Empavesar: colocar sobre el hombre todas las banderas.

Hay árboles de hoja perenne y otros de hoja caduca.

También hay esclavos de obsolescencia programada y otros con los que se puede contar siempre. No hasta dos o hasta diez, sino contar, como decia Benedetti.

Gracias a todos por igual por vuestra valentía y por la confianza en mi mano guia.

Muchos habeis sido musos sin apenas sospecharlo, de mis letras y de alguna caricia clandestina que jamás confesaré.

Mil besos para todos. Con cada uno de vosotros yo también he aprendido , el pasito hacía adelante ha sido mutuo.

Gracias por las risas, los besos, la obediencia, la entrega. Por la fuerza que esconde la vulnerabilidad. Por las ganas de sentir y experimentar.

Hoy mis letras dejan la perversión a un lado y lo hacen para enviaros este agradecimiento pasado por sol y nubes de julio.

Esto no es una despedida, sigo por aquí planeando juegos maquiavelicos nuevos y escribiendo, sobre todo cuando llegas tú como si nada, despiertas mi deseo como si todo, coges tu barco y te vas a luchar con Poseidon o con quien se tercie.

O cuando te veo a ti, cargado de libros, filósofos e ideas tan delirantes como excitantes. Me propones un viaje al fin del mumdo y yo voy y te digo sí.

Os beso.

Os siento.

L.S.

«A menudo encontramos nuestro destino por los caminos que tomamos para evitarlo».

Entiende tu alma y entenderás tu cuerpo. (V)

«Mira y despuebla,

contempla y aniquila,

no es tanto su poder

como el desvalimiento ajeno».

(C. Peri Rossi.)

…Quise pintar el guión. Escribir la escena. Coreografiar este momento único e irrepetible para él. Y es que hay vivencias que se suceden en el tiempo, hay otras que tal vez no, lo que está claro es que solo hay una primera vez y esta, siempre se queda grabada en la piel. Yo deseaba que un primer encuentro así, se perpetuara en su memoria por los siglos de los siglos.

Me acerqué al oido de mi nuevo sumiso, y según le besaba el cuello le susurré:

-Quiero más. Un paso más-

Tragó saliva. Suspiró. Juraría que entró en trance por unos instantes. Después alcanzó a balbucear:

-Como ordenes-

Pues claro, no esperaba menos de él.

Rose sabía muy bien lo que debía hacer, al fin y al cabo, llevaba años adiestrándola. Adiestrándole.

Imaginaba que este gran paso sería algo duro al principio, pero gracias a la sensualidad de Rose todos navegaríamos en este mar de placeres de la mejor manera. Lo que no sabía es que la sorprendida iba a ser yo. Me senté en mi trono de color violeta, maquillé mis labios y me dispuse a deleitarme observándoles.

Rose dirigió su mano hacia la gran boca de labios gruesos y el novato comenzó a lamer los dedos de uñas rosas. Uno a uno. Lento para pasar a engullirlos instantes después, dos, tres, los cinco a la vez. Esa misma mano que chorreaba borbotones de saliva se dirigió a la entrepierna del novato. Rose palpó su dureza, y cuando la dio por buena dirigió al reo contra la pared. Se situó detrás de él, separó sus piernas con un firme y suave movimiento y demoró caricias en sus prietas nalgas.

Rose se agachó. No pudo evitar hacer algo que yo sabía le excitaba sobremanera. Mordió sus glúteos. Los amasó. Los estrujó. Los besó. Dos cachetadas y volvió a ponerse en pie.

Rose comenzó por besar su espalda, subió lentamente hacia su cuello, se enredó en la nuca, en la comisura de sus labios. Le agarró del cuello fuerte y en un rápido movimiento el novato se volteó.

Exudaba excitación. Nervios y ganas. Hambre, y un qué sé yo que le hacía no dejar de moverse. Agarró del pelo a Rose y aterrizó sus labios contra los suyos. Sus lenguas se perdieron en mitad de una marea de suspiros y susurros.

Se respiraron. 

Se apretaron.

Se estrujaron. 

Se retorcieron. 

Se intuyeron. 

Se chuparon.

Los dedos de Rose comenzaron a buscar las cavidades más profundas del novato. Preludios de algo mejor…

Se dejaban hacer.

Se acariciaban. Se deseaban. Se anticipaban. Se fascinaban.

Los dedos húmedos buscaban cobijo y asilo por unos instantes.

Gemidos.

-Fóllame- suplicaba en voz baja el novato.

Rose no necesitó escucharlo dos veces.

Volvió a separar sus piernas. Nuevas cachetadas, una mano en el cuello de su amante y la otra en su miembro que se abría paso con firmeza.

Y entonces…

Se inflamaron, se acometieron, se enlazaron, se perforaron. Se atornillaron.

Se desgarraban…

Deleite para mis sentidos.

El novato estaba preparado para todo.

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Adora y confia. (IV)

…Y eso hubiera sido lo fácil.

Lo previsible.

