Sers toi de ton esclave quand tu veux. Il est á ta disposition.

“Qué tu calor sea alimento de la llama de la mirada sobre los escalofríos que se derriten.”

Se me ocurre que va a llegar cuando menos lo esperes. Qué será en el mismo instante que más desees.

Se me antoja que te va a descolocar los principios y alguna que otra cosa más.

Yo te desubico.

Tú te desubicas, y así hasta que ellos se acaban ubicando en alguna esquina de la ciudad, como por casualidad.

Como si las casualidades existieran.

Hoy te cité en el hotel. Cuando llegué estabas tal y como te había indicado. Desnudo, dejando tu blanca palidez sobre la cama de la habitación con la venda roja que te había regalado en aquella caja negra con ribetes de terciopelo.

Respirabas jadeante ante la expectativa de lo inexplorado, de todo aquello que aturde los sentidos y mece la voluntad.

-Tranquilo- te dije según iba cerrando la puerta.

Puse calor en la habitación. Más calor.

La música, un sorbo de vino y a sentir…

-Confía en mí- te susurré acercándome a tu cuerpo casi tembloroso.

Entonces até tus manos con una cuerda roja, abrí tus piernas ligeramente y comenzó la dulce tortura, la conquista de los sentidos, el viaje a lo desconocido, a lo que palpita. Las caricias tenues, el calor de un aliento cada vez más certero, el goteo frio después, la aridez de una raspadura a tiempo, el sopor que deja la cera derretida sobre la piel. La tortura, la dulce y perversa tortura que fusiona deseos y temores.

La duda y la posibilidad.

Llamaron a la puerta. Te exaltaste. 

-Sin miedo a lo desconocido- volví a susurrarte mientras besaba tu nuca.

Y llegó ella.  Bella, radiante, sonriente. 

Nos besamos, una pena que no pudieras verlo, a buen seguro que al menos nos escuchaste. El sonido que hacen 2 bocas rojas al rozarse deja una suerte de acordes en el aire inconfundibles.

-¿Ready?- la pregunté para que me escucharas.

-Always- me respondió

Y así comenzó el diluvio de emociones sobre tu piel. Tu primera vez con 4 manos adiestrándote. Tu primera vez con 2 bocas mordisqueando tus temblores. 20 dedos con sus 20 uñas rojas dibujando sobre tu gravidez. Nuestras risas y tu constante desconcierto.

¿Qué vais a hacerme?- balbuceabas. 

Temblabas de placer anticipado.

El arnés no tardó en llegar. Esta vez por partida doble.

El calor comenzó a acechar en la habitación. Ambas nos desnudamos lentamente, apenas nos cubría una exquisita lencería negra. Unas medias altas satinadas y unos botines que taconeaban rítmicamente la tarima del hotel.

Nos sentamos encima de ti, seguías tumbado derritiendo las sábanas.

El juego del despiste que se antepone a la toma de la propiedad. Besábamos tu nuca, enredábamos tu pelo, el perfume de las 2 se mezclaba con tu incipiente sudor.

-Dejadme veros- rogabas incansablemente.

-Primero vas a sentirnos dentro de ti- te dije

Te agitaste.

Ella te abrió más las piernas, yo sujetaba tu cuello para que no te movieras.

Y así es como comenzó la habitación a dar vueltas, a mezclarse lo real con lo imaginario, así es como te fuiste envolviendo en nuestro universo de caprichos, deseos, órdenes y quimeras por satisfacer.

“La plaisir qu’on m’accorde par devoir cesse pour moi d’etre un plaisir, et je dispense ma alitresse de tout devoir envers moi.”  

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Desde la erótica del asombro.

Me gustan las sorpresas. Las que sacuden al alma y emborrachan los sentidos.

Regresaba de viaje, salía de la estación con el equipaje y llovía. Me dispuse a buscar un taxi.

De repente :-«¿Necesitas ayuda?».

Y así, como si fuese verdad que ocurre cada día la perfecta sincronía, su sonrisa salió a mi encuentro cuando más necesitaba unos brazos fuertes que soportaran mis maletas.

¿Qué hacía allí? Hacía tiempo que no hablábamos. No sabía mi nueva ubicación. Las últimas sesiones fueron en Madrid, le dije que volvería en algún momento y me respondió que esperaría. Pero a veces el azar es caprichoso.

Portó mi equipaje, subimos en su automóvil negro y me acompañó a mi apartamento.

