Ah, el sórdido y viscoso templo de lo humano.(I)

Un día cualquiera sale usted a la calle, un coche se para a su lado y su vida ya no vuelve a ser la misma.

Así comienza la historia de mi último súbdito.

Llevaba tiempo observando su caminar desde la ventana de mi despacho. Atractivo, alto y esa ligera barba adornando su rostro. Vestía de negro, lucía una gorra que le daba un toque de lo más personal. Gafas de sol y unos andares que ni el felino mas sofisticado de la sabana.

Tengo imaginación y recursos, así que no lo dilaté demasiado en el espacio tiempo.

A los pocos días parte de mi séquito femenino se encargó de la operación.

Salieron a la calle enfundadas en un catsuit negro de latex, zapatos de tacón y carmín rojo. Cogieron el coche que les indiqué, un Audi ultimo modelo. Muy adecuado para la ocasión. Fueron las 3, Elsa la pelirroja más obediente que he conocido, Lina, mi esclava más antigua y Berta de ojos claros y melena rubia al viento.

La misión estaba clara, todo debía salir según lo convenido por mí. Ellas harían todo lo posible para que así fuera. Yo sabía a qué hora pasaba por aquella calle tan poco concurrida, normalmente iba solo así que no debía suceder ningún inconveniente en el pequeño secuestro.

A la hora esperada mis chicas estaban aguardando dentro del coche, cuando le vieron, desplegaron todo el dispositivo, a la par que sus armas de seducción masiva. Berta bajó del coche, hizo el papel de rubia despistada, le preguntó por no sé que calle y cuando él con toda su amabilidad se dispuso a ayudarla, mis otras dos chicas bajaron prestas. Una le puso un antifaz en los ojos y la otra le esposó las manos con dulzura y firmeza.

-Metete en el coche, te llevamos a un lugar muy especial.- le susurró Berta al asustado desconocido.

Él no forcejeó, tampoco hubiese podido. El encanto de mis sumisas actuó justo como yo esperaba.

Qué lejos estaba de entender que acababa de tropezar con la luz de su destino.

Situado en la parte trasera junto a Lina y Elsa, aguardó en silencio hasta que su impaciencia se desató y comenzó el revuelo de preguntas.

-¿Qué es esto? –

-¿Dónde me lleváis?-

-Creo que os equivocáis de persona- sus dudas y su ansiedad iban oscureciendo el ambiente más de lo deseado.

Menos mal, que para eso también había un plan. Ellas sabían cómo debían actuar para relajarle.

-Todo está perfectamente controlado-le susurró Elsa mientras le iba mordisqueando la oreja. Entonces, Lina llevo sus manos de uñas afiladas a la entrepierna del atractivo secuestrado. Palpó su sexo, le bajo suavemente la cremallera del pantalón oscuro y comprobó que pese a su inquietud, la excitación iba increscendo.

Y allí estaba él. Dividido entre el instinto de escapar y el deseo de rendirse.

Esto me gusta Elsa, mira que dura está- comentaba entre pequeñas risas a su compañera.

Le quitaron el antifaz. Ellas comenzaron a comerse la boca. Literalmente. En un principio fueron los besos mezclando carmines y olores a jazmín, pasados unos segundos sus bocas quisieron saciar la sed de varias vidas pasadas a juzgar por el ansia con la que se devoraban ante la atónita mirada de mi secuestrado de turno. Las manos de ambas no se retiraron en ningún momento de la entrepierna de él.

Miedo y deseo.

Tensión en su cuerpo. Los ojos hirviendo. Comenzaba a entender que no tenía más opción que ir hasta el fondo de lo que fuera que le iba a ocurrir en ese día.

Respiró.

Las lenguas enlazadas de las chicas se acercaron a su boca entreabierta.

-Mejor así- murmuraba para sí la conductora.

En una perfecta anatomía del placer, las lenguas se dispusieron a bailar en una armoniosa triada.

Un fallo en el aire, al querer movilizar sus manos, mi rehén se lastimó una muñeca. Elsa aflojó las esposas.

-Quítamelas, por favor-murmuró él, en un intento de que el lenguaje crease realidades.

Elsa le miró. El discurso estaba dicho.

Para equilibrar rudezas Lina desabrochó el ajustado traje de la pelirroja dejando al descubierto su exuberante pecho que lucia libre y desnudo. Elsa suspiró.

El deseo corriendo por las arterias de las calles sin nombre.

