Adora y confia. (IV)

…Y eso hubiera sido lo fácil.

Lo previsible.

Permitir que él desarrollara sus dotes amatorias y complacientes con la esclava delante de mí. Una esclava bella, desnuda, entera para él y sus caprichos.

Imposible. Dejé que lo creyera hasta el último minuto. Y vaya si lo creyó.

Cuando la tuvo a 2 centímetros de su aliento ella le vendó los ojos, le ató las manos con unas esposas metálicas y tal y como yo le indiqué, se retiró de la escena.

Entonces me acerqué a él. Descalza, casi bailando con el suelo, para que no sospechara mis movimientos.

-Ahora es cuando tienes que demostrarme lo buen sumiso que vas a ser. Que cada caricia sea para mi deleite- le susurre mientras él permanecía a la espera de no se sabía qué o quién.

-Puedes venir.- Dije en voz alta.

Y ahí llegó él, o ella, o ella y él. Otro esclavo. Un gran esclavo. Vino cubierto de aceite chorreando en su frágil cuerpo. Era dulce, complaciente, tan femenino que supe verle desde el primer instante en que le tuve delante de mí. A partir de ahí, el resto fue reconstruirle y que fuese lo que realmente ya era en esencia.

Previamente maquillado, perfumado y provisto de unas braguitas en color rosa, se acercó a mi encuentro. Con su sonrisa por bandera y esas ganas de satisfacerme a mí, y después a quien yo quisiera.

Ahora sí. Retírale la venda y las esposas.- Le indiqué.

El nuevo esclavo se transformó en una interrogación.

-No olvides lo que te he dicho. Yo estoy contigo- le recordé desde una distancia desconcertadora.

Titubeo. Sus manos temblorosas intentaban llegar al cuerpo que se le antojaba tan lejano a pesar de estar frente a él. Rose, mi esclavo femenino le ayudó. Cogió las manos sudorosas y las llevo a su propia piel. Primero a sus hombros, con suave cadencia las fue moviendo un poco mas abajo, a sus pectorales, antebrazos. Cuando pareció que se iba relajando acercó su dedo a la boca del novato. Lo lamió.

Me gustó verlo.

Comprobar que iba respondiendo a los estímulos, olvidando prejuicios y por olvidar llegar a olvidarse de sí mismo. Centrándose en el momento. No existía nada más que las ganas de complacerme y de experimentar, el resto no importaba.

Respiró profundo. Aceptó su realidad y se relajó. Su lengua se retorcía alrededor de un dedo ajeno que se le ofrecía. Lo aprovechó. Lo disfrutó. Lentamente lo engullía con los ojos y con su boca que rogaba un poco más.

-Arrodíllate, ya sabes lo que tienes que hacer.-Volví a orientarle desde mi lejanía cada vez más cercana.

Se arrodilló frente a Rose. Le retiró la ropa interior mientras Rose desbarataba con ligereza su cabello hasta entonces bien peinado. Era sin duda la primera vez que un miembro masculino se le ofrecía de esa manera. En las distancias cortas todo cambia. Se le antojó seguramente bello, erguido, perfectamente húmedo. Cerró los ojos y abalanzó su boca hasta la punta de aquel sexo que comenzaba a hablar por sí mismo. La lengua rozando la piel. La piel excitándose ante una inocente boca que se moría por seguir con esta prueba iniciática. Los labios abriéndose a un nuevo mundo que ya, era su mundo. El sabor, el olor, todo invitaba a un balance de estímulos y referencias nuevas. Y en unos segundos su boca entera cubría el sexo de Rose. Las manos del novato se perdían en los glúteos de su partenaire, los apretaba, los acariciaba sin timidez, los estrujaba. Comenzaba a retorcerse de placer desde su posición arrodillada.

-Lo estás haciendo muy bien- le dije, esta vez a poca distancia de ellos. Ahora deseo que te dejes hacer y sentir.

Rose le ofreció la mano de uñas rosas en un gesto que le invitaba a levantarse. Entonces lo llevó hacia la pared, se arrodilló frente a él y en un movimiento tan deseado como bien aprendido, acercó sus gruesos labios maquillados al miembro chorreante del esclavo novato. -«Nadie te puede llevar donde no ha ido»- recuerdo que le dije a Rose cuando comenzaba su instrucción, de esto han pasado ya varios años y su evolución resultó tan sorprendente como sus exquisitos modales.

Respiró. Inclinó su cabeza hacia atrás. Cerró los ojos y el baile de sentidos comenzó. Sentía como sus carnosos labios atrapaban su cuerpo. Y como estos le devoraban a brochazos de calor. Otra atmósfera se abría ante él. Podría haber intentado comparar, pero no lo hizo. Simplemente se limitó a sentir en un acertijo de sensaciones.

Por unos segundos olvidó dónde estaba. Sacudidas hipnóticas en una geografía casi desconocida repleta de dones y sabiduría. Tuvo que abrir los ojos para volver a la materia.

Estaba a punto de diluirse en su boca.

-Para- le indiqué oportunamente. Estoy muy orgullosa de ti. Me acerqué a su espació. Le besé dulce, suave y susurrándole volví a guiarle:

-Ahora vamos a subir el nivel.-

Me miro.

Volvió a temblar.

Su alma en vilo y en trance de promesa.

Palabra y silencio.

(…continuará…)

«El misterio último es uno mismo». (Oscar Wilde)

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La rendición (III)

…Pasaron semanas desde su llegada a mi santuario cuando por fin, no solo entendió su destino, si no que comenzó a amarlo.

La vida en el haren no era difícil, solo exigente. Todo debía estar a mi gusto. Mis deseos colmados y todas y cada una de mis necesidades cubiertas, de cualquier ámbito y en cualquier materia. Aquí podría surgir la complicación para un solo esclavo, por eso contaba desde hacia días con 11. El número ideal.

La primera semana de aprendizaje fue dura para el novato, suele ocurrir, por eso durmió 7 noches seguidas encerrado en la jaula, como aún así necesitó más disciplina las mañanas se las pasó encadenado y desnudo dentro de la mullida jaula negra. De vez en cuando yo pasaba a vigilarle, a cuidarle, a mimarle. Le ofrecía mis pies descalzos de uñas rojas para que los besara. Le regalaba agua y otras deliciosas bebidas directamente de mi boca. Él las acogía con ansia y gratitud.

Comió de mis manos cuando yo consideré que tenía hambre y mis sumisas limpiaron su boca momentos después. Deliciosos manjares cubrían mi mesa y no quise que nada le faltara a pesar de su encierro.

Su ansia en lugar de apaciguarse iba in crescendo. Le dije que tenía que ser paciente en todo momento.

