización.

Me puse mi último bikini, comprado a capricho. Negro, muy pequeñito. Las uñas rojas bailaban en un equilibrio perfecto con las sandalias, negras también. El césped nos esperaba algo frio con anhelo y rubor. El socorrista aplaudió la valentía de ver como sumergíamos nuestros cuerpos a pesar de la tarde nublada, para satisfacción de mis sentidos.

Permití al agua acariciar mis muslos, los mismos que minutos antes chorreaban de placer mientras tú nadabas como podías con ese plug que te perseguiría varias horas más.

Bien por ti, pudiste hacerlo sin que se saliera.

Quise premiarte.

Desde la profundidad de la piscina mi pie buscó tu miembro escondido tras el bañador de tonos azules.

Te sorprendiste. Te gustó.

-Demasiada tela-pensé.

Te quité la prenda. Pocos vecinos, mejor.

Ahora sí, mi pie acariciaba tu sexo lentamente mientras el agua mecía mis intenciones. 

Tu excitación y mi sonrisa. Quise agitar al viento.

-Quiero que beses mis pies- te susurré.

Asentiste.

Sali de la piscina sinuosamente con tu bañador en la mano, muy a tu pesar.

Tuviste que salir, así, desnudo.

2 vecinas mayores y el socorrista, no había demasiado público. Me regalé a la parsimonia del césped y al placer de la tierra tras el agua, mientras tú buscabas la postura más cómoda para lamer uno a uno mis deditos.

Parecías hambriento, lo hacías bonito y sabroso. El calor de tu boca en mis empeines, mientras mis piernas inquietas buscaban tu miembro, aún desnudo.

Lo apreté con la fuerza de mis pies, lo estrujé, quiso escapar por un instante. Demasiada tensión y demasiado público, pensaste seguramente.

Comencé a mecerlo dulcemente, arriba y abajo. Suave. 

Me mirabas suplicante. Te sonreí mientras negaba con la cabeza tus peticiones mudas.

Agitación. El ritmo subió, desee romperte la vergüenza ahí mismo.

Tú de rodillas, yo tumbada sobre el césped. No sé si me provocó más placer tu rostro sonrojado por la timidez o comprobar como tu sexo crecía de manera desenfrenada a pesar de ti.

-Grita- te dije, deleitándome en cada palabra.

Estabas a punto de estallar, no querías. Yo sí.

Más nivel.

Más rapidez.

Sin piedad.

Y fue.

Te me derretiste sobre los dedos, gritaste mi nombre mientras caías abatido sobre la hierba, el rojo de las uñas se transformó en blanco. El sol nos aplaudió. 

De el resto no me acuerdo.

“Hay palabras endiosadas y endemoniadas,

otras están enduendadas.

O humanizadas.

Todas están pervesamente encantadas.”

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Empavesar: colocar sobre el hombre todas las banderas.

Hay árboles de hoja perenne y otros de hoja caduca.

También hay esclavos de obsolescencia programada y otros con los que se puede contar siempre. No hasta dos o hasta diez, sino contar, como decia Benedetti.

Gracias a todos por igual por vuestra valentía y por la confianza en mi mano guia.

Muchos habeis sido musos sin apenas sospecharlo, de mis letras y de alguna caricia clandestina que jamás confesaré.

Mil besos para todos. Con cada uno de vosotros yo también he aprendido , el pasito hacía adelante ha sido mutuo.

Gracias por las risas, los besos, la obediencia, la entrega. Por la fuerza que esconde la vulnerabilidad. Por las ganas de sentir y experimentar.

Hoy mis letras dejan la perversión a un lado y lo hacen para enviaros este agradecimiento pasado por sol y nubes de julio.

Esto no es una despedida, sigo por aquí planeando juegos maquiavelicos nuevos y escribiendo, sobre todo cuando llegas tú como si nada, despiertas mi deseo como si todo, coges tu barco y te vas a luchar con Poseidon o con quien se tercie.

O cuando te veo a ti, cargado de libros, filósofos e ideas tan delirantes como excitantes. Me propones un viaje al fin del mumdo y yo voy y te digo sí.

Os beso.

Os siento.

L.S.

«A menudo encontramos nuestro destino por los caminos que tomamos para evitarlo».

Entiende tu alma y entenderás tu cuerpo. (V)

«Mira y despuebla,

contempla y aniquila,

no es tanto su poder

como el desvalimiento ajeno».

(C. Peri Rossi.)

…Quise pintar el guión. Escribir la escena. Coreografiar este momento único e irrepetible para él. Y es que hay vivencias que se suceden en el tiempo, hay otras que tal vez no, lo que está claro es que solo hay una primera vez y esta, siempre se queda grabada en la piel. Yo deseaba que un primer encuentro así, se perpetuara en su memoria por los siglos de los siglos.