Las manos se convirtieron en labios, los pezones de Lina agradecieron inmediatamente la carnosidad de esa boca que tanto conocía.

-Ahora tú- sonrió incitando al atractivo reo.

Y donde un día hubo nervios e interrogantes, ahora fluía la intención. El instante.

Su boca sumergida en el jardín de las delicias de esos pechos que le tenían preso, esposado sin derecho a replica, sin saber qué sería de él.

Se escurría entre ellos, se diluía. Como el tiempo. Ninguno de los 3 seguramente se dieron cuenta de los 75 minutos que habían transcurrido entre euforias de abismos y manos desordenadas.

-Hemos llegado- dijo la conductora cortando el aliento al invitado del asiento de atrás.

El antifaz regresó a su rostro.

La oscuridad y esperar.

La oscuridad y olvidar.

(…continuará)

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En lo efímero hay algo mágico, profundo y eterno.

«La humillación, el dolor y el placer son maneras de llegar a un conocimiento y sabiduría diferentes…»

Le llame por la mañana, quería verle por la tarde, así que llegó en la madrugada.

Una complicación laboral, se excusó sonriendo mientras me obsequiaba unas hermosas orquídeas blancas.

Era un día especial, todos lo son, pero hoy más aún.

Más.

Aún.

Le aguardé en lencería, si hubiera llegado antes me hubiera encontrado con un bonito vestido corto verde, unas sandalias negras y la misma ropa interior que ahora mismo cubría mi dorada piel.

Negra con encaje, pequeñita, de manera que solo cubría lo necesario. Medias altas con ligueros y mis sandalias de 8 cm preferidas. Iba maquillada suavemente para la ocasión. Labios rojos y la melena suelta. Los rizos caían con delicada cadencia sobre mi cuello y hombros, el aire cálido de la noche se mostraba tierno y turbio. Todas las posibilidades confabulando a mi favor.

Se alegró al verme. Su mente comenzó a ir a mil revoluciones por minuto, pude sentirlo.

Fui a por una botella de vino mientras él me aguardaba en el salón de amplios ventanales. El reflejo de la luna llena iluminaba la estancia, apenas necesité mas luz que esa. Igualmente encendí una pequeña vela blanca.

Nina Simone de fondo y junto al fondo, él, que seguro presumía intuir qué es lo que le depararía esta noche.

Pero las cosas no siempre son lo que parecen, el azar es caprichoso y yo más aún.

Bebió de mis labios un suntuoso vino espumoso, ni rozó la copa. Todo liquido que entrase en su garganta sería exclusivamente a través de mi boca.

Según diluía el manjar fui desanudándole. La camisa abierta, el pantalón desabrochado y mis dedos retirando su ropa interior de mis pertenencias. Su cuerpo me pertenecería esta noche, por lo que su polla, totalmente erecta ya, también sería mía.

Me agaché, mis tacones sujetaban mis intenciones. Lleve mi húmeda lengua a su miembro y en apenas unos suaves roces, creció aún más. Ardía, se movía inquieto mientras mis labios lo atrapaba y enjaulaba por momentos indefinidos de placer licuado.

En su imaginación, atisbos de lo que vendría.

En mis planes, la sorpresa de lo inesperado.

Me pegué a su espalda, besé su cuello y lo fui llevando contra la pared con sus manos apoyadas. Se dejaba hacer.

Le susurré- me muero por sentirte.-

Quiso darse la vuelta, se lo impedí agarrándole las manos bien fuerte.

Las estrategias del placer son tan diversas como mi imaginación.

Su virilidad se impacientaba. La misma que deseaba invadirme, es la que iba a ser penetrada, vencida, aniquilada y llevada al éxtasis.

Cogí un arnés de tamaño mediano, me retiré la lencería y lo introduje dentro de mí. Era uno de esos arneses dobles, mis preferidos. Lo ajusté a mis caderas, un poco de lubricante y un azote en sus nalgas.

Eso deseé desde que le vi entrar por la puerta con su retraso a cuestas.

Azotarle. Someterle.

-Abre las piernas- le susurré con lentitud al oido.

Suspiró.

Mi tierno complice se mostraba ante mí perverso y abierto a mis variados vicios.

Mordí su cuello, acaricié sus nalgas y con la misma suavidad que firmeza me introduje en él.

Se lo hice lento.

Fuerte.

-Me vas a sacar la leche y las lágrimas- me dijo.