-Recibes lo que esperas, cuando dejas de esperar.- Le susurré mientras me agachaba, acariciando los barrotes de acero. Busque sus gruesos labios, los mordisqueé. Me gustó. Lo besé. Sabía tan rico. Mezcla de deseo y desespero.

Me gustaban todas sus formas de mirarme, sin duda era uno de mis esclavos más atractivos.

Quería ver cómo se movía en la intimidad antes de catarle, así que avise a una de mis chicas.

Se preparó según mis indicaciones. Con tiempo. Dispuesta a buscar el delirio y la locura de mi novato.

Un baño repleto de esencias y aceites, perfume de jazmín. La maquillaron, la peinaron, y con la piel desnuda y descalza se presento ante mí. La cubrí con unas telas transparentes, recogí su larga cabellera rubia y cuando estuvo perfecta la dirigí hacia el enjaulado.

Volví a agacharme en busca de su rostro y mirándole a sus ojos oscuros de infinitas pestañas le dije: -Demuéstrale a ella como te gustaría poseerme a mi.- Le cubrí de saliva para que me retuviera en su boca un tiempo indefinido más y abrí el cerrojo que le aislaba del exterior.

Desnudo, excitado. Su piel sonreía, seguramente sus músculos también. Volvía a ponerse en pié después de varios días de encierro.

Le sonreí y me alejé dispuesta a observarle sin que él pudiera verme.

…(continuará)

«Sans douloir le plaisir est moins vit.

Patiente, patiente.»

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Ah, el sórdido y viscoso templo de lo humano.(I)

Un día cualquiera sale usted a la calle, un coche se para a su lado y su vida ya no vuelve a ser la misma.

Así comienza la historia de mi último súbdito.

Llevaba tiempo observando su caminar desde la ventana de mi despacho. Atractivo, alto y esa ligera barba adornando su rostro. Vestía de negro, lucía una gorra que le daba un toque de lo más personal. Gafas de sol y unos andares que ni el felino mas sofisticado de la sabana.

Tengo imaginación y recursos, así que no lo dilaté demasiado en el espacio tiempo.

A los pocos días parte de mi séquito femenino se encargó de la operación.

Salieron a la calle enfundadas en un catsuit negro de latex, zapatos de tacón y carmín rojo. Cogieron el coche que les indiqué, un Audi ultimo modelo. Muy adecuado para la ocasión. Fueron las 3, Elsa la pelirroja más obediente que he conocido, Lina, mi esclava más antigua y Berta de ojos claros y melena rubia al viento.

La misión estaba clara, todo debía salir según lo convenido por mí. Ellas harían todo lo posible para que así fuera. Yo sabía a qué hora pasaba por aquella calle tan poco concurrida, normalmente iba solo así que no debía suceder ningún inconveniente en el pequeño secuestro.

A la hora esperada mis chicas estaban aguardando dentro del coche, cuando le vieron, desplegaron todo el dispositivo, a la par que sus armas de seducción masiva. Berta bajó del coche, hizo el papel de rubia despistada, le preguntó por no sé que calle y cuando él con toda su amabilidad se dispuso a ayudarla, mis otras dos chicas bajaron prestas. Una le puso un antifaz en los ojos y la otra le esposó las manos con dulzura y firmeza.

-Metete en el coche, te llevamos a un lugar muy especial.- le susurró Berta al asustado desconocido.

Él no forcejeó, tampoco hubiese podido. El encanto de mis sumisas actuó justo como yo esperaba.

Qué lejos estaba de entender que acababa de tropezar con la luz de su destino.

Situado en la parte trasera junto a Lina y Elsa, aguardó en silencio hasta que su impaciencia se desató y comenzó el revuelo de preguntas.

-¿Qué es esto? –

-¿Dónde me lleváis?-

-Creo que os equivocáis de persona- sus dudas y su ansiedad iban oscureciendo el ambiente más de lo deseado.

Menos mal, que para eso también había un plan. Ellas sabían cómo debían actuar para relajarle.

-Todo está perfectamente controlado-le susurró Elsa mientras le iba mordisqueando la oreja. Entonces, Lina llevo sus manos de uñas afiladas a la entrepierna del atractivo secuestrado. Palpó su sexo, le bajo suavemente la cremallera del pantalón oscuro y comprobó que pese a su inquietud, la excitación iba increscendo.

Y allí estaba él. Dividido entre el instinto de escapar y el deseo de rendirse.

Esto me gusta Elsa, mira que dura está- comentaba entre pequeñas risas a su compañera.

Le quitaron el antifaz. Ellas comenzaron a comerse la boca. Literalmente. En un principio fueron los besos mezclando carmines y olores a jazmín, pasados unos segundos sus bocas quisieron saciar la sed de varias vidas pasadas a juzgar por el ansia con la que se devoraban ante la atónita mirada de mi secuestrado de turno. Las manos de ambas no se retiraron en ningún momento de la entrepierna de él.

Miedo y deseo.

Tensión en su cuerpo. Los ojos hirviendo. Comenzaba a entender que no tenía más opción que ir hasta el fondo de lo que fuera que le iba a ocurrir en ese día.

Respiró.

Las lenguas enlazadas de las chicas se acercaron a su boca entreabierta.

-Mejor así- murmuraba para sí la conductora.

En una perfecta anatomía del placer, las lenguas se dispusieron a bailar en una armoniosa triada.

Un fallo en el aire, al querer movilizar sus manos, mi rehén se lastimó una muñeca. Elsa aflojó las esposas.

-Quítamelas, por favor-murmuró él, en un intento de que el lenguaje crease realidades.

Elsa le miró. El discurso estaba dicho.

Para equilibrar rudezas Lina desabrochó el ajustado traje de la pelirroja dejando al descubierto su exuberante pecho que lucia libre y desnudo. Elsa suspiró.

El deseo corriendo por las arterias de las calles sin nombre.

Las manos se convirtieron en labios, los pezones de Lina agradecieron inmediatamente la carnosidad de esa boca que tanto conocía.

-Ahora tú- sonrió incitando al atractivo reo.

Y donde un día hubo nervios e interrogantes, ahora fluía la intención. El instante.

Su boca sumergida en el jardín de las delicias de esos pechos que le tenían preso, esposado sin derecho a replica, sin saber qué sería de él.

Se escurría entre ellos, se diluía. Como el tiempo. Ninguno de los 3 seguramente se dieron cuenta de los 75 minutos que habían transcurrido entre euforias de abismos y manos desordenadas.

-Hemos llegado- dijo la conductora cortando el aliento al invitado del asiento de atrás.

El antifaz regresó a su rostro.

La oscuridad y esperar.

La oscuridad y olvidar.