Permitir que él desarrollara sus dotes amatorias y complacientes con la esclava delante de mí. Una esclava bella, desnuda, entera para él y sus caprichos.

Imposible. Dejé que lo creyera hasta el último minuto. Y vaya si lo creyó.

Cuando la tuvo a 2 centímetros de su aliento ella le vendó los ojos, le ató las manos con unas esposas metálicas y tal y como yo le indiqué, se retiró de la escena.

Entonces me acerqué a él. Descalza, casi bailando con el suelo, para que no sospechara mis movimientos.

-Ahora es cuando tienes que demostrarme lo buen sumiso que vas a ser. Que cada caricia sea para mi deleite- le susurre mientras él permanecía a la espera de no se sabía qué o quién.

-Puedes venir.- Dije en voz alta.

Y ahí llegó él, o ella, o ella y él. Otro esclavo. Un gran esclavo. Vino cubierto de aceite chorreando en su frágil cuerpo. Era dulce, complaciente, tan femenino que supe verle desde el primer instante en que le tuve delante de mí. A partir de ahí, el resto fue reconstruirle y que fuese lo que realmente ya era en esencia.

Previamente maquillado, perfumado y provisto de unas braguitas en color rosa, se acercó a mi encuentro. Con su sonrisa por bandera y esas ganas de satisfacerme a mí, y después a quien yo quisiera.

Ahora sí. Retírale la venda y las esposas.- Le indiqué.

El nuevo esclavo se transformó en una interrogación.

-No olvides lo que te he dicho. Yo estoy contigo- le recordé desde una distancia desconcertadora.

Titubeo. Sus manos temblorosas intentaban llegar al cuerpo que se le antojaba tan lejano a pesar de estar frente a él. Rose, mi esclavo femenino le ayudó. Cogió las manos sudorosas y las llevo a su propia piel. Primero a sus hombros, con suave cadencia las fue moviendo un poco mas abajo, a sus pectorales, antebrazos. Cuando pareció que se iba relajando acercó su dedo a la boca del novato. Lo lamió.

Me gustó verlo.

Comprobar que iba respondiendo a los estímulos, olvidando prejuicios y por olvidar llegar a olvidarse de sí mismo. Centrándose en el momento. No existía nada más que las ganas de complacerme y de experimentar, el resto no importaba.

Respiró profundo. Aceptó su realidad y se relajó. Su lengua se retorcía alrededor de un dedo ajeno que se le ofrecía. Lo aprovechó. Lo disfrutó. Lentamente lo engullía con los ojos y con su boca que rogaba un poco más.

-Arrodíllate, ya sabes lo que tienes que hacer.-Volví a orientarle desde mi lejanía cada vez más cercana.

Se arrodilló frente a Rose. Le retiró la ropa interior mientras Rose desbarataba con ligereza su cabello hasta entonces bien peinado. Era sin duda la primera vez que un miembro masculino se le ofrecía de esa manera. En las distancias cortas todo cambia. Se le antojó seguramente bello, erguido, perfectamente húmedo. Cerró los ojos y abalanzó su boca hasta la punta de aquel sexo que comenzaba a hablar por sí mismo. La lengua rozando la piel. La piel excitándose ante una inocente boca que se moría por seguir con esta prueba iniciática. Los labios abriéndose a un nuevo mundo que ya, era su mundo. El sabor, el olor, todo invitaba a un balance de estímulos y referencias nuevas. Y en unos segundos su boca entera cubría el sexo de Rose. Las manos del novato se perdían en los glúteos de su partenaire, los apretaba, los acariciaba sin timidez, los estrujaba. Comenzaba a retorcerse de placer desde su posición arrodillada.

-Lo estás haciendo muy bien- le dije, esta vez a poca distancia de ellos. Ahora deseo que te dejes hacer y sentir.

Rose le ofreció la mano de uñas rosas en un gesto que le invitaba a levantarse. Entonces lo llevó hacia la pared, se arrodilló frente a él y en un movimiento tan deseado como bien aprendido, acercó sus gruesos labios maquillados al miembro chorreante del esclavo novato. -«Nadie te puede llevar donde no ha ido»- recuerdo que le dije a Rose cuando comenzaba su instrucción, de esto han pasado ya varios años y su evolución resultó tan sorprendente como sus exquisitos modales.

Respiró. Inclinó su cabeza hacia atrás. Cerró los ojos y el baile de sentidos comenzó. Sentía como sus carnosos labios atrapaban su cuerpo. Y como estos le devoraban a brochazos de calor. Otra atmósfera se abría ante él. Podría haber intentado comparar, pero no lo hizo. Simplemente se limitó a sentir en un acertijo de sensaciones.

Por unos segundos olvidó dónde estaba. Sacudidas hipnóticas en una geografía casi desconocida repleta de dones y sabiduría. Tuvo que abrir los ojos para volver a la materia.

Estaba a punto de diluirse en su boca.