Cambié el ritmo mientras mis manos acariciaban su húmeda polla.

-Quien ha conocido estos estados de éxtasis jamás vuelve a ser el de antes, no lo olvides.- Le dije regalándole las últimas embestidas.

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What best serves you, serves the world.

Deseaba hacer ese viaje, casi tanto como sentir los rayos del sol abrazando su pálida piel cada mañana desde la terraza.

Pero jugaba a demorarse. Semanas, meses y cuando ya lo tenía medio olvidado por otras urgencias que no prioridades surgió la oportunidad.

Una oferta. El momento perfecto. El destino ansiado y el guía ideal.

Y ahí estaba ella en el aeropuerto vestida con su vestido negro ajustado, sus botas altas y lencería de estreno. Nuevo sueño, nuevo tanga, solía repetirse a sí misma. El corazón muriendo por llegar y aún no había ni embarcado.

Horas.

Muchas.

Aterrizada. Ilusionada.

El guia llegó puntual. La esperaba y no hizo falta preguntar, ella supo que era él. Apenas unas palabras, sonrisas y dispuesta para la aventura que comenzaría en el siguiente amanecer.

Una ruta por aquellas montañas tan inmensas. Jamás había visto un conglomerado de aves tan diferentes en tan breve espacio de tiempo. Jamás tanto colorido de flores y frutas, allí, dispuestos para sus ojos.

Iba enfundada en unos legins, una camiseta blanca pegada a sus curvas y una coleta poniendo orden en su desbaratada cabellera rubia. La sonrisa junto al carmín rojo, unas deportivas blancas y ya estaba lista para todo.

Apenas iban 2 personas más junto a ella y el guía. El sol alumbraba uno de los amaneceres más bellos que sus azules ojos habían podido ver. Todo era color y olor en aquel paraje natural tan exótico como erótico. Y es que la belleza es así, te envuelve en un halo de misterio, dando paso a un fuerte embrujo hipnotizante con tintes de seducción y ese dejarse fluir y ya veremos después.

Observadora ella, expresivo él. Como en el aeropuerto, no hizo falta muchas más palabras para captarse mutuamente.

Caminaron varias horas, en un momento dado el cansancio hizo mella en los pies de los aventureros, ella se sentó en una roca. El guía la observaba. Ella le hizo un gesto firme y dulce. Tan firme como un «ven aquí y arrodíllate», tan dulce como «retira mis deportivas y masajea mis doloridos pies».

Sorprendido y entregado no tardó ni medio segundo en ejecutar su orden gestual. Acarició los dedos de sus pies de uñas rojas como queriendo retirar cualquier molestia a golpe de suavidad y devoción.

Suficiente-dijo ella complacida. Let’s go!

Siguieron atravesando ríos, sobrevolando piedras resbaladizas, dejándose sorprender por las gamas de diferentes verdes, por los sonidos de los colibríes, tucanes, carpinteros. El timbre de aquella musicalidad iba envolviendo los sentidos de los caminantes, extasiados y agotados al mismo tiempo.

En un momento dado ella resbaló al querer sortear una escurridiza piedra y el guía no llegó a tiempo para agarrarla. Se disculpó. Ella quiso hacerle ver lo importante que para ella era el sentirse segura en una aventura así.

Cuando el resto de los caminantes estaban un poco aislados, ella sacó algo de su escueta mochila. Él la miraba expectante. Sacó un collar de acero y en un sutil gesto se lo colocó en el cuello del atractivo guía. Del collar colgaba una correa metálica.

A partir de ahora yo te guiaré y no al revés- a pesar de la sonrisa que dibujaron sus labios, su voz sonaba sobria y firme.

Ella iba delante y él la seguía unos pasos atrás a merced de la correa que se esforzaba por hacerle perder por momentos la orientación.

La visión le gustó a pesar de todo, podía contemplar sus bellas nalgas de legins negros moverse a un ritmo embriagador. Frenó. El tiempo se detuvo.

Incertidumbre. No sabia que vendría ahora. Un guía desorientado, que graciosa contradicción para alguien que presumía de tener normalmente todo bajo control.

Un guía con los sentidos a flor de piel. El aire olía a morbo y a obediencia. A sumisión. A entrega.

Ella le invitó a acercarse a un cedro de gran altura. Lo hizo sin plantearse más opciones. Ella saco de la mochila unas cuerdas.

La miró sorprendido.