(…continuará)

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Compórtate, o te ataré con lo que sobra.

Tumbada, desnuda sobre mi cama y sintiendo como el sol intentaba prolongarse en mi piel tuve una urgencia. Una sed que comenzó a invadir cada centímetro de la habitación, y el sol, mi amado sol dejó por un instante de ser el protagonista.

Voy a hacer un casting-pensé.

Un casting de esclavos, claro que sí. Fotografiaré a los elegidos, comprobaré en qué pueden ser buenos y útiles para mí. Me quedaré solo con los mejores y desecharé al resto. Voy a ponerles a prueba, tentarles, retarles.

La simple idea de convocarles y comenzar con las entrevistas me excitó.

Comprobaré quién es el que mejor satisface mis necesidades más intimas, quien puede organizar mi lencería con más detalle, o quien limpia mis zapatos con las manos, incluso con la lengua. Usaré sus cuerpos para mi comodidad. Seleccionaré al mejor esclavo que sea capaz de transformarse en un cómodo sillón en menos de un segundo, y quien dice sillón dice un cómodo reposapiés.

O una suave y mullida alfombra. Incluso un elegante y estático perchero donde colgar mis ideas y mis sombreros.

Según iba imaginando las escenas, mi desnudez hablaba sola, se mecía al ritmo de mi respiración cada vez más agitada. Y el sol, ese leal sol iba proyectando toda su lascivia sobre mí.

Vamos, dánzame lento- susurré al astro-aunque esta noche me consagre a la luna, en este instante soy toda tuya.

Y entonces mi imaginación siguió en un derroche de interrogantes e imágenes sin fin.

¿Quién será el que mejor lama suavemente los dedos de mis pies cuando regrese agotada del gimnasio?

¿Quién sustituirá mi clase de hípica cuando no pueda acudir y se transforme en un obediente poney de melena cobriza?

Y después de un cálido y espumoso baño caliente, quien será el que seque mi piel con tanta delicadeza como precisión?

O cuándo tan solo quiera un vino a medias, ¿qué boca abarcará el resto del líquido que de mis labios se irá deslizando?

El placer de la incognita…

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Caprichos.

Una necesidad, un encargo.

Un encargo, un pedido o un que sé yo y ahí estaban ellos, los fabulosos mensajeros a prueba de las inclemencias del tiempo.

Y de todos ellos, mi preferido. Un carioca de sonrisa eterna y mirada despistada. 

La última vez que llamó al timbre me pilló recién levantada, una camiseta de tirantes blanca y un breve pantalón a juego que tapaba lo justo y necesario como para parecer que llevaba algo de ropa.

Le abrí descalza, con el pelo revuelto y el café en la mano.

Sonrió, me dio los buenos días y me entregó mi pedido.

-No te esperaba hoy, creí que llegaba mañana el encargo.- le dije, aunque en verdad le estaba diciendo:

-No te esperaba, pero bienvenido eres, llames cuando llames.-

En cuanto cerré la puerta ya me las estaba ingeniando para volver a la fuente de los deseos y realizar otro encargo.

Para la siguiente ocasión también se presentó antes de lo acordado según los mensajes recibidos de la empresa.

Y ahí estaba yo, jugando con mi doncella particular. La estaba adiestrando en el arte del pulido de tacones. Ella llevaba un uniforme de trabajo negro cortito, con delantal blanco y una cofia a juego. Sonrisa en la boca y sumisión en su entrega.

Yo iba con lencería negra. Hacia calor y no quería más tela de la necesaria en mi piel. Un bonito body negro de encaje, abierto en la espalda, descalza y el pelo recogido en un moño alto.

El sobresalto del timbre me hizo pensar en mi vecina, hacia días que me insistía en quedar para tomar un café que había traído de su último viaje. 

Abrí la puerta convencida de su presencia, cuando el cuerpo carioca de camiseta ajustada me sorprendió.

El gesto de la entrega como puro formulismo, el no saber que decir después de la consecución de su misión.

El tiempo cayendo gota a gota. 

Sortilegio de seducción.

Pasaron silencios, mundos sin forma. Y ahí estábamos, en pié, mirándonos, sin decir nada. La palabra exacta, ¿donde está cuando se la necesita?.

El crujir de los minutos avivando la imprudencia.

-¿Quieres tomar algo frio?-he tenido salidas más originales, pero fueron las silabas que acerté a pronunciar.

Y pasó. Traspasó la puerta dejando un halo de tremendo perfume que sacudió mis feromonas instantáneamente.

Podría haberle ofrecido yo el vaso de agua, pero para eso estaba mi doncella. La llamé.

Maquillada, perfumada y cuidadosamente peinada apareció en escena con ese aire  andrógino en sus movimientos.

Bebió el agua.

Sonrió más relajadamente abriendo un mundo de posibilidades  a mi imaginación.

-¿Quieres jugar a un juego donde yo pongo las reglas?- le susurré acercándome a él.

-Te quiero a ti encima de mí- contestó, deshaciendo rubores.

-Eso tendrás si te lo ganas- le contesté, ya con total seguridad.

Hice un guiño a mi doncella, ella ya sabía lo que tenía que hacer.

Trajo un largo pañuelo negro de seda.

Me situé detrás del mensajero de vaquero explosivo y mientras iba envolviéndome en el olor que desprendía su nuca le fui vendando los ojos con suavidad y firmeza.

No se negó.

Más bien sonrió complacido, con la seguridad que da el saberse ya casi ganador de un juego cargado de infinitos.

-Antes de que tus labios me rocen, quiero comprobar como besas.- le dije.

Situé a mi doncella frente a su boca.

-Bésala- le indiqué.

Rumor de dioses en el aire. 

Un viento de quietud y deleite inmortalizaron ese instante.

-Suficiente-y pararon.

-Quiero besarte a ti- me dijo.

Preludio de intenciones.

-Ya he visto como baila tu lengua en otra boca, necesito comprobar como lo hace sobre la piel. Arrodíllate.

Mi fiel Georgine, que es más doncello que doncella estaba entrenada para esto y para mucho más. Aunque su físico después de los retoques resulta un poco andrógino, aún no sé si este galán de mirada oculta se percató de ello.

-Arodillate, quiero que des placer a mi sirvienta. Si me gusta como lo haces, tal vez después…tu boca…la mía…tu lengua.-

Y lo hizo.

Me gusta ver como un desconocido se torna en  intimo y moldeable compañero de dulces perversiones. La conexión convertida en magia.

Georgine se aproximó a su boca entre abierta, subió su vestidito corto, bajó el tanga negro y sacó su excitado miembro. 