Nos despedimos.

La ducha aguardaba mi cuerpo desnudo, enjaboné mi cansancio y con una pequeña toalla fui hacia el ventanal para dejarme acariciar por un sol un tanto remolón.

Cerré los ojos. Respiré.

Observé el bullicio que había en la entrada del hotel que se encontraba enfrente. Turistas que salían, otros entraban. Me detuve por un instante en una ventana de luces cálidas. Un rostro. Una sonrisa. Ahí estaba él de nuevo frente a mi apartamento, en la habitación de su hotel, como si nada.

Le puse un mensaje en un papel, si alcanzaba a leerlo, tendría su recompensa:

-«Entrégate al deseo con toda su lujuria y dolor».

Desapareció de la ventana. Su llamada en mi móvil:

-«Estoy frente a tu portal.»-

Le lancé un papel desde mi ventana hacia el portal, si daba con él, podría subir a mi encuentro:

-«El deseo de experimentar todo está ligado al de entregarlo todo.» Piso: 3A

Y allí estaba él, dispuesto a todo.

-«Más tuyo que nunca, me dijo».

Y entonces un mundo de posibilidades se abrió ante sus ojos. El imperio de la dominación. Un viaje erótico a lo posible. Un lugar donde el tiempo se mide en lujuria con aderezos de dolor.

Obediencia y entrega. Entregarse al placer para purificar al mundo.

Tarde de opciones:

-«Desnúdate.

Cierra los ojos.

Prepárate a sentir.

Libérate.»-

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Al límite de la poesía.

«Deseo servirte.

Déjame facilitar tu existencia.

Seré tu mayordomo, tu chofer, tu guía en los países más exóticos . Seré tu cocinero, tu sísi más devota. Seré tu jardinero donde tus flores guardarán los rayos de sol cada mañana gracias a mis riegos diarios.

Usame, soy todo tuyo.

Permíteme masajear tus pies cuando estés agotada tras largas jornadas en el gimnasio. Pintaré tus uñas si así lo deseas, hidrataré tus deditos con aceites traídos de Medio Oriente y luego los besaré, soplaré y los secaré hasta quedarme sin aliento. Ofreceré todo mi cuerpo para tu descanso, seré tu mesa, tu silla, el sillón donde reposaran tus pies desnudos o con el calzado que estimes.

O tu lienzo. Esculpe sobre mí, píntame, tatúame.

Seré tu sombrilla frente al mar cuando el sol rabioso se demore sobre tu piel, me convertiré en tu toalla, o tu alfombra en la que reposarás.

Deseo regalarte mi tiempo.

Mis aptitudes, mi cuerpo. Mi alma.

Al principio mi cabeza era un enjambre de contradicciones, ahora soy el hombre más seguro, y con esta misma seguridad te digo que deseo servirte.

Me portaré bonito, como dice aquella canción que seguro conoces y te gusta.

Segundos a tu servicio, minutos, horas, días.

Y un día morir con recuerdos y satisfacción, no con sueños.

Revuélcame en el suelo, convierteme en canción. Puedo ser tu muso si lo estimas conveniente.

Sácame a pasear con correa o sin ella, apárcame junto a un árbol cuando te canse mi presencia.

Úsame.

Húntame de ti.

Seré discreto. Seré comunicativo cuando tenga que serlo y callaré cuando lo necesites…»

Recibí un mail casi a diario con este propósito de servicio durante varios meses. No le conocía pero presumía ser insistente, paciente, educado, persuasivo.

Y atractivo, en el último que abrí, confieso que no leí todos, me envió una foto suya en blanco y negro. Alto, moreno, sonrisa del conquistador que se sabe bello. Su persistencia y elocuencia acabo despertando mi interés.

-Llámame mañana- le escribí un viernes cualquiera.

Lo hizo.

-Voy a ponerte a prueba. No tengo tiempo para esclavos sin alma.

Me gusta la fuerza y la decisión. El arrojo y la valentía.

Si las vas superando, podrás servirme…

(Continuará)

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Pon tus coordenadas en otro universo.

Queridos y fieles súbditos. A partir de Octubre ya no estaré en Madrid y aunque nunca digas nunca jamás, dudo que regrese. Aún así…no os dejo huérfanos, como me dijo alguien hace poco:)

Seguiré realizando sesiones de manera telefónica o con video llamada. No es lo mismo, pero casi casi.