Sorprendido y entregado.

Es por tu bien- dijo ella en un tono seductor y convincente. Has de saber lo importante que es para mí como te dije antes la seguridad. Quiero que reflexiones sobre ello mientras me ausento.

Y allí le dejó, atado al árbol, con los ojos vendados y el sonido de varias aves revoloteando en su extasiada cabeza.

Vuelve pronto- susurró él sin que ella, lejos ya, pudiera escucharle.

El tiempo pasó.

Un tiempo indefinido y caprichoso.

Ella regresó. Segura. Perversa. Firme.

Volvió a sacar algo de la mochila blanca. Un vibrador de gran potencia pese a su reducido tamaño.

Disfruta el sufrimiento-le susurró al oido dulcemente.

Bajó el pantalón deportivo del guía, su ropa interior y sin retirarle el antifaz comenzó a acariciar su erecto miembro con el artilugio.

Abrió la boca sorprendido. Se le escapó un gemido de precoz placer. Ella iba regalando y retirando el aparato a su antojo en una suerte de vaivenes placenteros o todo lo contrario. Le hablaba al oido para prolongar más aún la angustia de no poder tocarla, verla.

Le gustaba alargar la tortura, llegar al limite de lo soportable y parar. Cuando él pensaba que podría terminar y derretirse allí mismo, el universo se paraba y con él su esperanza. Ella entonces volvía al ataque y así en innumerables ocasiones.

¿Vas a adelantarte a mis tropiezos a partir de ahora?- le preguntaba mientras mordía los pezones de él.

Por supuesto- contestó él con total convicción.

El placer se acercaba. La tortura continuaba y él solo deseaba observarla. Ella se adelantó y le devolvió la visión y ahí estaba ella en ropa interior. De color negro. Sujetador de encaje y un bonito tanga brasileño que favorecía sus contorneados glúteos.

La visión enmudeció los sentidos del guía. Descalza y medio desnuda no perdía ni un ápice de perversidad.

De severidad.

Ella aceleró la velocidad del juguete. Los ojos de él se perdieron en algún punto inconcreto del cuerpo de ella. El viento comenzó a soplar fuerte, ella retiro su coleta como para atraparlo con su cabello dorado. El sol abrasaba el acalorado cuerpo del guía maní atado. Los sonidos comenzaron a mezclarse en sus sientes, el agua del rio, el viento y su fuerza, los susurros de ella, las aves, los arboles y sus ramas bailando al ritmo de su respiración.

Solo por hoy-le dijo ella mientras mordía con fuerza su cuello.

Aceleró al máximo el vibrador. El guía hizo un gesto de «por favor no puedo más».

Ella supo que era el momento ideal.

Ahora sí. Córrete para mí- le ordenó.

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Un sueño muy lúcido.

Ella quiso regalarle algo muy especial por su cumpleaños. 38 años no se cumplían todos los días.

Aprovechó su ultimo viaje a U.K. para hacerse con deliciosas maldades que tal vez compartiría con él cuando llegase el momento adecuado, si llegaba. Pero esto sí, estas gafas de realidad especial eran exclusivas para él.

¿En qué consistían? El dueño de las mismas, previo registro de datos y huellas dactilares, podría programar sus sueños y una vez conseguido convertirlos en lúcidos, o sea sería consciente de que estaba soñando, estaría viviendo una realidad diferente cargada de las más deliciosas fantasías, fetiches y perversiones variadas. Podría hacer y deshacer a su antojo. Lo mejor, al despertar recordaría todo lo vivido en el sueño.

¿Por qué pensó que le gustaría este detalle a su chico? Porque él era fanático de estos temas, hace poco había realizado unos cursos sobre viajes astrales y casi a diario intentaba hacer prácticas nocturnas para conseguir auto explorarse y explorar de modos diferentes.

Llegó el día. Ella tenía guardia esa noche, por lo que no vería como comenzaba a usar las gafas.

Le besó, le deseó buen viaje astral y con todas las sonrisas del mundo en su rostro, cerró la puerta.

Él no tardó en adentrarse en el mundo nocturno con su inquietante regalo . Se acostó casi desnudo, un bóxer y poco más. Las 2 fundas nórdicas que cubrían la cama calentarían su cuerpo en este pre invierno madrileño.

Cuando ella llegó sobre las 7 de la mañana, él aún dormía.