-Para- le indiqué oportunamente. Estoy muy orgullosa de ti. Me acerqué a su espació. Le besé dulce, suave y susurrándole volví a guiarle:

-Ahora vamos a subir el nivel.-

Me miro.

Volvió a temblar.

Su alma en vilo y en trance de promesa.

Palabra y silencio.

(…continuará…)

«El misterio último es uno mismo». (Oscar Wilde)

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La rendición (III)

…Pasaron semanas desde su llegada a mi santuario cuando por fin, no solo entendió su destino, si no que comenzó a amarlo.

La vida en el haren no era difícil, solo exigente. Todo debía estar a mi gusto. Mis deseos colmados y todas y cada una de mis necesidades cubiertas, de cualquier ámbito y en cualquier materia. Aquí podría surgir la complicación para un solo esclavo, por eso contaba desde hacia días con 11. El número ideal.

La primera semana de aprendizaje fue dura para el novato, suele ocurrir, por eso durmió 7 noches seguidas encerrado en la jaula, como aún así necesitó más disciplina las mañanas se las pasó encadenado y desnudo dentro de la mullida jaula negra. De vez en cuando yo pasaba a vigilarle, a cuidarle, a mimarle. Le ofrecía mis pies descalzos de uñas rojas para que los besara. Le regalaba agua y otras deliciosas bebidas directamente de mi boca. Él las acogía con ansia y gratitud.

Comió de mis manos cuando yo consideré que tenía hambre y mis sumisas limpiaron su boca momentos después. Deliciosos manjares cubrían mi mesa y no quise que nada le faltara a pesar de su encierro.

Su ansia en lugar de apaciguarse iba in crescendo. Le dije que tenía que ser paciente en todo momento.

-Recibes lo que esperas, cuando dejas de esperar.- Le susurré mientras me agachaba, acariciando los barrotes de acero. Busque sus gruesos labios, los mordisqueé. Me gustó. Lo besé. Sabía tan rico. Mezcla de deseo y desespero.

Me gustaban todas sus formas de mirarme, sin duda era uno de mis esclavos más atractivos.

Quería ver cómo se movía en la intimidad antes de catarle, así que avise a una de mis chicas.

Se preparó según mis indicaciones. Con tiempo. Dispuesta a buscar el delirio y la locura de mi novato.

Un baño repleto de esencias y aceites, perfume de jazmín. La maquillaron, la peinaron, y con la piel desnuda y descalza se presento ante mí. La cubrí con unas telas transparentes, recogí su larga cabellera rubia y cuando estuvo perfecta la dirigí hacia el enjaulado.

Volví a agacharme en busca de su rostro y mirándole a sus ojos oscuros de infinitas pestañas le dije: -Demuéstrale a ella como te gustaría poseerme a mi.- Le cubrí de saliva para que me retuviera en su boca un tiempo indefinido más y abrí el cerrojo que le aislaba del exterior.

Desnudo, excitado. Su piel sonreía, seguramente sus músculos también. Volvía a ponerse en pié después de varios días de encierro.

Le sonreí y me alejé dispuesta a observarle sin que él pudiera verme.

…(continuará)

«Sans douloir le plaisir est moins vit.

Patiente, patiente.»

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Somos aquello en lo que creemos, aún sin darnos cuenta.(II)

Y llegaron.

Y lo tuve frente a mí.

Esposado.

Con los ojos vendados. Elegante. Nervioso. Excitado.

Con mil interrogantes entre sus labios, los mismos que aún arrastraban la saliva de mis sumisas.

Le quité la privación visual.

-Bienvenido a mi haren- le dije.

Iba ataviada con un traje corto de látex. Verde oscuro, botines verdes y unos pequeños guantes negros de piel. El pelo suelto, los labios rojos en un tono «por fin has llegado». No me puse lencería, el látex es mejor sentirlo muy pegadito a la piel.

Mis chicas, bajo mi mandato le ofrecieron un té y unos deliciosos dulces traídos de muy lejos.

A partir de hoy formarás parte de mi séquito de esclavos. Has sido elegido muy escrupulosamente- le informe mientras observaba su reacción.

Tu única misión a partir de hoy será satisfacerme. Te educaré, haré de ti un fiel sirviente. No competirás con el resto de los esclavos, juntos cooperareis para que mis días estén cargados de placeres y comodidad.

Me acerqué traspasando la frontera de su timidez. Mordí sus labios. Palpé su excitación. Bajé la cremallera del elegante pantalón y le regalé mi primera lección:

-Desde ya, está prohibido llevar ropa interior-

-Desnúdate y dirígete después a las duchas que hay en la última sala-

Sus ojos desbordados callaban en gritos sordos. Sus manos tan firmes como fuertes se deshicieron de la ropa con calma fingida. Me obedeció sin preguntas.

Perfecto- pensé.

He elegido bien. No suelo equivocarme.

Bonito cuerpo bronceado- le dije.

Date la vuelta lentamente.

Se giró. Sabía que ganaba sin atavíos materiales.