Preguntadme y os doy los detalles.

Os beso.

Revolcándonos de canción en canción, de risa en risa. Le tenia desnudo debajo de mí con sus muñecas sujetas por mis manos. Le besaba.

Le mordía.

Arañaba su libertad mientras él susurraba con restos de mí, aún en su boca: «Eres como una artista pintando sobre un lienzo, el lienzo es mi piel.

Garabateas lento, me respiras, te siento.

Ven y lléname de tu sudor, cúbreme con tintas y olores que derramen placer y luego déjame si quieres.

Pero sobre todo, no muevas así las caderas, que te sigo hasta la muerte y mucho más allá.»

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Estrategias del deseo.

«Otra vez Eros que desata los miembros

me tortura

dulce y amargo

monstruo invencible.

(Safo)

Hacia tiempo que no le veía. Mi chico fetichista llegó apresurado y sonriente.

Confesiones iniciales.

Él se considera switch pero cada vez es más sumiso, aunque aún no lo sabe, cada vez un poquito más mio.

Sus ganas y las mías desde la última sesión habían aumentado así que…mi imaginación se disparó.

De aperitivo una buena dosis de sado «médical», para celebrar esto y aquello, bañado con una capa de fetichismo con sabor a latex y tacones de aguja.

Le siguió una dulce dilatación uretral. Pudo superar sus limites, yo ya sabía que lo haría, él no. Como plato principal, la suave tortura de un «teast and denial» detenido en el tiempo seguramente más de lo deseado por su parte. Y antes de que la explosión llegara le advertí que el final a veces se torna en una sinuosa continuación; así que mis dedos se deleitaron en un tórrido «post orgasm».

Las consabidas súplicas pidiendo una pausa, su confianza depositada en mis manos y mi satisfacción al conseguir mi propósito.

Sonreí.

Confesiones finales.

-¿Recuerdas la primera vez que tuve una sesión contigo?-

Claro- le contesté.

-¿No echaste en falta algo aquel día?-

En el mismo instante en el que visualicé aquellos momentos recordé el detalle, pero preferí que lo confesara.

No caigo- le respondí en tono convincente.

-Me llevé uno de tus tangas, el negro que tiene una abertura en la parte delantera.

Lo usaste para amordazarme, no sé si lo recordarás- me especificó.

Volví a sonreir esperando alguna explicación.

-Desde entonces lo guardo en un cajón, a veces lo miro, lo toco, lo huelo.-

-Apuesto a que tienes más fetiches sustraidos al tiempo-le comenté curiosa.

-Sí, guardo algún liguero de encaje y medias de mis sumisas.-

Y aunque me gustó imaginarle así, masturbándose en noches clandestinas y con lenceria robada…merecía un castigo.

Pero fue listo. Me lo dijo al terminar la sesión.

I hope you…

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A veces el universo es aquí y ahora.

A ver niño, lo has hecho bien, tu boca a estado a la altura de mis húmedos deseos. Las gotas resbalando por mis piernas han sido testigo de ello. Tu lengua puede darse por felicitada. 

Solo un fallo tuvo esta sesión, el desastre de la cisterna estropeada, el agua cortada como medida preventiva hasta que el fontanero, espero que fornido y atractivo, se dignase a pasar por mi estudio.

Así qué…

-Vayamos a la piscina. Déjate el plug puesto-te indiqué.

Te presté un bañador y sin más, bajamos a la piscina de la urbanización.

Me puse mi último bikini, comprado a capricho. Negro, muy pequeñito. Las uñas rojas bailaban en un equilibrio perfecto con las sandalias, negras también. El césped nos esperaba algo frio con anhelo y rubor. El socorrista aplaudió la valentía de ver como sumergíamos nuestros cuerpos a pesar de la tarde nublada, para satisfacción de mis sentidos.

Permití al agua acariciar mis muslos, los mismos que minutos antes chorreaban de placer mientras tú nadabas como podías con ese plug que te perseguiría varias horas más.

Bien por ti, pudiste hacerlo sin que se saliera.

Quise premiarte.

Desde la profundidad de la piscina mi pie buscó tu miembro escondido tras el bañador de tonos azules.

Te sorprendiste. Te gustó.

-Demasiada tela-pensé.

Te quité la prenda. Pocos vecinos, mejor.

Ahora sí, mi pie acariciaba tu sexo lentamente mientras el agua mecía mis intenciones. 

