Un sueño muy lúcido.

Ella quiso regalarle algo muy especial por su cumpleaños. 38 años no se cumplían todos los días.

Aprovechó su ultimo viaje a U.K. para hacerse con deliciosas maldades que tal vez compartiría con él cuando llegase el momento adecuado, si llegaba. Pero esto sí, estas gafas de realidad especial eran exclusivas para él.

¿En qué consistían? El dueño de las mismas, previo registro de datos y huellas dactilares, podría programar sus sueños y una vez conseguido convertirlos en lúcidos, o sea sería consciente de que estaba soñando, estaría viviendo una realidad diferente cargada de las más deliciosas fantasías, fetiches y perversiones variadas. Podría hacer y deshacer a su antojo. Lo mejor, al despertar recordaría todo lo vivido en el sueño.

¿Por qué pensó que le gustaría este detalle a su chico? Porque él era fanático de estos temas, hace poco había realizado unos cursos sobre viajes astrales y casi a diario intentaba hacer prácticas nocturnas para conseguir auto explorarse y explorar de modos diferentes.

Llegó el día. Ella tenía guardia esa noche, por lo que no vería como comenzaba a usar las gafas.

Le besó, le deseó buen viaje astral y con todas las sonrisas del mundo en su rostro, cerró la puerta.

Él no tardó en adentrarse en el mundo nocturno con su inquietante regalo . Se acostó casi desnudo, un bóxer y poco más. Las 2 fundas nórdicas que cubrían la cama calentarían su cuerpo en este pre invierno madrileño.

Cuando ella llegó sobre las 7 de la mañana, él aún dormía.

Marta estaba agotada pero pudo más su curiosidad. Lo que no le había comentado a él, era la otra característica de este juguete, una segunda persona sin consentimiento de la primera podría ver e incluso participar en el último sueño del susodicho soñante.

Voyeaur que es una-pensó. Y sin más se desnudó. Apenas se dejó un tanga de encaje gris. La melena rubia calló sobre los almohadones negros y las sábanas que olían al perfume de él, la atraparon. El resto fue rendición. Se dejó sumergir en las profundidades de lo posible.

…Se encontraba en la calle, frente a un sex shop bastante sofisticado a juzgar por el escaparate. Pareciera que estuviese especializado en muñecos y muñecas de silicona, o en partes anatómicas con una reproducción de lo más exacta a la realidad.

Nada más entrar vio una suerte de medios cuerpos femeninos de silicona de lo más explícitos que parecían dispuestos para su uso sin previo aviso. Situados como en linea, en varios colores, tamaños y formas. A la izquierda varios miembros masculinos de silicona también de lo más variado por tamaño, grosor, color, posición.

La tienda estaba vacía, la luz era tenue y de fondo adivinó una sutil melodía de Billy Joel.

Se adentró a otro espacio separado por una especie de cortina casi transparente.

Lo que vio le pareció entre erótico, decadente y alternativo.

A la derecha cuerpos reales sustituían a los de silicona de hacía un momento. Varias mujeres desnudas, situadas en diferentes posiciones y listas para ser disfrutadas. La primera que observó estaba a cuatro patas desnuda, con zapatos de gran tacón negros y el cabello rojo y largo cubriendo casi toda la espalda. La siguiente, se encontraba de rodillas con las manos detrás de la espalda, llevaba botas altas y negras de infinito tacón y la boca de labios rojos abierta como esperando algo o a alguien. La tercera estaba tumbada hacia arriba con las manos y pies sujetos por unas esposas metálicas. Y así hasta unas 10.

Increíble-pensó. Todas estaban con la mejor de sus sonrisas, maquilladas con delicadeza y en su mirada un: -Ven y disfrútame.

Ella quiso jugar de verdad. A la izquierda de la sala vio que había espacio suficiente para poner una hilera de hombres reales, también desnudos y dispuestos a satisfacer el apetito de cualquier mujer u hombre que se acercara por el local. Así que, aprovechando que en eso consistía este regalo compartido, lo deseó y en menos de 2 segundos ahí estaban. 10 hombres de diferentes edades y características, desnudos, expuestos, que sin hablar gritaban con su cuerpo: -Ven, úsame a tu antojo.-

Comenzó a excitarse. No sabia si por la hilera de la derecha o por la de la izquierda. Deseó ver al dueño de la tienda.

Ya mismo.

Y ahí estaba su pareja.

¿Sorprendida?- le preguntó.

Ardiendo- le contestó ella.

-Necesito tomarte ya. Necesito sentirte dentro, no puedo aguantar más.- apenas alcanzaba a pronunciar estas palabras mientras le acariciaba las ganas con ardor de años de espera.

Mario se abalanzó sobre su cuerpo casi desnudo, le arrebató el mismo tanga gris con el que se había ido a la cama y la tumbó en el suelo. Los maniquís humanos parecieron excitarse ante tal imagen, inmóviles e inertes en sus posiciones iniciales respiraban agitados, algunos gemían. Ella abrió sus piernas dejando sus pies de uñas rojas sobre la espalda de su chico para que no se le escapara. Ansiaba tenerle dentro galopando, buscándola, encontrándola, perdiéndola de nuevo y volviendo a su inmensidad.

-¿A quien tengo en verdad entre mis muslos?- sintió ella mientras se aferraba a sus embestidas.

Él empujaba fuerte sin miedo a romperla, ella gritó mientras sujetaba su cabello rizado.

No pares- le pidió ella, mientras observó por un momento a esos 20 maniquíes sudando placer por cada poro de sus estáticos cuerpos.

-Vamos, lléname-le suplicó Marta, tiritando de puro éxtasis.

Y derramó sus ganas y su fuerza dentro de ella en un grito que se mezcló con el timbre de la inoportuna puerta.

El horario comercial empezaba y él debía atender a sus clientes.

Ella quedó en el suelo, agitada, conmovida mientras Mario, con la ropa aún a medio poner se disponía a abrir la puerta.

Hola Marta! ¿Qué haces por aquí?-

Era ella, su chica totalmente vestida y perfumada. ¿La misma que había dejado en el suelo hace unos segundos?

«Las novedades ocurren en las intersecciones»

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