Mi mensajero preferido entendió enseguida que debía abrir más su boca. Tragó saliva. Respiro y en un acto de valentía comenzó a comerse literalmente el miembro masculino que tal vez hoy, inauguraba su boca .

Deleite de los sentidos.

Orgia visual.

La noche latiendo en mis venas.

Voy a congelar las agujas del tiempo en este instante para profundizar en estos movimientos que ni las olas del mar podrían igualar.

Suficiente.

-Ahora quiero ver como te excitas para mí, como mantienes la llama y no te dejas vencer por ella.-

Suspiró.

Georgine sabia lo que tenía que hacer. Eran años ya de fiel adiestramiento. Se arrodilló frente  al brasileño de vaqueros visiblemente abultados.

Botones fuera, pantalón al suelo y la sorpresa de un miembro tan crecido como agradecido.

Movimientos lentos y suaves al principio, yo iba dirigiendo el ritmo con mis manos sobre la peluca negra de mi doncella. Marcaba la cadencia y  la intensidad conforme mis dedos se movían de un modo u otro.

Cuando lo estimaba conveniente un gesto mío servía para parar el deleite. Entonces el carioca hacia una mueca con su boca. Mezcla de alivio y de rabia.

Volvíamos a la noria sensorial de placeres y retiradas a tiempo.

Me acerqué al musculado trasero del aún sin nombre mensajero. Agarrándolo con fuerza le susurré:

-Qué bien estás haciendo todo.-

-Quiero sentirte- me respondió bajito.

Acaricié sus pectorales, su cuello. Introduje mis dedos en su  boca mientras Georgine seguía engullendo su enorme miembro.

-Aguanta, hazlo por mí.-Volví a susurrarle.

El momento del éxtasis define tanto a una persona, sus movimientos, sus gestos, sus gritos. La mirada. Las palabras…

Quise comprobar como era al romperse de placer fuera de mi.

-Y ahora, te me vas a ir justo cuando yo te lo diga- le indiqué besándolo con ganas  vestidas de  azul.

El ritmo de Georgine aumentó mecido por mis dedos, yo seguía apretando las nalgas del brasileño y como el tiempo solo tiene la realidad del instante, susurré a mi doncella:

-Abre bien la boca, déjate inundar.-

Y regalando una palmada bien fuerte en el trasero del mensajero pronuncié las palabras más deseadas para él en ese momento.

-Ahora, córrete para mí.-

Refinamiento último.

Perversión máxima.

Delirios de espuma blanca.

Aullidos de venas abiertas….

¿Qué si me gustó?

Lo habría devorado ahí mismo.

Copyright©L.S.21

“Cogí la oscuridad bebiendo de tu copa.

Cogí la oscuridad bebiendo de tu copa.

Dije: ¿ es contagioso?

Tú dijiste: Bébetela de un trago”

Y a ti, ¿quien te mueve el piso?

A mi me lo mueve él con su voz crepuscular y seca, repleta de noches y de excesos, pidiéndome una vez más de rodillas que regrese pronto, que el mar me tiene cada noche y que él apenas puede ya recordar como era el sonido de mis tacones sobre su piel. Se remueve bajo su larga cabellera rubia, se desnuda desde su allí y me invita a bailar.

Le explico que el romance entre el océano y yo es una historia kármica convertida en leyenda ya. Que cuando él duerme o tumba los bares, yo me sumerjo desnuda en el agua bajo el manto protector de la luna, que me dejo mecer por las olas y que el aire de la madrugada azul acaricia mis pechos, casi tan bien como lo hacia él entre mis sábanas.

Me pregunta entonces si sus humedades blancas ya no me llenan tanto como la espuma del mar.

Respiro lento. Puedo oler su perfume desde este aquí.

Intento dibujarle con palabras como es salir del agua bajo la complicidad de las estrellas, mientras la arena y las piedras flirtean con mis pies de uñas rojas con tanta dedicación como lo hacía él cuando después de lamérmelos, le ordenaba que siguiera con sus manos. Y lo hacía. Minutos, horas o eternidades.

Y mi calor, ¿no lo extrañas? -insiste y demanda.

Vuelvo a respirar bajo la atenta mirada de gaviotas de vuelo inquieto.

¿Como imaginarme huérfana del abrazo del sol en mi piel mojada cuando el rayo aún es ligero, cuando apenas roza en un simulacro de caricia?. Cuando preveo el ardor del después y me retiro a tiempo. O no.

Deshacerme de la ropa, abandonarme al viento, al sol, al rumor del agua. Dejarme acariciar por todos a la vez mientras me sostiene la tierra para que no caiga borracha de tanto placer en manos de cualquier desconocido que no entienda de oleajes, ninfas y sealkies.

Mi ración de vicio está cubierta, pienso. Me lo monto con el mar cada noche, desde mi balcón lo observo, lanzo mi trenza para que trepe a mi lecho, o bajo yo desprovista de telas a su arrullo. Y me mete la lengua hasta las profundidades de mi oscuro deseo. Chorreo entre sus aguas. Nubes de misterio me penetran. Poseer es ser poseído-me susurran.

Y solo existe ese momento y este ahora.

Copyright©2021L.S.

«...Tú eres del sexo de las fomas soñadas, del sexo nulo de las figuras.

Mero perfil a veces, mera actitud otras veces, otras gesto lento apenas. Eres momentos, actitudes espiritualizadas en las mías. Ninguna fascinación del sexo se subentiende en mi soñarte, bajo tu veste vaga de Madonna de los silencios interiores.

Pura, solo tú, señora de los sueños, que yo puedo concebir amante sin concebir mancha, porque eres irreal.

¿Como no adorarte si sólo tú eres adorable?¿Como no amarte si sólo tú eres digna del amor?

Quien sabe si soñándote yo no te creo, real en otra realidad; si no irás mía allí, en un distinto y puro mundo donde sin cuerpo táctil nos amemos con otra manera de abrazos y otras actitudes esenciales de posesiones.

Sé el día eterno y que mis ponientes sean rayos de tu sol, poseídos en ti.

Sé el crepúsculo invisible y que mis ansias y desasosiegos sean las tintas de tu indecisión, las sombras de tu incerteza

(El libro del desasosiego. Pessoa)

Un sorbo de café.

Amaneció lluvioso. Ese olor y el sonido del mar trajeron a su mente antiguas experiencias, más que exóticas. Eróticas. Húmedas como el mar que acariciaba su mirada.

Hoy tiene que ser una jornada especial-se dijo a sí misma.

Desde su balcón vio a una chica sentada en un banco, era morena de larga y suelta melena, falda corta a cuadros, sandalias rojas y camisa blanca, de aspecto frágil. Pareciera una colegiala salida de algún colegio mayor, si no fuese porque debía tener cerca de 30 primaveras. 