Tu excitación y mi sonrisa. Quise agitar al viento.

-Quiero que beses mis pies- te susurré.

Asentiste.

Sali de la piscina sinuosamente con tu bañador en la mano, muy a tu pesar.

Tuviste que salir, así, desnudo.

2 vecinas mayores y el socorrista, no había demasiado público. Me regalé a la parsimonia del césped y al placer de la tierra tras el agua, mientras tú buscabas la postura más cómoda para lamer uno a uno mis deditos.

Parecías hambriento, lo hacías bonito y sabroso. El calor de tu boca en mis empeines, mientras mis piernas inquietas buscaban tu miembro, aún desnudo.

Lo apreté con la fuerza de mis pies, lo estrujé, quiso escapar por un instante. Demasiada tensión y demasiado público, pensaste seguramente.

Comencé a mecerlo dulcemente, arriba y abajo. Suave. 

Me mirabas suplicante. Te sonreí mientras negaba con la cabeza tus peticiones mudas.

Agitación. El ritmo subió, desee romperte la vergüenza ahí mismo.

Tú de rodillas, yo tumbada sobre el césped. No sé si me provocó más placer tu rostro sonrojado por la timidez o comprobar como tu sexo crecía de manera desenfrenada a pesar de ti.

-Grita- te dije, deleitándome en cada palabra.

Estabas a punto de estallar, no querías. Yo sí.

Más nivel.

Más rapidez.

Sin piedad.

Y fue.

Te me derretiste sobre los dedos, gritaste mi nombre mientras caías abatido sobre la hierba, el rojo de las uñas se transformó en blanco. El sol nos aplaudió. 

De el resto no me acuerdo.

“Hay palabras endiosadas y endemoniadas,

otras están enduendadas.

O humanizadas.

Todas están pervesamente encantadas.”

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Adora y confia. (IV)

…Y eso hubiera sido lo fácil.

Lo previsible.

Permitir que él desarrollara sus dotes amatorias y complacientes con la esclava delante de mí. Una esclava bella, desnuda, entera para él y sus caprichos.

Imposible. Dejé que lo creyera hasta el último minuto. Y vaya si lo creyó.

Cuando la tuvo a 2 centímetros de su aliento ella le vendó los ojos, le ató las manos con unas esposas metálicas y tal y como yo le indiqué, se retiró de la escena.

Entonces me acerqué a él. Descalza, casi bailando con el suelo, para que no sospechara mis movimientos.

-Ahora es cuando tienes que demostrarme lo buen sumiso que vas a ser. Que cada caricia sea para mi deleite- le susurre mientras él permanecía a la espera de no se sabía qué o quién.

-Puedes venir.- Dije en voz alta.

Y ahí llegó él, o ella, o ella y él. Otro esclavo. Un gran esclavo. Vino cubierto de aceite chorreando en su frágil cuerpo. Era dulce, complaciente, tan femenino que supe verle desde el primer instante en que le tuve delante de mí. A partir de ahí, el resto fue reconstruirle y que fuese lo que realmente ya era en esencia.

Previamente maquillado, perfumado y provisto de unas braguitas en color rosa, se acercó a mi encuentro. Con su sonrisa por bandera y esas ganas de satisfacerme a mí, y después a quien yo quisiera.

Ahora sí. Retírale la venda y las esposas.- Le indiqué.

El nuevo esclavo se transformó en una interrogación.

-No olvides lo que te he dicho. Yo estoy contigo- le recordé desde una distancia desconcertadora.

Titubeo. Sus manos temblorosas intentaban llegar al cuerpo que se le antojaba tan lejano a pesar de estar frente a él. Rose, mi esclavo femenino le ayudó. Cogió las manos sudorosas y las llevo a su propia piel. Primero a sus hombros, con suave cadencia las fue moviendo un poco mas abajo, a sus pectorales, antebrazos. Cuando pareció que se iba relajando acercó su dedo a la boca del novato. Lo lamió.

Me gustó verlo.

Comprobar que iba respondiendo a los estímulos, olvidando prejuicios y por olvidar llegar a olvidarse de sí mismo. Centrándose en el momento. No existía nada más que las ganas de complacerme y de experimentar, el resto no importaba.