Me acerqué al oido de mi nuevo sumiso, y según le besaba el cuello le susurré:

-Quiero más. Un paso más-

Tragó saliva. Suspiró. Juraría que entró en trance por unos instantes. Después alcanzó a balbucear:

-Como ordenes-

Pues claro, no esperaba menos de él.

Rose sabía muy bien lo que debía hacer, al fin y al cabo, llevaba años adiestrándola. Adiestrándole.

Imaginaba que este gran paso sería algo duro al principio, pero gracias a la sensualidad de Rose todos navegaríamos en este mar de placeres de la mejor manera. Lo que no sabía es que la sorprendida iba a ser yo. Me senté en mi trono de color violeta, maquillé mis labios y me dispuse a deleitarme observándoles.

Rose dirigió su mano hacia la gran boca de labios gruesos y el novato comenzó a lamer los dedos de uñas rosas. Uno a uno. Lento para pasar a engullirlos instantes después, dos, tres, los cinco a la vez. Esa misma mano que chorreaba borbotones de saliva se dirigió a la entrepierna del novato. Rose palpó su dureza, y cuando la dio por buena dirigió al reo contra la pared. Se situó detrás de él, separó sus piernas con un firme y suave movimiento y demoró caricias en sus prietas nalgas.

Rose se agachó. No pudo evitar hacer algo que yo sabía le excitaba sobremanera. Mordió sus glúteos. Los amasó. Los estrujó. Los besó. Dos cachetadas y volvió a ponerse en pie.

Rose comenzó por besar su espalda, subió lentamente hacia su cuello, se enredó en la nuca, en la comisura de sus labios. Le agarró del cuello fuerte y en un rápido movimiento el novato se volteó.

Exudaba excitación. Nervios y ganas. Hambre, y un qué sé yo que le hacía no dejar de moverse. Agarró del pelo a Rose y aterrizó sus labios contra los suyos. Sus lenguas se perdieron en mitad de una marea de suspiros y susurros.

Se respiraron. 

Se apretaron.

Se estrujaron. 

Se retorcieron. 

Se intuyeron. 

Se chuparon.

Los dedos de Rose comenzaron a buscar las cavidades más profundas del novato. Preludios de algo mejor…

Se dejaban hacer.

Se acariciaban. Se deseaban. Se anticipaban. Se fascinaban.

Los dedos húmedos buscaban cobijo y asilo por unos instantes.

Gemidos.

-Fóllame- suplicaba en voz baja el novato.

Rose no necesitó escucharlo dos veces.

Volvió a separar sus piernas. Nuevas cachetadas, una mano en el cuello de su amante y la otra en su miembro que se abría paso con firmeza.

Y entonces…

Se inflamaron, se acometieron, se enlazaron, se perforaron. Se atornillaron.

Se desgarraban…

Deleite para mis sentidos.

El novato estaba preparado para todo.

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Adora y confia. (IV)

…Y eso hubiera sido lo fácil.

Lo previsible.

Permitir que él desarrollara sus dotes amatorias y complacientes con la esclava delante de mí. Una esclava bella, desnuda, entera para él y sus caprichos.

Imposible. Dejé que lo creyera hasta el último minuto. Y vaya si lo creyó.

Cuando la tuvo a 2 centímetros de su aliento ella le vendó los ojos, le ató las manos con unas esposas metálicas y tal y como yo le indiqué, se retiró de la escena.

Entonces me acerqué a él. Descalza, casi bailando con el suelo, para que no sospechara mis movimientos.

-Ahora es cuando tienes que demostrarme lo buen sumiso que vas a ser. Que cada caricia sea para mi deleite- le susurre mientras él permanecía a la espera de no se sabía qué o quién.

-Puedes venir.- Dije en voz alta.

Y ahí llegó él, o ella, o ella y él. Otro esclavo. Un gran esclavo. Vino cubierto de aceite chorreando en su frágil cuerpo. Era dulce, complaciente, tan femenino que supe verle desde el primer instante en que le tuve delante de mí. A partir de ahí, el resto fue reconstruirle y que fuese lo que realmente ya era en esencia.

Previamente maquillado, perfumado y provisto de unas braguitas en color rosa, se acercó a mi encuentro. Con su sonrisa por bandera y esas ganas de satisfacerme a mí, y después a quien yo quisiera.

Ahora sí. Retírale la venda y las esposas.- Le indiqué.

El nuevo esclavo se transformó en una interrogación.