Y ese aire de estar esperando algo o a alguien. 

Relajada. Sonriente.

Simplemente estaba allí.

Elsa quiso pasar por su lado, la imagen de su quietud  y sensualidad  habían provocado en ella cierta curiosidad irremediable.

Al acercarse comprobó por sus rasgos que tal vez podría ser asiática, mestiza más bien.

La chica se apresuró hacia ella con un tono de voz cálido:

-Hola, ¿tienes fuego?-

-No fumo, pero vivo aquí al lado- No supo como pronunció esas palabras, salieron casi automáticamente de su garganta, o de más abajo tal vez.

La desconocida abrió mucho sus ojos negros, dudó medio segundo y confirmó con su sonrisa. 

-Vayamos a por ese mechero- dijo levantándose del banco que acariciaba desde hacia tiempo ya su cuerpo.

No tardaron ni un minuto.

Elsa llamó al timbre de su bonita casa y su asistenta abrió la puerta.

Esa asistenta o «sisí» tan deliciosamente educada y formada por ella misma lucía el mejor de sus uniformes ese día. Un vestido corto negro, con su delantal blanco y su cofia blanca también. Una gota del perfume que sabía complacería a su ama y una sed de servir en su mirada, mirada que a no ser que Elsa le diera permiso, estaba proyectada hacía el suelo.

-Me llamo Luna- dijo la desconocida mirando a Elsa sin ningún atisbo de sorpresa en su rostro. Sin duda la impresión que la refinada doncella había causado en su aventurera mente había resultado más que positiva.

Pasó al interior sin titubeo.

-Georgine queremos tomar un café. Apúrate- solicitó Elsa a su femenina sirvienta. 

La más femenina de todas, pese a guardar apariencia de hombre bajo esas telas, la más educada de todas, aunque le costó dejar ciertas torpezas en el comienzo de su adiestramiento, la más sonriente de todas, y eso, afortunadamente fue así desde el principio.

Ellas esperaban en la terraza, con vistas al inmenso mar. Hablaban de música y de los orígenes de Luna. Padre asiático y madre peruana.

-Preciosa mezcla- le confesó Elsa.

Y allí estaba la eficaz doncella, con su bandeja de plata, sus tazas, sus cubiertos y esos bombones que aunque no se los había pedido, sabía que siempre debían acompañar a un buen café.

Sirvió el café y antes de retirarse para no molestar, Elsa le hizo una señal con la mirada.

Ella ya sabía lo que debía hacer.

Se colocó en el suelo  apoyada con las manos y rodillas y se dispuso a ser la mejor mesa que la invitada hubiera podido ver.

Con tan corto uniforme se podía ver su ropa interior. 

Un tanga rojo que Elsa le había hecho ponerse aquella mañana, y debajo aún llevaba una gruesa  jaula de castidad. Cuando llegase el momento conveniente, su dueña se la retiraría.

Luna sonrió divertida.

-Qué suerte tienes- dijo sonriente a Elsa.

Si, aunque mi trabajo me ha costado, el adiestramiento es agridulce. Hay momentos de castigo, de recompensas y halagos que se tornan a veces en más premios o en otra suerte de castigos y privaciones. Pero sí, debo decir que el resultado ha sido y es, casi excelente. Claro que…-y esta vez por su tono, el mensaje iba dirigido a  su doncella.-

…Soy exigente, y la perfección nunca descansa, aún sigo educándola-

-Por ejemplo si yo le digo ahora  que, además de mantener la espalda recta para que la bandeja no se caiga y derrame nuestros cafés, me acaricié mis delicados pies…-

No tuvo que seguir la frase.

Georgine, complaciente y delicada acarició su pie, después de haber retirado la sandalia negra que acompañaba a su exquisita extremidad.

-Y si yo la dijese que lamiera mis dedos, uno a uno mientras seguimos saboreando estas cálidas bebidas, lo haría presta y sigilosa.

Georgine se adelantó con torpeza hacia sus dedos.

-Pero aún no se lo dije- protestó Elsa.

-Lo ves, querida amiga, la educación nunca termina. En varias ocasiones he de castigarla por este mismo motivo, se adelanta a mis deseos.- 

-Te entiendo- respondió Luna de la manera más asertiva que pudo. Me gustaría ayudarte con el castigo para que de una vez por todas aprenda esta lección y pueda ser más perfecta para tí.

-Me encanta escuchar eso- susurró Elsa en el oido de la cada vez menos desconocida-Te cedo el turno.

Y la joven de rasgos asiáticas se levantó, se dirigió al culito de la doncella  y le bajó con rapidez su lencería, dejándola expuesta.

-Buena decisión-aprobó Elsa.

El pie enfundado en sandalias rojas de la desconocida comenzó a acariciar las partes intimas de Georgine, Sus testículos y su culito que pedía a gritos varios azotes y algo más.

De las caricias con el pié paso a los pequeños golpes. Para ese momento la bandeja ya yacía en el suelo por decisión de Elsa. Y de los pequeños golpes surgieron unas directivas patadas que su blanca piel enseguida notó..

Elsa se puso en pie y mientras su amiga instruía a la sirvienta, ella le introdujó de nuevo sus pies, primero uno y luego el otro en esa boca pintada de carmín rojo.

-Así me gusta Georgine- que tu pequeño dolor no interfiera en mi placer.

De repente la invitada paró y se dirigió al oido de Elsa, a modo de confesión se lo dijo sin más preámbulos.

-Me gustaría follarme a tu sirvienta, nunca antes había podido hacer esto con nadie-

-Claro que sí, hoy Georgine es toda tuya, te la cedo para que hagas con ella lo que desees. Ella ya sabe que ha de satisfacer a quien yo quiera cuando yo lo desee.-contestó Elsa más que satisfecha con el atrevimiento de su desde ya, amiga.

Elsa le mostró una vitrina enorme llena de juguetes varios y arneses de distintos tamaños y grosor.

-Este es mi preferido-quiso indicarle dada su poca experiencia, pero puedes elegir el que prefieras.

La invitada cogió el indicado por Elsa, más otro de tamaño mayor.

-Valiente sin duda- pensó Elsa sonriendo.

Luna se situó detrás de Georgine y se levantó su faldita corta para colocarse el arnés, dejando ver que no llevaba lencería alguna.

Elsa se dirigió hacia ella cuando comprobó que se estaba haciendo un lío con las tiras del arnés.

-Hoy te estrenas, primeriza- dijo Elsa mientras la sujetaba fuerte el artilugio.

