What best serves you, serves the world.

Deseaba hacer ese viaje, casi tanto como sentir los rayos del sol abrazando su pálida piel cada mañana desde la terraza.

Pero jugaba a demorarse. Semanas, meses y cuando ya lo tenía medio olvidado por otras urgencias que no prioridades surgió la oportunidad.

Una oferta. El momento perfecto. El destino ansiado y el guía ideal.

Y ahí estaba ella en el aeropuerto vestida con su vestido negro ajustado, sus botas altas y lencería de estreno. Nuevo sueño, nuevo tanga, solía repetirse a sí misma. El corazón muriendo por llegar y aún no había ni embarcado.

Horas.

Muchas.

Aterrizada. Ilusionada.

El guia llegó puntual. La esperaba y no hizo falta preguntar, ella supo que era él. Apenas unas palabras, sonrisas y dispuesta para la aventura que comenzaría en el siguiente amanecer.

Una ruta por aquellas montañas tan inmensas. Jamás había visto un conglomerado de aves tan diferentes en tan breve espacio de tiempo. Jamás tanto colorido de flores y frutas, allí, dispuestos para sus ojos.

Iba enfundada en unos legins, una camiseta blanca pegada a sus curvas y una coleta poniendo orden en su desbaratada cabellera rubia. La sonrisa junto al carmín rojo, unas deportivas blancas y ya estaba lista para todo.

Apenas iban 2 personas más junto a ella y el guía. El sol alumbraba uno de los amaneceres más bellos que sus azules ojos habían podido ver. Todo era color y olor en aquel paraje natural tan exótico como erótico. Y es que la belleza es así, te envuelve en un halo de misterio, dando paso a un fuerte embrujo hipnotizante con tintes de seducción y ese dejarse fluir y ya veremos después.

Observadora ella, expresivo él. Como en el aeropuerto, no hizo falta muchas más palabras para captarse mutuamente.

Caminaron varias horas, en un momento dado el cansancio hizo mella en los pies de los aventureros, ella se sentó en una roca. El guía la observaba. Ella le hizo un gesto firme y dulce. Tan firme como un «ven aquí y arrodíllate», tan dulce como «retira mis deportivas y masajea mis doloridos pies».

Sorprendido y entregado no tardó ni medio segundo en ejecutar su orden gestual. Acarició los dedos de sus pies de uñas rojas como queriendo retirar cualquier molestia a golpe de suavidad y devoción.

Suficiente-dijo ella complacida. Let’s go!

Siguieron atravesando ríos, sobrevolando piedras resbaladizas, dejándose sorprender por las gamas de diferentes verdes, por los sonidos de los colibríes, tucanes, carpinteros. El timbre de aquella musicalidad iba envolviendo los sentidos de los caminantes, extasiados y agotados al mismo tiempo.

En un momento dado ella resbaló al querer sortear una escurridiza piedra y el guía no llegó a tiempo para agarrarla. Se disculpó. Ella quiso hacerle ver lo importante que para ella era el sentirse segura en una aventura así.

Cuando el resto de los caminantes estaban un poco aislados, ella sacó algo de su escueta mochila. Él la miraba expectante. Sacó un collar de acero y en un sutil gesto se lo colocó en el cuello del atractivo guía. Del collar colgaba una correa metálica.

A partir de ahora yo te guiaré y no al revés- a pesar de la sonrisa que dibujaron sus labios, su voz sonaba sobria y firme.

Ella iba delante y él la seguía unos pasos atrás a merced de la correa que se esforzaba por hacerle perder por momentos la orientación.

La visión le gustó a pesar de todo, podía contemplar sus bellas nalgas de legins negros moverse a un ritmo embriagador. Frenó. El tiempo se detuvo.

Incertidumbre. No sabia que vendría ahora. Un guía desorientado, que graciosa contradicción para alguien que presumía de tener normalmente todo bajo control.

Un guía con los sentidos a flor de piel. El aire olía a morbo y a obediencia. A sumisión. A entrega.

Ella le invitó a acercarse a un cedro de gran altura. Lo hizo sin plantearse más opciones. Ella saco de la mochila unas cuerdas.

La miró sorprendido.

Sorprendido y entregado.

Es por tu bien- dijo ella en un tono seductor y convincente. Has de saber lo importante que es para mí como te dije antes la seguridad. Quiero que reflexiones sobre ello mientras me ausento.

Y allí le dejó, atado al árbol, con los ojos vendados y el sonido de varias aves revoloteando en su extasiada cabeza.

Vuelve pronto- susurró él sin que ella, lejos ya, pudiera escucharle.

El tiempo pasó.

Un tiempo indefinido y caprichoso.

Ella regresó. Segura. Perversa. Firme.

Volvió a sacar algo de la mochila blanca. Un vibrador de gran potencia pese a su reducido tamaño.

Disfruta el sufrimiento-le susurró al oido dulcemente.

Bajó el pantalón deportivo del guía, su ropa interior y sin retirarle el antifaz comenzó a acariciar su erecto miembro con el artilugio.

Abrió la boca sorprendido. Se le escapó un gemido de precoz placer. Ella iba regalando y retirando el aparato a su antojo en una suerte de vaivenes placenteros o todo lo contrario. Le hablaba al oido para prolongar más aún la angustia de no poder tocarla, verla.

Le gustaba alargar la tortura, llegar al limite de lo soportable y parar. Cuando él pensaba que podría terminar y derretirse allí mismo, el universo se paraba y con él su esperanza. Ella entonces volvía al ataque y así en innumerables ocasiones.

¿Vas a adelantarte a mis tropiezos a partir de ahora?- le preguntaba mientras mordía los pezones de él.

Por supuesto- contestó él con total convicción.

El placer se acercaba. La tortura continuaba y él solo deseaba observarla. Ella se adelantó y le devolvió la visión y ahí estaba ella en ropa interior. De color negro. Sujetador de encaje y un bonito tanga brasileño que favorecía sus contorneados glúteos.

La visión enmudeció los sentidos del guía. Descalza y medio desnuda no perdía ni un ápice de perversidad.

De severidad.

Ella aceleró la velocidad del juguete. Los ojos de él se perdieron en algún punto inconcreto del cuerpo de ella. El viento comenzó a soplar fuerte, ella retiro su coleta como para atraparlo con su cabello dorado. El sol abrasaba el acalorado cuerpo del guía maní atado. Los sonidos comenzaron a mezclarse en sus sientes, el agua del rio, el viento y su fuerza, los susurros de ella, las aves, los arboles y sus ramas bailando al ritmo de su respiración.

Solo por hoy-le dijo ella mientras mordía con fuerza su cuello.

Aceleró al máximo el vibrador. El guía hizo un gesto de «por favor no puedo más».

Ella supo que era el momento ideal.

Ahora sí. Córrete para mí- le ordenó.

Copyright©L.S.22

Un comentario en “What best serves you, serves the world.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.