-No olvides lo que te he dicho. Yo estoy contigo- le recordé desde una distancia desconcertadora.

Titubeo. Sus manos temblorosas intentaban llegar al cuerpo que se le antojaba tan lejano a pesar de estar frente a él. Rose, mi esclavo femenino le ayudó. Cogió las manos sudorosas y las llevo a su propia piel. Primero a sus hombros, con suave cadencia las fue moviendo un poco mas abajo, a sus pectorales, antebrazos. Cuando pareció que se iba relajando acercó su dedo a la boca del novato. Lo lamió.

Me gustó verlo.

Comprobar que iba respondiendo a los estímulos, olvidando prejuicios y por olvidar llegar a olvidarse de sí mismo. Centrándose en el momento. No existía nada más que las ganas de complacerme y de experimentar, el resto no importaba.

Respiró profundo. Aceptó su realidad y se relajó. Su lengua se retorcía alrededor de un dedo ajeno que se le ofrecía. Lo aprovechó. Lo disfrutó. Lentamente lo engullía con los ojos y con su boca que rogaba un poco más.

-Arrodíllate, ya sabes lo que tienes que hacer.-Volví a orientarle desde mi lejanía cada vez más cercana.

Se arrodilló frente a Rose. Le retiró la ropa interior mientras Rose desbarataba con ligereza su cabello hasta entonces bien peinado. Era sin duda la primera vez que un miembro masculino se le ofrecía de esa manera. En las distancias cortas todo cambia. Se le antojó seguramente bello, erguido, perfectamente húmedo. Cerró los ojos y abalanzó su boca hasta la punta de aquel sexo que comenzaba a hablar por sí mismo. La lengua rozando la piel. La piel excitándose ante una inocente boca que se moría por seguir con esta prueba iniciática. Los labios abriéndose a un nuevo mundo que ya, era su mundo. El sabor, el olor, todo invitaba a un balance de estímulos y referencias nuevas. Y en unos segundos su boca entera cubría el sexo de Rose. Las manos del novato se perdían en los glúteos de su partenaire, los apretaba, los acariciaba sin timidez, los estrujaba. Comenzaba a retorcerse de placer desde su posición arrodillada.

-Lo estás haciendo muy bien- le dije, esta vez a poca distancia de ellos. Ahora deseo que te dejes hacer y sentir.

Rose le ofreció la mano de uñas rosas en un gesto que le invitaba a levantarse. Entonces lo llevó hacia la pared, se arrodilló frente a él y en un movimiento tan deseado como bien aprendido, acercó sus gruesos labios maquillados al miembro chorreante del esclavo novato. -«Nadie te puede llevar donde no ha ido»- recuerdo que le dije a Rose cuando comenzaba su instrucción, de esto han pasado ya varios años y su evolución resultó tan sorprendente como sus exquisitos modales.

Respiró. Inclinó su cabeza hacia atrás. Cerró los ojos y el baile de sentidos comenzó. Sentía como sus carnosos labios atrapaban su cuerpo. Y como estos le devoraban a brochazos de calor. Otra atmósfera se abría ante él. Podría haber intentado comparar, pero no lo hizo. Simplemente se limitó a sentir en un acertijo de sensaciones.

Por unos segundos olvidó dónde estaba. Sacudidas hipnóticas en una geografía casi desconocida repleta de dones y sabiduría. Tuvo que abrir los ojos para volver a la materia.

Estaba a punto de diluirse en su boca.

-Para- le indiqué oportunamente. Estoy muy orgullosa de ti. Me acerqué a su espació. Le besé dulce, suave y susurrándole volví a guiarle:

-Ahora vamos a subir el nivel.-

Me miro.

Volvió a temblar.

Su alma en vilo y en trance de promesa.

Palabra y silencio.

(…continuará…)

«El misterio último es uno mismo». (Oscar Wilde)

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La rendición (III)

…Pasaron semanas desde su llegada a mi santuario cuando por fin, no solo entendió su destino, si no que comenzó a amarlo.

La vida en el haren no era difícil, solo exigente. Todo debía estar a mi gusto. Mis deseos colmados y todas y cada una de mis necesidades cubiertas, de cualquier ámbito y en cualquier materia. Aquí podría surgir la complicación para un solo esclavo, por eso contaba desde hacia días con 11. El número ideal.

La primera semana de aprendizaje fue dura para el novato, suele ocurrir, por eso durmió 7 noches seguidas encerrado en la jaula, como aún así necesitó más disciplina las mañanas se las pasó encadenado y desnudo dentro de la mullida jaula negra. De vez en cuando yo pasaba a vigilarle, a cuidarle, a mimarle. Le ofrecía mis pies descalzos de uñas rojas para que los besara. Le regalaba agua y otras deliciosas bebidas directamente de mi boca. Él las acogía con ansia y gratitud.