-Estás preciosa-Toda tuya, hazle saber como debe comportarse.-

Y mientras los dedos  del pie de uñas rojas follaban la boca de la doncella a veces despistada, su culito comenzaba a recibir las envestidas de una novata, que precisamente por eso parecía insaciable. Primero suave, luego fuerte, después rápido. Aquella polla de plástico negro se hundía bien dentro de Georgine que sin poder evitarlo lanzaba alaridos de satisfacción y dolor al mismo tiempo.

Luna paraba unos segundos, le regalaba algún nuevo azote, para después volver a la carga. 

-Me encanta meterme dentro de ti, Georgine- le decía con toda la seguridad del mundo, sabiendo que la doncella no pronunciaría palabra si no tenía permiso para ello.

El miembro erecto de la sirvienta parecía explotar ante tanto galope recibido. Elsa sabía que cuando comenzaba a gimotear es porque estaba a punto de no aguantar ni una embestida más. Aún así, minutos eternos siguieron antes de que le dijese a Luna:

-Sé que lo estás deseando- Haz que se corra y que grite tu nombre y el mío.

Ritmo álgido. Galopes de color azul que se tornaban en cruce de sentimientos y emociones. Georgine se moría de placer y no podía expresarlo, esa era la mayor de las torturas sin duda. Hasta que:

-Ok, Georgine, ahora sí, puedes disfrutar sin limites de mi invitada. Demuéstrame como te gusta su verga dentro de tu sediento culito-

Y ocurrió.

Gritó con voz de silencios retenidos. Dijo el nombre de su dueña con deleite duplicado. Eternizó el placer porque sabía que debía hacerlo y casi derrumbada y extasiada dio las gracias frente a los pies de su adorada dueña.

La excitación de las amigas podía olerse en el ambiente. Se miraron, se sonriéron.

Elsa dejó a Georgine en la terraza, atada a una barandilla mientras cogiendo de la mano a su invitada pasaban al interior de la casa.

-Estoy tan excitada- le confesó Luna con la mirada.

-Lo sé- respondió Elsa mientras buscaba su boca.

….

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Como es adentro es afuera.

A veces es el sol quien me quema. En invierno también, que si no está me lo invento.

A veces la luna, me desnuda y me dejo abrazar, pero en otras ocasiones es ver la impaciencia en sus ojos lo que me arde.

Dentro.

Fuera.

-Esta noche duermes bajo mis pies- le dije.

Y así fue. Desnudo con su correa correspondiente en el cuello vigiló mis sueños con la devoción que ya preveía.

Horas antes de dirigirme a mi cálida cama, le até y allí se quedó esperando. Que el carácter se forma en la espera y en las tardes de domingo, dijo alguien, algún día, en algún momento de inspiración.

Cuando Morfeo comenzaba a susurrarme deliciosas obscenidades me dispuse a reunirme con él. Me desnudé lentamente frente al espejo. Esta vez le permití observarme. Generosa que es una, a veces.

Ya sin ropa que me rozara la noche, me cubrí con mi aceite especial. Dulcemente comencé por los pies, fui subiendo por las piernas, mis caderas comenzaron a reclamar atención y ahí me deleité observándome en el espejo que colgaba vertical al lado de la cama. Más aceite en mis pechos, en los brazos, en los hombros. 2 gotas de perfume para seducir aún más al dios del sueño y antes de meterme dentro y fundirme con la cálida funda nórdica de plumón, le permití que me besara los pies.

Abrió su boca ansiosa y casi devora mi pulgar.

-Suave- le indiqué tirando de la correa.

Se aplicó. Tampoco tenía alternativa.

Un dedo dentro de su desesperada boca, dos, tres, cuatro, fue algo así como follarle la boca como mi delicado pie. Agilicé el ritmo, lo sacaba y lo introducía a mi antojo.

Dentro y profundo. Fuera y dentro otra vez. Su lengua se derretía de ganas al verlo desde la pequeña distancia de apenas centímetros. Lo acercaba y cuando apenas podía rozarlo se lo retiraba otra vez,

Excitado. Erecto. Inquieto. Pedía más con su mirada, pero su impaciencia hacía crecer mi sadismo.

-C’esto tout- le dije.

Y así fue.

Tenía una cita con alguien en sueños y eso nunca fue negociable.

«Lo terrible es algo que necesita nuestro amor»

(Rilkei)

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Haz lo que nunca has hecho y verás lo que nunca has visto.

«Yo en tí
Yo te he buscado
cuando el mundo era una piedra intacta.
Cuando la cosas buscaban sus nombres,
ya te buscaba yo.

Yo te he procurado.
en el comienzo de los mares y de las llanuras.
Cuando Dios procuraba compañía
ya te procuraba yo.

Yo te he llamado
cuando solamente sonaba la voz del viento.
Cuando el silencio llamaba por las palabras,
ya te llamaba yo.

Yo te he enamorado
cuando el amor era una hoja en blanco.
cuando la luna enamoraba las altas cumbres,
ya te enamoraba yo.

Siempre,
desde la nieve de los tiempos,
yo, en tu alma.»

 

           (El sueño sumergido 1954. Celso E. Ferreiro.)

 

 

…Mi chico obediente.

Mi chica servicial.

La más fiel de todas las fieles. La más sumisa de todas ellas.

La que siempre dice sí.

La maquillo, la visto, la dejo bien bonita.

Que se vea única y especial frente a todos los espejos. Como lo que es.

Y la saco a pasear.

Con su correa, con sus esposas en las manos. Porque no las necesita estando conmigo.

Un antifaz negro y rosa lleva su nombre en algún rincón de mi estudio, lo encuentro y ya es de ella, y así nos paseamos por Madrid en pleno invierno. Su lencería roja comprada especialmente para ese día. Encima, ropa de abrigo, eso no es negociable. Y la luzco en un parque bien grande.

Mi mascota. Mi sumisa. Mi obra de arte.

Paseamos entre árboles que nos saludan orgullosos ante tanta obediencia y devoción, los abrazamos. Las ardillas y algún perro curioso salen a nuestro encuentro también. Y así, la niebla se va disipando.

Mi chica de labios rojos y cinturón de castidad en el alma y en la piel no me va a decir que no a mi capricho de domingo. Y es que ella es así.

Así, como yo la construí.

Como él ya era.

El abrigo al suelo y ella atada en el árbol. Ataduras que durarán lo que yo necesite. El antifaz en sus ojos, que se derretirá en el momento justo. Un suspiro en sus labios. Y un:-«confía en mí «-en sus oídos.

Sonríe y la beso.

Le bajo el pantalón para que respire su piel.

Su sexo luchando por salir de la jaula de acero se enfurece cuando acerco mi boca a ella y soplo. Me observa, no la estoy mirando, pero lo sé. Acerco mi lengua. Se queda con las ganas de más. Acaricio el frío metal que oprime su deseo a flor de piel y mordisqueo su cuello.