Respiró profundo. Aceptó su realidad y se relajó. Su lengua se retorcía alrededor de un dedo ajeno que se le ofrecía. Lo aprovechó. Lo disfrutó. Lentamente lo engullía con los ojos y con su boca que rogaba un poco más.

-Arrodíllate, ya sabes lo que tienes que hacer.-Volví a orientarle desde mi lejanía cada vez más cercana.

Se arrodilló frente a Rose. Le retiró la ropa interior mientras Rose desbarataba con ligereza su cabello hasta entonces bien peinado. Era sin duda la primera vez que un miembro masculino se le ofrecía de esa manera. En las distancias cortas todo cambia. Se le antojó seguramente bello, erguido, perfectamente húmedo. Cerró los ojos y abalanzó su boca hasta la punta de aquel sexo que comenzaba a hablar por sí mismo. La lengua rozando la piel. La piel excitándose ante una inocente boca que se moría por seguir con esta prueba iniciática. Los labios abriéndose a un nuevo mundo que ya, era su mundo. El sabor, el olor, todo invitaba a un balance de estímulos y referencias nuevas. Y en unos segundos su boca entera cubría el sexo de Rose. Las manos del novato se perdían en los glúteos de su partenaire, los apretaba, los acariciaba sin timidez, los estrujaba. Comenzaba a retorcerse de placer desde su posición arrodillada.

-Lo estás haciendo muy bien- le dije, esta vez a poca distancia de ellos. Ahora deseo que te dejes hacer y sentir.

Rose le ofreció la mano de uñas rosas en un gesto que le invitaba a levantarse. Entonces lo llevó hacia la pared, se arrodilló frente a él y en un movimiento tan deseado como bien aprendido, acercó sus gruesos labios maquillados al miembro chorreante del esclavo novato. -«Nadie te puede llevar donde no ha ido»- recuerdo que le dije a Rose cuando comenzaba su instrucción, de esto han pasado ya varios años y su evolución resultó tan sorprendente como sus exquisitos modales.

Respiró. Inclinó su cabeza hacia atrás. Cerró los ojos y el baile de sentidos comenzó. Sentía como sus carnosos labios atrapaban su cuerpo. Y como estos le devoraban a brochazos de calor. Otra atmósfera se abría ante él. Podría haber intentado comparar, pero no lo hizo. Simplemente se limitó a sentir en un acertijo de sensaciones.

Por unos segundos olvidó dónde estaba. Sacudidas hipnóticas en una geografía casi desconocida repleta de dones y sabiduría. Tuvo que abrir los ojos para volver a la materia.

Estaba a punto de diluirse en su boca.

-Para- le indiqué oportunamente. Estoy muy orgullosa de ti. Me acerqué a su espació. Le besé dulce, suave y susurrándole volví a guiarle:

-Ahora vamos a subir el nivel.-

Me miro.

Volvió a temblar.

Su alma en vilo y en trance de promesa.

Palabra y silencio.

(…continuará…)

«El misterio último es uno mismo». (Oscar Wilde)

Copyright©L.S.22

La rendición (III)

…Pasaron semanas desde su llegada a mi santuario cuando por fin, no solo entendió su destino, si no que comenzó a amarlo.

La vida en el haren no era difícil, solo exigente. Todo debía estar a mi gusto. Mis deseos colmados y todas y cada una de mis necesidades cubiertas, de cualquier ámbito y en cualquier materia. Aquí podría surgir la complicación para un solo esclavo, por eso contaba desde hacia días con 11. El número ideal.

La primera semana de aprendizaje fue dura para el novato, suele ocurrir, por eso durmió 7 noches seguidas encerrado en la jaula, como aún así necesitó más disciplina las mañanas se las pasó encadenado y desnudo dentro de la mullida jaula negra. De vez en cuando yo pasaba a vigilarle, a cuidarle, a mimarle. Le ofrecía mis pies descalzos de uñas rojas para que los besara. Le regalaba agua y otras deliciosas bebidas directamente de mi boca. Él las acogía con ansia y gratitud.

Comió de mis manos cuando yo consideré que tenía hambre y mis sumisas limpiaron su boca momentos después. Deliciosos manjares cubrían mi mesa y no quise que nada le faltara a pesar de su encierro.

Su ansia en lugar de apaciguarse iba in crescendo. Le dije que tenía que ser paciente en todo momento.

-Recibes lo que esperas, cuando dejas de esperar.- Le susurré mientras me agachaba, acariciando los barrotes de acero. Busque sus gruesos labios, los mordisqueé. Me gustó. Lo besé. Sabía tan rico. Mezcla de deseo y desespero.