Comió de mis manos cuando yo consideré que tenía hambre y mis sumisas limpiaron su boca momentos después. Deliciosos manjares cubrían mi mesa y no quise que nada le faltara a pesar de su encierro.

Su ansia en lugar de apaciguarse iba in crescendo. Le dije que tenía que ser paciente en todo momento.

-Recibes lo que esperas, cuando dejas de esperar.- Le susurré mientras me agachaba, acariciando los barrotes de acero. Busque sus gruesos labios, los mordisqueé. Me gustó. Lo besé. Sabía tan rico. Mezcla de deseo y desespero.

Me gustaban todas sus formas de mirarme, sin duda era uno de mis esclavos más atractivos.

Quería ver cómo se movía en la intimidad antes de catarle, así que avise a una de mis chicas.

Se preparó según mis indicaciones. Con tiempo. Dispuesta a buscar el delirio y la locura de mi novato.

Un baño repleto de esencias y aceites, perfume de jazmín. La maquillaron, la peinaron, y con la piel desnuda y descalza se presento ante mí. La cubrí con unas telas transparentes, recogí su larga cabellera rubia y cuando estuvo perfecta la dirigí hacia el enjaulado.

Volví a agacharme en busca de su rostro y mirándole a sus ojos oscuros de infinitas pestañas le dije: -Demuéstrale a ella como te gustaría poseerme a mi.- Le cubrí de saliva para que me retuviera en su boca un tiempo indefinido más y abrí el cerrojo que le aislaba del exterior.

Desnudo, excitado. Su piel sonreía, seguramente sus músculos también. Volvía a ponerse en pié después de varios días de encierro.

Le sonreí y me alejé dispuesta a observarle sin que él pudiera verme.

…(continuará)

«Sans douloir le plaisir est moins vit.

Patiente, patiente.»

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Somos aquello en lo que creemos, aún sin darnos cuenta.(II)

Y llegaron.

Y lo tuve frente a mí.

Esposado.

Con los ojos vendados. Elegante. Nervioso. Excitado.

Con mil interrogantes entre sus labios, los mismos que aún arrastraban la saliva de mis sumisas.

Le quité la privación visual.

-Bienvenido a mi haren- le dije.

Iba ataviada con un traje corto de látex. Verde oscuro, botines verdes y unos pequeños guantes negros de piel. El pelo suelto, los labios rojos en un tono «por fin has llegado». No me puse lencería, el látex es mejor sentirlo muy pegadito a la piel.

Mis chicas, bajo mi mandato le ofrecieron un té y unos deliciosos dulces traídos de muy lejos.

A partir de hoy formarás parte de mi séquito de esclavos. Has sido elegido muy escrupulosamente- le informe mientras observaba su reacción.

Tu única misión a partir de hoy será satisfacerme. Te educaré, haré de ti un fiel sirviente. No competirás con el resto de los esclavos, juntos cooperareis para que mis días estén cargados de placeres y comodidad.

Me acerqué traspasando la frontera de su timidez. Mordí sus labios. Palpé su excitación. Bajé la cremallera del elegante pantalón y le regalé mi primera lección:

-Desde ya, está prohibido llevar ropa interior-

-Desnúdate y dirígete después a las duchas que hay en la última sala-

Sus ojos desbordados callaban en gritos sordos. Sus manos tan firmes como fuertes se deshicieron de la ropa con calma fingida. Me obedeció sin preguntas.

Perfecto- pensé.

He elegido bien. No suelo equivocarme.

Bonito cuerpo bronceado- le dije.

Date la vuelta lentamente.

Se giró. Sabía que ganaba sin atavíos materiales.

Es ideal para mi harem, necesitaba sangre nueva. Con él son ya 11. Un número perfecto. Cada uno de una nacionalidad diferente, con un físico distinto y unas cualidades especiales que les hace únicos.

Tiraré de él con una correa invisible. Fría y cruel cuando haga falta, sensual e instintiva siempre. Su cuerpo vivirá bajo las puntas de mi látigo. En las aristas de mis tacones. Mi placer se alineará con su dolor. Le llevaré al limite de sus fuerzas, al extremo de su masoquismo para después inundarle con mi lluvia.

(continuará)

«Mi amor es sólo amor.

Sin mezclas raras,

amor al cien por cien.

Sin pedir nada.

Amor de esclavo fiel que solo sueña en alcanzar la gloria de ser tu perro

y vivir a tus pies, para adorarlos.»

(J. Peiró)

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