Es ideal para mi harem, necesitaba sangre nueva. Con él son ya 11. Un número perfecto. Cada uno de una nacionalidad diferente, con un físico distinto y unas cualidades especiales que les hace únicos.

Tiraré de él con una correa invisible. Fría y cruel cuando haga falta, sensual e instintiva siempre. Su cuerpo vivirá bajo las puntas de mi látigo. En las aristas de mis tacones. Mi placer se alineará con su dolor. Le llevaré al limite de sus fuerzas, al extremo de su masoquismo para después inundarle con mi lluvia.

(continuará)

«Mi amor es sólo amor.

Sin mezclas raras,

amor al cien por cien.

Sin pedir nada.

Amor de esclavo fiel que solo sueña en alcanzar la gloria de ser tu perro

y vivir a tus pies, para adorarlos.»

(J. Peiró)

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Ah, el sórdido y viscoso templo de lo humano.(I)

Un día cualquiera sale usted a la calle, un coche se para a su lado y su vida ya no vuelve a ser la misma.

Así comienza la historia de mi último súbdito.

Llevaba tiempo observando su caminar desde la ventana de mi despacho. Atractivo, alto y esa ligera barba adornando su rostro. Vestía de negro, lucía una gorra que le daba un toque de lo más personal. Gafas de sol y unos andares que ni el felino mas sofisticado de la sabana.

Tengo imaginación y recursos, así que no lo dilaté demasiado en el espacio tiempo.

A los pocos días parte de mi séquito femenino se encargó de la operación.

Salieron a la calle enfundadas en un catsuit negro de latex, zapatos de tacón y carmín rojo. Cogieron el coche que les indiqué, un Audi ultimo modelo. Muy adecuado para la ocasión. Fueron las 3, Elsa la pelirroja más obediente que he conocido, Lina, mi esclava más antigua y Berta de ojos claros y melena rubia al viento.

La misión estaba clara, todo debía salir según lo convenido por mí. Ellas harían todo lo posible para que así fuera. Yo sabía a qué hora pasaba por aquella calle tan poco concurrida, normalmente iba solo así que no debía suceder ningún inconveniente en el pequeño secuestro.

A la hora esperada mis chicas estaban aguardando dentro del coche, cuando le vieron, desplegaron todo el dispositivo, a la par que sus armas de seducción masiva. Berta bajó del coche, hizo el papel de rubia despistada, le preguntó por no sé que calle y cuando él con toda su amabilidad se dispuso a ayudarla, mis otras dos chicas bajaron prestas. Una le puso un antifaz en los ojos y la otra le esposó las manos con dulzura y firmeza.

-Metete en el coche, te llevamos a un lugar muy especial.- le susurró Berta al asustado desconocido.

Él no forcejeó, tampoco hubiese podido. El encanto de mis sumisas actuó justo como yo esperaba.

Qué lejos estaba de entender que acababa de tropezar con la luz de su destino.

Situado en la parte trasera junto a Lina y Elsa, aguardó en silencio hasta que su impaciencia se desató y comenzó el revuelo de preguntas.

-¿Qué es esto? –

-¿Dónde me lleváis?-

-Creo que os equivocáis de persona- sus dudas y su ansiedad iban oscureciendo el ambiente más de lo deseado.

Menos mal, que para eso también había un plan. Ellas sabían cómo debían actuar para relajarle.

-Todo está perfectamente controlado-le susurró Elsa mientras le iba mordisqueando la oreja. Entonces, Lina llevo sus manos de uñas afiladas a la entrepierna del atractivo secuestrado. Palpó su sexo, le bajo suavemente la cremallera del pantalón oscuro y comprobó que pese a su inquietud, la excitación iba increscendo.

Y allí estaba él. Dividido entre el instinto de escapar y el deseo de rendirse.

Esto me gusta Elsa, mira que dura está- comentaba entre pequeñas risas a su compañera.

Le quitaron el antifaz. Ellas comenzaron a comerse la boca. Literalmente. En un principio fueron los besos mezclando carmines y olores a jazmín, pasados unos segundos sus bocas quisieron saciar la sed de varias vidas pasadas a juzgar por el ansia con la que se devoraban ante la atónita mirada de mi secuestrado de turno. Las manos de ambas no se retiraron en ningún momento de la entrepierna de él.

Miedo y deseo.

Tensión en su cuerpo. Los ojos hirviendo. Comenzaba a entender que no tenía más opción que ir hasta el fondo de lo que fuera que le iba a ocurrir en ese día.

Respiró.

Las lenguas enlazadas de las chicas se acercaron a su boca entreabierta.

-Mejor así- murmuraba para sí la conductora.

En una perfecta anatomía del placer, las lenguas se dispusieron a bailar en una armoniosa triada.

Un fallo en el aire, al querer movilizar sus manos, mi rehén se lastimó una muñeca. Elsa aflojó las esposas.

-Quítamelas, por favor-murmuró él, en un intento de que el lenguaje crease realidades.