-No vayas a moverte- le susurro. Y me voy.

Regreso en unos minutos y la encuentro acompañada. Un policía frente a ella la observa con incredulidad y deseo. No habla, solo mira.

-¿Quieres unirte?- le pregunto.

-¿Puedo?- me dice.

-Hoy, sí- añado.

Me sonríe con melodía de interrogación.

-Te cedo porque me perteneces- susurro a mi fiel sumisa.

Ella asiente algo agitada.

Saco la llave que abre la jaula de su impaciente castidad y mientras el policía se va arrodillando, compruebo que el antifaz sigue en su lugar.

-Toda tuya-le digo a modo de invitación.

Y se lanza con su boca de hambre atrasada. Les observo. Me deleito y podría alargar ese momento varias eternidades.

-Más fuerte- le indico. Como no capta bien mis indicaciones, sujeto la cabeza de cabello cobrizo y le guío sobre como han de ser los movimientos para que mi leal sumisa goce pero no termine. No aún.

Ella se remueve desde sus ataduras.

Musita algo parecido a un -«para, por favor».-

Ella sabe que no puede elegir ni decidir. «Más rápido»- le digo a nuestro invitado.

Cuando ya me he recreado suficiente y sin que ninguno explote sus ganas en mitad del parque, invierto los papeles. Mi sumisa se arrodilla, esta vez sin el antifaz y con el pantalón en el suelo. Está casi desnuda pese al frío, solo cubre su piel un body rojo y una bufanda roja también.

El policia prevé su placer y se relame.

Mi disciplinada chica se lo come con ansia y bulimia de décadas inconclusas.

-No te atragantes- le digo notando el fervor de sus movimientos.

-Y sobre todo hazle gritar de placer.-

Cada orden va directa a su hipotálamo como si del olor más sugerente se tratase y no quisiera dejarlo escapar. Para atraparlo por siempre en su memoria. Retenerlo y hacerse con él cuando lo necesitase.

Saca su lengua y se demora en los bordes rosáceos del eréctil miembro que frente a ella va creciendo hasta casi abarcar todo el parque, o así se le antoja ante sus ojos. Abre la boca salivando y lo engulle sin apenas usar sus manos.

Los observo. No hay publico. Mejor así -pienso.

Cuando el invitado de cabello rizado está al borde del delirio sujeto la cabeza de mi chica y ella para. El policía lleno de desconcierto y placer truncado me mira.

-Paciencia- le digo sin palabras.

Cierra los ojos y suspira.

Otro breve gesto en la cabeza de mi fiel esclava y remata el delirio que moría por cobrar vida entre los arboles de un parque cualquiera en un domingo invernal de Madrid. A chorros, a borbotones. Espeso. Blanco y radiante como la nieve que en algún punto del planeta estará cayendo ahora mismo.

-Traga y saborea todo-

Lo hace. Se relame y me mira.

Acaricio su cabello.

Sabe que estoy orgullosa de ella.

De él.

 

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Pronúnciame despacio.

Reunión importante en el Olimpo para celebrar el solsticio de invierno. Atenea hizo la convocatoria para reunirlas a todas, a sus intimas, a sus pérfidas y bellas cómplices y celebrar esa noche como ellas se merecían.

Llegó Gea con una hora de retraso  debido al caótico trafico de la ciudad, llegó y lo hizo enfundada en un delicioso vestido de látex recién adquirido en alguna urbe europea.

Corto y a la altura de sus muslos. Sin ropa interior, como de costumbre en ella y con unos zapatos de suela roja y tacón alto que llevaba en la mano para sentir mejor la calidez del suelo en sus delicados pies. Entró a la casa, descalza con las uñas de los pies rojas, a juego con sus gruesos labios.

Y en el salón de sofisticada decoración estaba Afrodita, envuelta en un perfume único a base de esencias y misterios varios, vestía de negro y oro, un traje de licra muy ceñido rozaba su cálida piel. Botas altas negras y esa sonrisa irreverente en su bello rostro de melena rojiza.

A su lado, su intima Atenea, tumbada en un sofá de cuero negro devorando la última adquisición literaria y fumando con tanta suavidad como solo ella sabía hacerlo.

Y tras Gea, apareció la rezagada Nyx, lucía un cat suit negro, amarrado a su cuerpo como si el tejido temiera dejar de tocarla y no volver a sentirla nunca más. Llevaba atada su rubia y rebelde cabellera en una coleta alta que hizo las delicias del resto de las diosas de melena al viento.

Gea se había encargado del catering, el más exquisito para sus hedonistas cómplices. De la música y otras ambrosiacas bebibles Afrodíta, y de la sorpresa más esperada, Atenea.

En mitad de la noche sonó el timbre y ahí estaba él. Dispuesto a satisfacerlas a todas el tiempo que ellas necesitaran y como ellas deseasen.

¿Por qué? Porque así lo quería Atenea, y con eso era más que suficiente.

Sin paréntesis.

Sin interrogantes.

Sin trincheras.

Con todo.

El esclavo en sí le pertenecía a ella, pero lo cedía siempre que lo consideraba oportuno. Y esa noche era más que oportuno.

Era necessário.

Deseado.

Planeado. Que las sorpresas estimulan, pero un buen plan permite disfrutar del ritual de la preparación con tanto deleite como del momento de la ejecución.

Algo tímido pasó, sabia que serían varias en la reunión, con lo que no contaba era con tanta belleza y despliegue de armas de seducción masiva. Su voz tembló cuando su dueña le preguntó el motivo de su tardanza.

Él titubeó.

Tosió. Se azoró.

Y  finalmente alcanzó a pronunciar palabra cuando ella le miró retadora.

-El trafico en Diciembre en esta ciudad es terrible, lo siento mucho.-

-Esta bien, vístete con la ropa que te dejé en el baño y prepárate para servirnos la cena. Necesitamos saborear algunas cositas, después ya pensaré cómo nos compensarás por esta falta.-

Todas llevaban una adornada máscara cubriendo parte de su rostro, era parte del juego y de la noche. Cuando el esclavo estuvo preparado con su ropa elegantemente elegida por su dueña se presentó ante ellas, arrodillado y dispuesto a obedecer. Dispuso según lo ordenado todos los manjares en una bandeja dorada sobre una mesa baja.

-Prefiero otro tipo de mesa- murmuró Atenea sonriente.

Él supo como debía colocarse, finalmente llevaba años al servicio de su dueña.

Dispusieron el sushi y otros caprichos invernales sobre su espalda y a él le cubrieron con una capucha de cuero con las aberturas estrictamente necesarias

-Buen semental, Atenea, atractivo, educado y servicial, te felicito querida.-comento Gea sonrientemente impresionada .