Marta estaba agotada pero pudo más su curiosidad. Lo que no le había comentado a él, era la otra característica de este juguete, una segunda persona sin consentimiento de la primera podría ver e incluso participar en el último sueño del susodicho soñante.

Voyeaur que es una-pensó. Y sin más se desnudó. Apenas se dejó un tanga de encaje gris. La melena rubia calló sobre los almohadones negros y las sábanas que olían al perfume de él, la atraparon. El resto fue rendición. Se dejó sumergir en las profundidades de lo posible.

…Se encontraba en la calle, frente a un sex shop bastante sofisticado a juzgar por el escaparate. Pareciera que estuviese especializado en muñecos y muñecas de silicona, o en partes anatómicas con una reproducción de lo más exacta a la realidad.

Nada más entrar vio una suerte de medios cuerpos femeninos de silicona de lo más explícitos que parecían dispuestos para su uso sin previo aviso. Situados como en linea, en varios colores, tamaños y formas. A la izquierda varios miembros masculinos de silicona también de lo más variado por tamaño, grosor, color, posición.

La tienda estaba vacía, la luz era tenue y de fondo adivinó una sutil melodía de Billy Joel.

Se adentró a otro espacio separado por una especie de cortina casi transparente.

Lo que vio le pareció entre erótico, decadente y alternativo.

A la derecha cuerpos reales sustituían a los de silicona de hacía un momento. Varias mujeres desnudas, situadas en diferentes posiciones y listas para ser disfrutadas. La primera que observó estaba a cuatro patas desnuda, con zapatos de gran tacón negros y el cabello rojo y largo cubriendo casi toda la espalda. La siguiente, se encontraba de rodillas con las manos detrás de la espalda, llevaba botas altas y negras de infinito tacón y la boca de labios rojos abierta como esperando algo o a alguien. La tercera estaba tumbada hacia arriba con las manos y pies sujetos por unas esposas metálicas. Y así hasta unas 10.

Increíble-pensó. Todas estaban con la mejor de sus sonrisas, maquilladas con delicadeza y en su mirada un: -Ven y disfrútame.

Ella quiso jugar de verdad. A la izquierda de la sala vio que había espacio suficiente para poner una hilera de hombres reales, también desnudos y dispuestos a satisfacer el apetito de cualquier mujer u hombre que se acercara por el local. Así que, aprovechando que en eso consistía este regalo compartido, lo deseó y en menos de 2 segundos ahí estaban. 10 hombres de diferentes edades y características, desnudos, expuestos, que sin hablar gritaban con su cuerpo: -Ven, úsame a tu antojo.-

Comenzó a excitarse. No sabia si por la hilera de la derecha o por la de la izquierda. Deseó ver al dueño de la tienda.

Ya mismo.

Y ahí estaba su pareja.

¿Sorprendida?- le preguntó.

Ardiendo- le contestó ella.

-Necesito tomarte ya. Necesito sentirte dentro, no puedo aguantar más.- apenas alcanzaba a pronunciar estas palabras mientras le acariciaba las ganas con ardor de años de espera.

Mario se abalanzó sobre su cuerpo casi desnudo, le arrebató el mismo tanga gris con el que se había ido a la cama y la tumbó en el suelo. Los maniquís humanos parecieron excitarse ante tal imagen, inmóviles e inertes en sus posiciones iniciales respiraban agitados, algunos gemían. Ella abrió sus piernas dejando sus pies de uñas rojas sobre la espalda de su chico para que no se le escapara. Ansiaba tenerle dentro galopando, buscándola, encontrándola, perdiéndola de nuevo y volviendo a su inmensidad.

-¿A quien tengo en verdad entre mis muslos?- sintió ella mientras se aferraba a sus embestidas.

Él empujaba fuerte sin miedo a romperla, ella gritó mientras sujetaba su cabello rizado.

No pares- le pidió ella, mientras observó por un momento a esos 20 maniquíes sudando placer por cada poro de sus estáticos cuerpos.

-Vamos, lléname-le suplicó Marta, tiritando de puro éxtasis.

Y derramó sus ganas y su fuerza dentro de ella en un grito que se mezcló con el timbre de la inoportuna puerta.

El horario comercial empezaba y él debía atender a sus clientes.

Ella quedó en el suelo, agitada, conmovida mientras Mario, con la ropa aún a medio poner se disponía a abrir la puerta.

Hola Marta! ¿Qué haces por aquí?-

Era ella, su chica totalmente vestida y perfumada. ¿La misma que había dejado en el suelo hace unos segundos?