Elsa le miró. El discurso estaba dicho.

Para equilibrar rudezas Lina desabrochó el ajustado traje de la pelirroja dejando al descubierto su exuberante pecho que lucia libre y desnudo. Elsa suspiró.

El deseo corriendo por las arterias de las calles sin nombre.

Las manos se convirtieron en labios, los pezones de Lina agradecieron inmediatamente la carnosidad de esa boca que tanto conocía.

-Ahora tú- sonrió incitando al atractivo reo.

Y donde un día hubo nervios e interrogantes, ahora fluía la intención. El instante.

Su boca sumergida en el jardín de las delicias de esos pechos que le tenían preso, esposado sin derecho a replica, sin saber qué sería de él.

Se escurría entre ellos, se diluía. Como el tiempo. Ninguno de los 3 seguramente se dieron cuenta de los 75 minutos que habían transcurrido entre euforias de abismos y manos desordenadas.

-Hemos llegado- dijo la conductora cortando el aliento al invitado del asiento de atrás.

El antifaz regresó a su rostro.

La oscuridad y esperar.

La oscuridad y olvidar.

(…continuará)

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En lo efímero hay algo mágico, profundo y eterno.

«La humillación, el dolor y el placer son maneras de llegar a un conocimiento y sabiduría diferentes…»

Le llame por la mañana, quería verle por la tarde, así que llegó en la madrugada.

Una complicación laboral, se excusó sonriendo mientras me obsequiaba unas hermosas orquídeas blancas.

Era un día especial, todos lo son, pero hoy más aún.

Más.

Aún.

Le aguardé en lencería, si hubiera llegado antes me hubiera encontrado con un bonito vestido corto verde, unas sandalias negras y la misma ropa interior que ahora mismo cubría mi dorada piel.

Negra con encaje, pequeñita, de manera que solo cubría lo necesario. Medias altas con ligueros y mis sandalias de 8 cm preferidas. Iba maquillada suavemente para la ocasión. Labios rojos y la melena suelta. Los rizos caían con delicada cadencia sobre mi cuello y hombros, el aire cálido de la noche se mostraba tierno y turbio. Todas las posibilidades confabulando a mi favor.

Se alegró al verme. Su mente comenzó a ir a mil revoluciones por minuto, pude sentirlo.

Fui a por una botella de vino mientras él me aguardaba en el salón de amplios ventanales. El reflejo de la luna llena iluminaba la estancia, apenas necesité mas luz que esa. Igualmente encendí una pequeña vela blanca.

Nina Simone de fondo y junto al fondo, él, que seguro presumía intuir qué es lo que le depararía esta noche.

Pero las cosas no siempre son lo que parecen, el azar es caprichoso y yo más aún.

Bebió de mis labios un suntuoso vino espumoso, ni rozó la copa. Todo liquido que entrase en su garganta sería exclusivamente a través de mi boca.

Según diluía el manjar fui desanudándole. La camisa abierta, el pantalón desabrochado y mis dedos retirando su ropa interior de mis pertenencias. Su cuerpo me pertenecería esta noche, por lo que su polla, totalmente erecta ya, también sería mía.

Me agaché, mis tacones sujetaban mis intenciones. Lleve mi húmeda lengua a su miembro y en apenas unos suaves roces, creció aún más. Ardía, se movía inquieto mientras mis labios lo atrapaba y enjaulaba por momentos indefinidos de placer licuado.

En su imaginación, atisbos de lo que vendría.

En mis planes, la sorpresa de lo inesperado.

Me pegué a su espalda, besé su cuello y lo fui llevando contra la pared con sus manos apoyadas. Se dejaba hacer.

Le susurré- me muero por sentirte.-

Quiso darse la vuelta, se lo impedí agarrándole las manos bien fuerte.

Las estrategias del placer son tan diversas como mi imaginación.

Su virilidad se impacientaba. La misma que deseaba invadirme, es la que iba a ser penetrada, vencida, aniquilada y llevada al éxtasis.

Cogí un arnés de tamaño mediano, me retiré la lencería y lo introduje dentro de mí. Era uno de esos arneses dobles, mis preferidos. Lo ajusté a mis caderas, un poco de lubricante y un azote en sus nalgas.

Eso deseé desde que le vi entrar por la puerta con su retraso a cuestas.

Azotarle. Someterle.

-Abre las piernas- le susurré con lentitud al oido.

Suspiró.

Mi tierno complice se mostraba ante mí perverso y abierto a mis variados vicios.

Mordí su cuello, acaricié sus nalgas y con la misma suavidad que firmeza me introduje en él.

Se lo hice lento.

Fuerte.

-Me vas a sacar la leche y las lágrimas- me dijo.

Cambié el ritmo mientras mis manos acariciaban su húmeda polla.

-Quien ha conocido estos estados de éxtasis jamás vuelve a ser el de antes, no lo olvides.- Le dije regalándole las últimas embestidas.

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What best serves you, serves the world.