Me gustaban todas sus formas de mirarme, sin duda era uno de mis esclavos más atractivos.

Quería ver cómo se movía en la intimidad antes de catarle, así que avise a una de mis chicas.

Se preparó según mis indicaciones. Con tiempo. Dispuesta a buscar el delirio y la locura de mi novato.

Un baño repleto de esencias y aceites, perfume de jazmín. La maquillaron, la peinaron, y con la piel desnuda y descalza se presento ante mí. La cubrí con unas telas transparentes, recogí su larga cabellera rubia y cuando estuvo perfecta la dirigí hacia el enjaulado.

Volví a agacharme en busca de su rostro y mirándole a sus ojos oscuros de infinitas pestañas le dije: -Demuéstrale a ella como te gustaría poseerme a mi.- Le cubrí de saliva para que me retuviera en su boca un tiempo indefinido más y abrí el cerrojo que le aislaba del exterior.

Desnudo, excitado. Su piel sonreía, seguramente sus músculos también. Volvía a ponerse en pié después de varios días de encierro.

Le sonreí y me alejé dispuesta a observarle sin que él pudiera verme.

…(continuará)

«Sans douloir le plaisir est moins vit.

Patiente, patiente.»

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Ah, el sórdido y viscoso templo de lo humano.(I)

Un día cualquiera sale usted a la calle, un coche se para a su lado y su vida ya no vuelve a ser la misma.

Así comienza la historia de mi último súbdito.

Llevaba tiempo observando su caminar desde la ventana de mi despacho. Atractivo, alto y esa ligera barba adornando su rostro. Vestía de negro, lucía una gorra que le daba un toque de lo más personal. Gafas de sol y unos andares que ni el felino mas sofisticado de la sabana.

Tengo imaginación y recursos, así que no lo dilaté demasiado en el espacio tiempo.

A los pocos días parte de mi séquito femenino se encargó de la operación.

Salieron a la calle enfundadas en un catsuit negro de latex, zapatos de tacón y carmín rojo. Cogieron el coche que les indiqué, un Audi ultimo modelo. Muy adecuado para la ocasión. Fueron las 3, Elsa la pelirroja más obediente que he conocido, Lina, mi esclava más antigua y Berta de ojos claros y melena rubia al viento.

La misión estaba clara, todo debía salir según lo convenido por mí. Ellas harían todo lo posible para que así fuera. Yo sabía a qué hora pasaba por aquella calle tan poco concurrida, normalmente iba solo así que no debía suceder ningún inconveniente en el pequeño secuestro.

A la hora esperada mis chicas estaban aguardando dentro del coche, cuando le vieron, desplegaron todo el dispositivo, a la par que sus armas de seducción masiva. Berta bajó del coche, hizo el papel de rubia despistada, le preguntó por no sé que calle y cuando él con toda su amabilidad se dispuso a ayudarla, mis otras dos chicas bajaron prestas. Una le puso un antifaz en los ojos y la otra le esposó las manos con dulzura y firmeza.

-Metete en el coche, te llevamos a un lugar muy especial.- le susurró Berta al asustado desconocido.

Él no forcejeó, tampoco hubiese podido. El encanto de mis sumisas actuó justo como yo esperaba.

Qué lejos estaba de entender que acababa de tropezar con la luz de su destino.

Situado en la parte trasera junto a Lina y Elsa, aguardó en silencio hasta que su impaciencia se desató y comenzó el revuelo de preguntas.

-¿Qué es esto? –

-¿Dónde me lleváis?-

-Creo que os equivocáis de persona- sus dudas y su ansiedad iban oscureciendo el ambiente más de lo deseado.

Menos mal, que para eso también había un plan. Ellas sabían cómo debían actuar para relajarle.

-Todo está perfectamente controlado-le susurró Elsa mientras le iba mordisqueando la oreja. Entonces, Lina llevo sus manos de uñas afiladas a la entrepierna del atractivo secuestrado. Palpó su sexo, le bajo suavemente la cremallera del pantalón oscuro y comprobó que pese a su inquietud, la excitación iba increscendo.

Y allí estaba él. Dividido entre el instinto de escapar y el deseo de rendirse.

Esto me gusta Elsa, mira que dura está- comentaba entre pequeñas risas a su compañera.