«Las novedades ocurren en las intersecciones»

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Madrid.

Queridos navegantes:

Nueva y última temporada: desde el día 15 de este mes de noviembre estaré disponible en una nueva ubicación.

Ganas de veros y recordad:

-Sesiones Fetich. Pies, calzado, latex, cuero, ropa, lencería.

-Sesiones de Dominación erótica con un enfoque tántrico. Sensation play.

-Sesiones Clasic BDSM con niveles: iniciación_medio_alto. Ajustándome a tus necesidades y siempre con mi toque personal cargado de creatividad, erotismo y experiencia.

-Sesiones Sado medical. (Entre otras cosas he estudiado TCAE, solo tienes que fluir y confiar.)

Prácticas:

Cross dressing.

Goddess worship.

Sissy play.

Cosificación.

Infantilización.

Animalización. (Pony roller, etc)

Castidad.

Bisexualidad forzada.

Dominación 24*7.

Encierros.

Lluvia dorada.

Spitting.

Momificación parcial o total.

Exhibición exterior.

Erotic humiliation con diferentes escenarios.

Ruined orgasm

Teast and Denial.

Post torture.

Dilatación uretral.

Agujas. Pinzas. Juguetes eróticos.

Strappon.

Dominación física_ mental.

Bondage.

Spanking.

Nipple play.

Breath play.

Fetiches: Ropa, látex, cuero, lencería, medias, calzado.

Fetichismo de pies.

Privación sensorial.

Juegos de frio-calor.

Inmovilizaciones.

Electroestimulación.

Role play.

Etc.

Para sesiones físicas o virtuales, podéis contactarme por mail o teléfono.

PD:

Lo siento, pero no puedo tener sesiones contigo si no considero que puedo aportar en tu evolución y crecimiento dentro del mundo BDSM. Tras el primer contacto telefónico y posterior cuestionario escrito, seguro que ambos seremos conscientes de si la sesión se dará o no.

¿Ready to surrender?

Compórtate, o te ataré con lo que sobra.

Tumbada, desnuda sobre mi cama y sintiendo como el sol intentaba prolongarse en mi piel tuve una urgencia. Una sed que comenzó a invadir cada centímetro de la habitación, y el sol, mi amado sol dejó por un instante de ser el protagonista.

Voy a hacer un casting-pensé.

Un casting de esclavos, claro que sí. Fotografiaré a los elegidos, comprobaré en qué pueden ser buenos y útiles para mí. Me quedaré solo con los mejores y desecharé al resto. Voy a ponerles a prueba, tentarles, retarles.

La simple idea de convocarles y comenzar con las entrevistas me excitó.

Comprobaré quién es el que mejor satisface mis necesidades más intimas, quien puede organizar mi lencería con más detalle, o quien limpia mis zapatos con las manos, incluso con la lengua. Usaré sus cuerpos para mi comodidad. Seleccionaré al mejor esclavo que sea capaz de transformarse en un cómodo sillón en menos de un segundo, y quien dice sillón dice un cómodo reposapiés.

O una suave y mullida alfombra. Incluso un elegante y estático perchero donde colgar mis ideas y mis sombreros.

Según iba imaginando las escenas, mi desnudez hablaba sola, se mecía al ritmo de mi respiración cada vez más agitada. Y el sol, ese leal sol iba proyectando toda su lascivia sobre mí.

Vamos, dánzame lento- susurré al astro-aunque esta noche me consagre a la luna, en este instante soy toda tuya.

Y entonces mi imaginación siguió en un derroche de interrogantes e imágenes sin fin.

¿Quién será el que mejor lama suavemente los dedos de mis pies cuando regrese agotada del gimnasio?

¿Quién sustituirá mi clase de hípica cuando no pueda acudir y se transforme en un obediente poney de melena cobriza?

Y después de un cálido y espumoso baño caliente, quien será el que seque mi piel con tanta delicadeza como precisión?

O cuándo tan solo quiera un vino a medias, ¿qué boca abarcará el resto del líquido que de mis labios se irá deslizando?

El placer de la incognita…

Copyright©L.S.21

Un noviembre para cambiar de luna.

Hoy amaneció con rumor de dioses en el ambiente y con ganas de poseer el don de la ubicuidad.

Invoqué a Chronos y allí estaba él. Lo recibí con la mejor de mis sonrisas.