Deseaba hacer ese viaje, casi tanto como sentir los rayos del sol abrazando su pálida piel cada mañana desde la terraza.

Pero jugaba a demorarse. Semanas, meses y cuando ya lo tenía medio olvidado por otras urgencias que no prioridades surgió la oportunidad.

Una oferta. El momento perfecto. El destino ansiado y el guía ideal.

Y ahí estaba ella en el aeropuerto vestida con su vestido negro ajustado, sus botas altas y lencería de estreno. Nuevo sueño, nuevo tanga, solía repetirse a sí misma. El corazón muriendo por llegar y aún no había ni embarcado.

Horas.

Muchas.

Aterrizada. Ilusionada.

El guia llegó puntual. La esperaba y no hizo falta preguntar, ella supo que era él. Apenas unas palabras, sonrisas y dispuesta para la aventura que comenzaría en el siguiente amanecer.

Una ruta por aquellas montañas tan inmensas. Jamás había visto un conglomerado de aves tan diferentes en tan breve espacio de tiempo. Jamás tanto colorido de flores y frutas, allí, dispuestos para sus ojos.

Iba enfundada en unos legins, una camiseta blanca pegada a sus curvas y una coleta poniendo orden en su desbaratada cabellera rubia. La sonrisa junto al carmín rojo, unas deportivas blancas y ya estaba lista para todo.

Apenas iban 2 personas más junto a ella y el guía. El sol alumbraba uno de los amaneceres más bellos que sus azules ojos habían podido ver. Todo era color y olor en aquel paraje natural tan exótico como erótico. Y es que la belleza es así, te envuelve en un halo de misterio, dando paso a un fuerte embrujo hipnotizante con tintes de seducción y ese dejarse fluir y ya veremos después.

Observadora ella, expresivo él. Como en el aeropuerto, no hizo falta muchas más palabras para captarse mutuamente.

Caminaron varias horas, en un momento dado el cansancio hizo mella en los pies de los aventureros, ella se sentó en una roca. El guía la observaba. Ella le hizo un gesto firme y dulce. Tan firme como un «ven aquí y arrodíllate», tan dulce como «retira mis deportivas y masajea mis doloridos pies».

Sorprendido y entregado no tardó ni medio segundo en ejecutar su orden gestual. Acarició los dedos de sus pies de uñas rojas como queriendo retirar cualquier molestia a golpe de suavidad y devoción.

Suficiente-dijo ella complacida. Let’s go!

Siguieron atravesando ríos, sobrevolando piedras resbaladizas, dejándose sorprender por las gamas de diferentes verdes, por los sonidos de los colibríes, tucanes, carpinteros. El timbre de aquella musicalidad iba envolviendo los sentidos de los caminantes, extasiados y agotados al mismo tiempo.

En un momento dado ella resbaló al querer sortear una escurridiza piedra y el guía no llegó a tiempo para agarrarla. Se disculpó. Ella quiso hacerle ver lo importante que para ella era el sentirse segura en una aventura así.

Cuando el resto de los caminantes estaban un poco aislados, ella sacó algo de su escueta mochila. Él la miraba expectante. Sacó un collar de acero y en un sutil gesto se lo colocó en el cuello del atractivo guía. Del collar colgaba una correa metálica.

A partir de ahora yo te guiaré y no al revés- a pesar de la sonrisa que dibujaron sus labios, su voz sonaba sobria y firme.

Ella iba delante y él la seguía unos pasos atrás a merced de la correa que se esforzaba por hacerle perder por momentos la orientación.

La visión le gustó a pesar de todo, podía contemplar sus bellas nalgas de legins negros moverse a un ritmo embriagador. Frenó. El tiempo se detuvo.

Incertidumbre. No sabia que vendría ahora. Un guía desorientado, que graciosa contradicción para alguien que presumía de tener normalmente todo bajo control.

Un guía con los sentidos a flor de piel. El aire olía a morbo y a obediencia. A sumisión. A entrega.

Ella le invitó a acercarse a un cedro de gran altura. Lo hizo sin plantearse más opciones. Ella saco de la mochila unas cuerdas.

La miró sorprendido.

Sorprendido y entregado.

Es por tu bien- dijo ella en un tono seductor y convincente. Has de saber lo importante que es para mí como te dije antes la seguridad. Quiero que reflexiones sobre ello mientras me ausento.

Y allí le dejó, atado al árbol, con los ojos vendados y el sonido de varias aves revoloteando en su extasiada cabeza.

Vuelve pronto- susurró él sin que ella, lejos ya, pudiera escucharle.

El tiempo pasó.

Un tiempo indefinido y caprichoso.

Ella regresó. Segura. Perversa. Firme.

Volvió a sacar algo de la mochila blanca. Un vibrador de gran potencia pese a su reducido tamaño.

Disfruta el sufrimiento-le susurró al oido dulcemente.

Bajó el pantalón deportivo del guía, su ropa interior y sin retirarle el antifaz comenzó a acariciar su erecto miembro con el artilugio.