Le quitaron el antifaz. Ellas comenzaron a comerse la boca. Literalmente. En un principio fueron los besos mezclando carmines y olores a jazmín, pasados unos segundos sus bocas quisieron saciar la sed de varias vidas pasadas a juzgar por el ansia con la que se devoraban ante la atónita mirada de mi secuestrado de turno. Las manos de ambas no se retiraron en ningún momento de la entrepierna de él.

Miedo y deseo.

Tensión en su cuerpo. Los ojos hirviendo. Comenzaba a entender que no tenía más opción que ir hasta el fondo de lo que fuera que le iba a ocurrir en ese día.

Respiró.

Las lenguas enlazadas de las chicas se acercaron a su boca entreabierta.

-Mejor así- murmuraba para sí la conductora.

En una perfecta anatomía del placer, las lenguas se dispusieron a bailar en una armoniosa triada.

Un fallo en el aire, al querer movilizar sus manos, mi rehén se lastimó una muñeca. Elsa aflojó las esposas.

-Quítamelas, por favor-murmuró él, en un intento de que el lenguaje crease realidades.

Elsa le miró. El discurso estaba dicho.

Para equilibrar rudezas Lina desabrochó el ajustado traje de la pelirroja dejando al descubierto su exuberante pecho que lucia libre y desnudo. Elsa suspiró.

El deseo corriendo por las arterias de las calles sin nombre.

Las manos se convirtieron en labios, los pezones de Lina agradecieron inmediatamente la carnosidad de esa boca que tanto conocía.

-Ahora tú- sonrió incitando al atractivo reo.

Y donde un día hubo nervios e interrogantes, ahora fluía la intención. El instante.

Su boca sumergida en el jardín de las delicias de esos pechos que le tenían preso, esposado sin derecho a replica, sin saber qué sería de él.

Se escurría entre ellos, se diluía. Como el tiempo. Ninguno de los 3 seguramente se dieron cuenta de los 75 minutos que habían transcurrido entre euforias de abismos y manos desordenadas.

-Hemos llegado- dijo la conductora cortando el aliento al invitado del asiento de atrás.

El antifaz regresó a su rostro.

La oscuridad y esperar.

La oscuridad y olvidar.

(…continuará)

Copyright©L.S.22

Compórtate, o te ataré con lo que sobra.

Tumbada, desnuda sobre mi cama y sintiendo como el sol intentaba prolongarse en mi piel tuve una urgencia. Una sed que comenzó a invadir cada centímetro de la habitación, y el sol, mi amado sol dejó por un instante de ser el protagonista.

Voy a hacer un casting-pensé.

Un casting de esclavos, claro que sí. Fotografiaré a los elegidos, comprobaré en qué pueden ser buenos y útiles para mí. Me quedaré solo con los mejores y desecharé al resto. Voy a ponerles a prueba, tentarles, retarles.

La simple idea de convocarles y comenzar con las entrevistas me excitó.

Comprobaré quién es el que mejor satisface mis necesidades más intimas, quien puede organizar mi lencería con más detalle, o quien limpia mis zapatos con las manos, incluso con la lengua. Usaré sus cuerpos para mi comodidad. Seleccionaré al mejor esclavo que sea capaz de transformarse en un cómodo sillón en menos de un segundo, y quien dice sillón dice un cómodo reposapiés.

O una suave y mullida alfombra. Incluso un elegante y estático perchero donde colgar mis ideas y mis sombreros.

Según iba imaginando las escenas, mi desnudez hablaba sola, se mecía al ritmo de mi respiración cada vez más agitada. Y el sol, ese leal sol iba proyectando toda su lascivia sobre mí.

Vamos, dánzame lento- susurré al astro-aunque esta noche me consagre a la luna, en este instante soy toda tuya.

Y entonces mi imaginación siguió en un derroche de interrogantes e imágenes sin fin.

¿Quién será el que mejor lama suavemente los dedos de mis pies cuando regrese agotada del gimnasio?

¿Quién sustituirá mi clase de hípica cuando no pueda acudir y se transforme en un obediente poney de melena cobriza?

Y después de un cálido y espumoso baño caliente, quien será el que seque mi piel con tanta delicadeza como precisión?

O cuándo tan solo quiera un vino a medias, ¿qué boca abarcará el resto del líquido que de mis labios se irá deslizando?

El placer de la incognita…

Copyright©L.S.21