Deseo concedido.

En noviembre regreso a Madrid.

Tuve que montármelo con él sobre la alfombra, claro. No fue agradecimiento, me pudo la curiosidad.

Después, más vuelos en su moto, a través del tiempo y los continentes.

Privilegios de dioses.…

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Caprichos.

Una necesidad, un encargo.

Un encargo, un pedido o un que sé yo y ahí estaban ellos, los fabulosos mensajeros a prueba de las inclemencias del tiempo.

Y de todos ellos, mi preferido. Un carioca de sonrisa eterna y mirada despistada. 

La última vez que llamó al timbre me pilló recién levantada, una camiseta de tirantes blanca y un breve pantalón a juego que tapaba lo justo y necesario como para parecer que llevaba algo de ropa.

Le abrí descalza, con el pelo revuelto y el café en la mano.

Sonrió, me dio los buenos días y me entregó mi pedido.

-No te esperaba hoy, creí que llegaba mañana el encargo.- le dije, aunque en verdad le estaba diciendo:

-No te esperaba, pero bienvenido eres, llames cuando llames.-

En cuanto cerré la puerta ya me las estaba ingeniando para volver a la fuente de los deseos y realizar otro encargo.

Para la siguiente ocasión también se presentó antes de lo acordado según los mensajes recibidos de la empresa.

Y ahí estaba yo, jugando con mi doncella particular. La estaba adiestrando en el arte del pulido de tacones. Ella llevaba un uniforme de trabajo negro cortito, con delantal blanco y una cofia a juego. Sonrisa en la boca y sumisión en su entrega.

Yo iba con lencería negra. Hacia calor y no quería más tela de la necesaria en mi piel. Un bonito body negro de encaje, abierto en la espalda, descalza y el pelo recogido en un moño alto.

El sobresalto del timbre me hizo pensar en mi vecina, hacia días que me insistía en quedar para tomar un café que había traído de su último viaje. 

Abrí la puerta convencida de su presencia, cuando el cuerpo carioca de camiseta ajustada me sorprendió.

El gesto de la entrega como puro formulismo, el no saber que decir después de la consecución de su misión.

El tiempo cayendo gota a gota. 

Sortilegio de seducción.

Pasaron silencios, mundos sin forma. Y ahí estábamos, en pié, mirándonos, sin decir nada. La palabra exacta, ¿donde está cuando se la necesita?.

El crujir de los minutos avivando la imprudencia.

-¿Quieres tomar algo frio?-he tenido salidas más originales, pero fueron las silabas que acerté a pronunciar.

Y pasó. Traspasó la puerta dejando un halo de tremendo perfume que sacudió mis feromonas instantáneamente.

Podría haberle ofrecido yo el vaso de agua, pero para eso estaba mi doncella. La llamé.

Maquillada, perfumada y cuidadosamente peinada apareció en escena con ese aire  andrógino en sus movimientos.

Bebió el agua.

Sonrió más relajadamente abriendo un mundo de posibilidades  a mi imaginación.

-¿Quieres jugar a un juego donde yo pongo las reglas?- le susurré acercándome a él.

-Te quiero a ti encima de mí- contestó, deshaciendo rubores.

-Eso tendrás si te lo ganas- le contesté, ya con total seguridad.

Hice un guiño a mi doncella, ella ya sabía lo que tenía que hacer.

Trajo un largo pañuelo negro de seda.

Me situé detrás del mensajero de vaquero explosivo y mientras iba envolviéndome en el olor que desprendía su nuca le fui vendando los ojos con suavidad y firmeza.

No se negó.

Más bien sonrió complacido, con la seguridad que da el saberse ya casi ganador de un juego cargado de infinitos.

-Antes de que tus labios me rocen, quiero comprobar como besas.- le dije.

Situé a mi doncella frente a su boca.

-Bésala- le indiqué.

Rumor de dioses en el aire. 

Un viento de quietud y deleite inmortalizaron ese instante.

-Suficiente-y pararon.

-Quiero besarte a ti- me dijo.

Preludio de intenciones.

-Ya he visto como baila tu lengua en otra boca, necesito comprobar como lo hace sobre la piel. Arrodíllate.

Mi fiel Georgine, que es más doncello que doncella estaba entrenada para esto y para mucho más. Aunque su físico después de los retoques resulta un poco andrógino, aún no sé si este galán de mirada oculta se percató de ello.