Abrió la boca sorprendido. Se le escapó un gemido de precoz placer. Ella iba regalando y retirando el aparato a su antojo en una suerte de vaivenes placenteros o todo lo contrario. Le hablaba al oido para prolongar más aún la angustia de no poder tocarla, verla.

Le gustaba alargar la tortura, llegar al limite de lo soportable y parar. Cuando él pensaba que podría terminar y derretirse allí mismo, el universo se paraba y con él su esperanza. Ella entonces volvía al ataque y así en innumerables ocasiones.

¿Vas a adelantarte a mis tropiezos a partir de ahora?- le preguntaba mientras mordía los pezones de él.

Por supuesto- contestó él con total convicción.

El placer se acercaba. La tortura continuaba y él solo deseaba observarla. Ella se adelantó y le devolvió la visión y ahí estaba ella en ropa interior. De color negro. Sujetador de encaje y un bonito tanga brasileño que favorecía sus contorneados glúteos.

La visión enmudeció los sentidos del guía. Descalza y medio desnuda no perdía ni un ápice de perversidad.

De severidad.

Ella aceleró la velocidad del juguete. Los ojos de él se perdieron en algún punto inconcreto del cuerpo de ella. El viento comenzó a soplar fuerte, ella retiro su coleta como para atraparlo con su cabello dorado. El sol abrasaba el acalorado cuerpo del guía maní atado. Los sonidos comenzaron a mezclarse en sus sientes, el agua del rio, el viento y su fuerza, los susurros de ella, las aves, los arboles y sus ramas bailando al ritmo de su respiración.

Solo por hoy-le dijo ella mientras mordía con fuerza su cuello.

Aceleró al máximo el vibrador. El guía hizo un gesto de «por favor no puedo más».

Ella supo que era el momento ideal.

Ahora sí. Córrete para mí- le ordenó.

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Un sueño muy lúcido.

Ella quiso regalarle algo muy especial por su cumpleaños. 38 años no se cumplían todos los días.

Aprovechó su ultimo viaje a U.K. para hacerse con deliciosas maldades que tal vez compartiría con él cuando llegase el momento adecuado, si llegaba. Pero esto sí, estas gafas de realidad especial eran exclusivas para él.

¿En qué consistían? El dueño de las mismas, previo registro de datos y huellas dactilares, podría programar sus sueños y una vez conseguido convertirlos en lúcidos, o sea sería consciente de que estaba soñando, estaría viviendo una realidad diferente cargada de las más deliciosas fantasías, fetiches y perversiones variadas. Podría hacer y deshacer a su antojo. Lo mejor, al despertar recordaría todo lo vivido en el sueño.

¿Por qué pensó que le gustaría este detalle a su chico? Porque él era fanático de estos temas, hace poco había realizado unos cursos sobre viajes astrales y casi a diario intentaba hacer prácticas nocturnas para conseguir auto explorarse y explorar de modos diferentes.

Llegó el día. Ella tenía guardia esa noche, por lo que no vería como comenzaba a usar las gafas.

Le besó, le deseó buen viaje astral y con todas las sonrisas del mundo en su rostro, cerró la puerta.

Él no tardó en adentrarse en el mundo nocturno con su inquietante regalo . Se acostó casi desnudo, un bóxer y poco más. Las 2 fundas nórdicas que cubrían la cama calentarían su cuerpo en este pre invierno madrileño.

Cuando ella llegó sobre las 7 de la mañana, él aún dormía.

Marta estaba agotada pero pudo más su curiosidad. Lo que no le había comentado a él, era la otra característica de este juguete, una segunda persona sin consentimiento de la primera podría ver e incluso participar en el último sueño del susodicho soñante.

Voyeaur que es una-pensó. Y sin más se desnudó. Apenas se dejó un tanga de encaje gris. La melena rubia calló sobre los almohadones negros y las sábanas que olían al perfume de él, la atraparon. El resto fue rendición. Se dejó sumergir en las profundidades de lo posible.

…Se encontraba en la calle, frente a un sex shop bastante sofisticado a juzgar por el escaparate. Pareciera que estuviese especializado en muñecos y muñecas de silicona, o en partes anatómicas con una reproducción de lo más exacta a la realidad.

Nada más entrar vio una suerte de medios cuerpos femeninos de silicona de lo más explícitos que parecían dispuestos para su uso sin previo aviso. Situados como en linea, en varios colores, tamaños y formas. A la izquierda varios miembros masculinos de silicona también de lo más variado por tamaño, grosor, color, posición.

La tienda estaba vacía, la luz era tenue y de fondo adivinó una sutil melodía de Billy Joel.

Se adentró a otro espacio separado por una especie de cortina casi transparente.

Lo que vio le pareció entre erótico, decadente y alternativo.

