En lo efímero hay algo mágico, profundo y eterno.

«La humillación, el dolor y el placer son maneras de llegar a un conocimiento y sabiduría diferentes…»

Le llame por la mañana, quería verle por la tarde, así que llegó en la madrugada.

Una complicación laboral, se excusó sonriendo mientras me obsequiaba unas hermosas orquídeas blancas.

Era un día especial, todos lo son, pero hoy más aún.

Más.

Aún.

Le aguardé en lencería, si hubiera llegado antes me hubiera encontrado con un bonito vestido corto verde, unas sandalias negras y la misma ropa interior que ahora mismo cubría mi dorada piel.

Negra con encaje, pequeñita, de manera que solo cubría lo necesario. Medias altas con ligueros y mis sandalias de 8 cm preferidas. Iba maquillada suavemente para la ocasión. Labios rojos y la melena suelta. Los rizos caían con delicada cadencia sobre mi cuello y hombros, el aire cálido de la noche se mostraba tierno y turbio. Todas las posibilidades confabulando a mi favor.

Se alegró al verme. Su mente comenzó a ir a mil revoluciones por minuto, pude sentirlo.

Fui a por una botella de vino mientras él me aguardaba en el salón de amplios ventanales. El reflejo de la luna llena iluminaba la estancia, apenas necesité mas luz que esa. Igualmente encendí una pequeña vela blanca.

Nina Simone de fondo y junto al fondo, él, que seguro presumía intuir qué es lo que le depararía esta noche.

Pero las cosas no siempre son lo que parecen, el azar es caprichoso y yo más aún.

Bebió de mis labios un suntuoso vino espumoso, ni rozó la copa. Todo liquido que entrase en su garganta sería exclusivamente a través de mi boca.

Según diluía el manjar fui desanudándole. La camisa abierta, el pantalón desabrochado y mis dedos retirando su ropa interior de mis pertenencias. Su cuerpo me pertenecería esta noche, por lo que su polla, totalmente erecta ya, también sería mía.

Me agaché, mis tacones sujetaban mis intenciones. Lleve mi húmeda lengua a su miembro y en apenas unos suaves roces, creció aún más. Ardía, se movía inquieto mientras mis labios lo atrapaba y enjaulaba por momentos indefinidos de placer licuado.

En su imaginación, atisbos de lo que vendría.

En mis planes, la sorpresa de lo inesperado.

Me pegué a su espalda, besé su cuello y lo fui llevando contra la pared con sus manos apoyadas. Se dejaba hacer.

Le susurré- me muero por sentirte.-

Quiso darse la vuelta, se lo impedí agarrándole las manos bien fuerte.

Las estrategias del placer son tan diversas como mi imaginación.

Su virilidad se impacientaba. La misma que deseaba invadirme, es la que iba a ser penetrada, vencida, aniquilada y llevada al éxtasis.

Cogí un arnés de tamaño mediano, me retiré la lencería y lo introduje dentro de mí. Era uno de esos arneses dobles, mis preferidos. Lo ajusté a mis caderas, un poco de lubricante y un azote en sus nalgas.

Eso deseé desde que le vi entrar por la puerta con su retraso a cuestas.

Azotarle. Someterle.

-Abre las piernas- le susurré con lentitud al oido.

Suspiró.

Mi tierno complice se mostraba ante mí perverso y abierto a mis variados vicios.

Mordí su cuello, acaricié sus nalgas y con la misma suavidad que firmeza me introduje en él.

Se lo hice lento.

Fuerte.

-Me vas a sacar la leche y las lágrimas- me dijo.

Cambié el ritmo mientras mis manos acariciaban su húmeda polla.

-Quien ha conocido estos estados de éxtasis jamás vuelve a ser el de antes, no lo olvides.- Le dije regalándole las últimas embestidas.

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