Atenea acercó sus labios a los de su amiga y la besó en señal de agradecimiento. 

Pasó un intervalo de tiempo indefinido cuando Afrodita le preguntó muy atentamente si tenía algo de hambre, él modestamente dijo que no, pero al insistirle acabo admitiendo que sí, entonces ella le ofreció su pie de perfectas uñas rosas. Lo introdujo en su boca mientras Atenea comprobaba que su postura permanecía erguida, si en algún momento él flaqueaba, ella misma le enderezaría con la fusta que en todo momento la acompañaba.

Como ella solía decir: «El mejor amigo de una mujer es una buena fusta.»

Su dueña sabía que aguantaría perfectamente la postura pues en su adiestramiento había conseguido que aguantara varias horas en la misma posición sin moverse ni quejarse. Sin embargo esta situación era nueva para él.

El primer golpe para corregirle  dolió, más moralmente que físicamente y a pesar de que ni se quejó ni dejó de adorar el pie que ocupaba su boca, sí se movió ligeramente y estuvo a punto de perder el equilibrio, peligrando la bandeja que descansaba sobre su espalda.

Todas comentaron divertidas que ese control que hizo que en el último momento la bandeja no se cayera al suelo le había librado de un castigo bastante severo. Un castigo que se habría sumado al inicial por su retraso injustificado e imperdonable.

Tensó el cuerpo y concentró todos sus sentidos en la tarea de ser una mesa perfecta mientras su boca adoraba el pie que se le ofrecía mientras notaba como el deseo corría por las arterias de las calles sin nombre.

Lentamente las diosas fueron disfrutando la cena, de vez en cuando le preguntaban si tenía hambre y él agradecía la pregunta para después responder que sí, momento en el cual su boca era poseída por uno de los bellos pies de alguna de ellas para que lo besara y lo adorara.

Su lengua trazó los perfiles de cada uno de aquellos suaves pies, los recorrió sediento, hasta que  Atenea, siempre pendiente de él, decidía hidratarle con su dulce saliva. Entonces ella recogía su cabello, levantaba el rostro de él, le miraba atentamente y le ordenaba que abriera su boca. El lo hacia ansioso. Ella casi rozaba sus labios con los de él, pudiendo atrapar su delicado perfume y como a cámara lenta le iba nutriendo y en cada gota, un pequeño éxtasis para él. Y en cada partícula de vida que ella le regalaba, más crecía su devoción hacia su dueña. Su ADN se multiplicaba por mil veces el nombre de ella. Agonía y muerte. Vida y volver a renacer después.

La cena terminó. La noche se prolongaba. El limbo eternizado en la piel del esclavo.

Ven, sígueme.- Atenea le ató una correa al collar metalizado que adornaba su cuello y le guió hacia una sala de baño perfectamente ambientada. Luces tenues, música de fondo y un gran jacuzzi listo que aguardaba la entrada de las bellas ninfas. Atenea le ató al toallero mientras ellas se desvestían.

Le cubrió los ojos, y ellas fueron deshaciéndose de sus atuendos con ayuda mutua. Gea, desvestía a Nyx. Sus uñas largas a veces se enredaban en la blanca piel de su amiga, ella sonreía y la ayudaba en la tarea. Entonces Afrodita se acercaba y rozaba los senos de Gea, Atenea las observaba y en el instante menos esperado y más deseado mordisqueaba los pezones de Gea. Gea entonces se deleitaba en la escena mientras comenzaba a navegar en la espalda de su amiga, y bajando llegaba a sus nalgas perfectamente dibujadas, las agarraba con delicadeza. A intervalos de fuerza. Ella gemía pidiendo más. Mientras, el fiel esclavo solo podía escuchar y adivinar la escena.

Ellas casi podían sentir como se iba agitando la respiración de él, disfrutando así por tan lenta y dulce agonía.

Se sumergieron en el agua burbujeante. El jacuzzi era redondo y grande. Cabían perfectamente las cuatro y habría entrado igualmente una quinta persona, pero eso aún no era una opción para él.

Se embadurnaron de geles, espumas y ambrosías.

Se tocaron.

Se rozaron.

Se profundizaron.

Se gozaron.

Se besaron.

Extasiadas rieron.

Bromearon. 

Él las escuchaba. Gemidos. Risas. Cuchicheos. Placer acuoso. Chapoteos y más gemidos. 

Adivinaba la risa de su dueña, inconfundible. Como cuando reía cerca de él y al hacerlo se paraba el mundo.

Deseos reprimidos. Esa era su condición. Aguardar. Conformarse. Agradecer. Ser.

Y ser para servir. Y disfrutar en la entrega.

Varios delirios después desearon salir y Atenea se adelantó. Desató al esclavo, le quitó el antifaz y le ordenó que las secara. Una a una.

Eso hizo.

Comenzando por los pies, las piernas, suavemente fue secando la humedad que escondían entre sus muslos, apenas se atrevía a rozar su sexo, pero Atenea le dio permiso y eso fue haciendo con todas. Sus nalgas, sus vientres, sus senos.

Gea entonces, se sentó en el jacuzzi abrió las piernas y le indicó que no la había secado bien. Él se esforzó en el intento.

-Así no- le regañó molesta.

-Con el calor de tu lengua.

Afrodita le quitó la capucha para que fuera más ágil en sus movimientos y él se dispuso a obedecer.

Cuchicheos. Risas. Una trama en el aire. Un castigo pendiente. Unas ganas de más. Siempre más.

Atenea le azotó mientras satisfacía a su amiga.

-Esfuérzate, esclavo, después deberás hacer lo mismo con nosotras 3. Todas hemos de quedar muy complacidas.

Él tembló. De promesas de placer y de responsabilidad.

Las 3 se enfundaron con varios utensilios, fustas, látigos y varas, por si en algún momento debían corregir algún mal ademán de él. 

Desnudas y sentadas en linea sobre el jacuzzi, abrieron sus piernas y aguardaron deseosas de sentir esa lengua tan perfectamente amaestrada.

Mientras esperaban su turno se iban acariciando entre ellas, sin dejar ningún placer en el aire, enlazaban sus lenguas en sus senos, sus dedos infinitos en los muslos algo húmedos aún. Las ganas con el deseo. La lujuria con la gula…

Y como el tiempo en el Olimpo es irreverente, esa noche especial aún sigue siendo esta noche…

 

 

 

 

«Yo confieso que no recordaba haberla amado nunca en lo pasado, tan locamente como aquella noche…»

(Sonata de Otoño. Valle-Inclán)

 

 

 

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