A la derecha cuerpos reales sustituían a los de silicona de hacía un momento. Varias mujeres desnudas, situadas en diferentes posiciones y listas para ser disfrutadas. La primera que observó estaba a cuatro patas desnuda, con zapatos de gran tacón negros y el cabello rojo y largo cubriendo casi toda la espalda. La siguiente, se encontraba de rodillas con las manos detrás de la espalda, llevaba botas altas y negras de infinito tacón y la boca de labios rojos abierta como esperando algo o a alguien. La tercera estaba tumbada hacia arriba con las manos y pies sujetos por unas esposas metálicas. Y así hasta unas 10.

Increíble-pensó. Todas estaban con la mejor de sus sonrisas, maquilladas con delicadeza y en su mirada un: -Ven y disfrútame.

Ella quiso jugar de verdad. A la izquierda de la sala vio que había espacio suficiente para poner una hilera de hombres reales, también desnudos y dispuestos a satisfacer el apetito de cualquier mujer u hombre que se acercara por el local. Así que, aprovechando que en eso consistía este regalo compartido, lo deseó y en menos de 2 segundos ahí estaban. 10 hombres de diferentes edades y características, desnudos, expuestos, que sin hablar gritaban con su cuerpo: -Ven, úsame a tu antojo.-

Comenzó a excitarse. No sabia si por la hilera de la derecha o por la de la izquierda. Deseó ver al dueño de la tienda.

Ya mismo.

Y ahí estaba su pareja.

¿Sorprendida?- le preguntó.

Ardiendo- le contestó ella.

-Necesito tomarte ya. Necesito sentirte dentro, no puedo aguantar más.- apenas alcanzaba a pronunciar estas palabras mientras le acariciaba las ganas con ardor de años de espera.

Mario se abalanzó sobre su cuerpo casi desnudo, le arrebató el mismo tanga gris con el que se había ido a la cama y la tumbó en el suelo. Los maniquís humanos parecieron excitarse ante tal imagen, inmóviles e inertes en sus posiciones iniciales respiraban agitados, algunos gemían. Ella abrió sus piernas dejando sus pies de uñas rojas sobre la espalda de su chico para que no se le escapara. Ansiaba tenerle dentro galopando, buscándola, encontrándola, perdiéndola de nuevo y volviendo a su inmensidad.

-¿A quien tengo en verdad entre mis muslos?- sintió ella mientras se aferraba a sus embestidas.

Él empujaba fuerte sin miedo a romperla, ella gritó mientras sujetaba su cabello rizado.

No pares- le pidió ella, mientras observó por un momento a esos 20 maniquíes sudando placer por cada poro de sus estáticos cuerpos.

-Vamos, lléname-le suplicó Marta, tiritando de puro éxtasis.

Y derramó sus ganas y su fuerza dentro de ella en un grito que se mezcló con el timbre de la inoportuna puerta.

El horario comercial empezaba y él debía atender a sus clientes.

Ella quedó en el suelo, agitada, conmovida mientras Mario, con la ropa aún a medio poner se disponía a abrir la puerta.

Hola Marta! ¿Qué haces por aquí?-

Era ella, su chica totalmente vestida y perfumada. ¿La misma que había dejado en el suelo hace unos segundos?

«Las novedades ocurren en las intersecciones»

Copyright©L.S.2021

Madrid.

Queridos navegantes:

Nueva y última temporada: desde el día 15 de este mes de noviembre estaré disponible en una nueva ubicación.

Ganas de veros y recordad:

-Sesiones Fetich. Pies, calzado, latex, cuero, ropa, lencería.

-Sesiones de Dominación erótica con un enfoque tántrico. Sensation play.

-Sesiones Clasic BDSM con niveles: iniciación_medio_alto. Ajustándome a tus necesidades y siempre con mi toque personal cargado de creatividad, erotismo y experiencia.

-Sesiones Sado medical. (Entre otras cosas he estudiado TCAE, solo tienes que fluir y confiar.)

Prácticas:

Cross dressing.

Goddess worship.

Sissy play.

Cosificación.

Infantilización.

Animalización. (Pony roller, etc)

Castidad.

Bisexualidad forzada.

Dominación 24*7.

Encierros.

Lluvia dorada.

Spitting.

Momificación parcial o total.

Exhibición exterior.

Erotic humiliation con diferentes escenarios.

Ruined orgasm

Teast and Denial.

Post torture.

Dilatación uretral.

Agujas. Pinzas. Juguetes eróticos.

Strappon.

Dominación física_ mental.

Bondage.

Spanking.

Nipple play.

Breath play.

Fetiches: Ropa, látex, cuero, lencería, medias, calzado.

Fetichismo de pies.

Privación sensorial.

Juegos de frio-calor.

Inmovilizaciones.

Electroestimulación.

Role play.

Etc.

Para sesiones físicas o virtuales, podéis contactarme por mail o teléfono.

PD:

Lo siento, pero no puedo tener sesiones contigo si no considero que puedo aportar en tu evolución y crecimiento dentro del mundo BDSM. Tras el primer contacto telefónico y posterior cuestionario escrito, seguro que ambos seremos conscientes de si la sesión se dará o no.

¿Ready to surrender?