-Arodillate, quiero que des placer a mi sirvienta. Si me gusta como lo haces, tal vez después…tu boca…la mía…tu lengua.-

Y lo hizo.

Me gusta ver como un desconocido se torna en  intimo y moldeable compañero de dulces perversiones. La conexión convertida en magia.

Georgine se aproximó a su boca entre abierta, subió su vestidito corto, bajó el tanga negro y sacó su excitado miembro. 

Mi mensajero preferido entendió enseguida que debía abrir más su boca. Tragó saliva. Respiro y en un acto de valentía comenzó a comerse literalmente el miembro masculino que tal vez hoy, inauguraba su boca .

Deleite de los sentidos.

Orgia visual.

La noche latiendo en mis venas.

Voy a congelar las agujas del tiempo en este instante para profundizar en estos movimientos que ni las olas del mar podrían igualar.

Suficiente.

-Ahora quiero ver como te excitas para mí, como mantienes la llama y no te dejas vencer por ella.-

Suspiró.

Georgine sabia lo que tenía que hacer. Eran años ya de fiel adiestramiento. Se arrodilló frente  al brasileño de vaqueros visiblemente abultados.

Botones fuera, pantalón al suelo y la sorpresa de un miembro tan crecido como agradecido.

Movimientos lentos y suaves al principio, yo iba dirigiendo el ritmo con mis manos sobre la peluca negra de mi doncella. Marcaba la cadencia y  la intensidad conforme mis dedos se movían de un modo u otro.

Cuando lo estimaba conveniente un gesto mío servía para parar el deleite. Entonces el carioca hacia una mueca con su boca. Mezcla de alivio y de rabia.

Volvíamos a la noria sensorial de placeres y retiradas a tiempo.

Me acerqué al musculado trasero del aún sin nombre mensajero. Agarrándolo con fuerza le susurré:

-Qué bien estás haciendo todo.-

-Quiero sentirte- me respondió bajito.

Acaricié sus pectorales, su cuello. Introduje mis dedos en su  boca mientras Georgine seguía engullendo su enorme miembro.

-Aguanta, hazlo por mí.-Volví a susurrarle.

El momento del éxtasis define tanto a una persona, sus movimientos, sus gestos, sus gritos. La mirada. Las palabras…

Quise comprobar como era al romperse de placer fuera de mi.

-Y ahora, te me vas a ir justo cuando yo te lo diga- le indiqué besándolo con ganas  vestidas de  azul.

El ritmo de Georgine aumentó mecido por mis dedos, yo seguía apretando las nalgas del brasileño y como el tiempo solo tiene la realidad del instante, susurré a mi doncella:

-Abre bien la boca, déjate inundar.-

Y regalando una palmada bien fuerte en el trasero del mensajero pronuncié las palabras más deseadas para él en ese momento.

-Ahora, córrete para mí.-

Refinamiento último.

Perversión máxima.

Delirios de espuma blanca.

Aullidos de venas abiertas….

¿Qué si me gustó?

Lo habría devorado ahí mismo.

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“Cogí la oscuridad bebiendo de tu copa.

Cogí la oscuridad bebiendo de tu copa.

Dije: ¿ es contagioso?

Tú dijiste: Bébetela de un trago”

Siempre acabamos llegando a donde nos esperan.

Añoraba los paseos por aquellas largas avenidas  repletas de edificios de oficinas y de parques inabarcables. Deseaba volver a casa, a ese olor afrodisiaco que le regalaba la ciudad en pre otoño. Al asfalto, al rugir de las motos bajo sus tacones.

Cogió aire, cerró los ojos y allí estaba, en uno de sus rincones preferidos.

Quiso andar, llenarse de las sensaciones que la ciudad le iba regalando a modo de tórrido recibimiento.

Casi había olvidado como era subir en el metro , se olvidó del coche y tomó el metro ligero que estaba más cerca.

Subió al vagón. Sonrió. Vio alguna cara conocida. 

Se acomodó.

Cruzó sus piernas de vaqueros cortos y sandalias planas y se dispuso a escuchar su iPod. 

Le vio entrar. Le reconoció enseguida. Su memoria fotográfica era inmejorable.

Desde hacia meses él la seguía en instagram, su perfil era elegante con bonitas fotos de viajes y deportes que solía practicar.

Él últimamente se había armado de valor y en un acto de auto inmolación se atrevió a escribirla, no solo eso, si no que fue confesándola alguna, de sus de momento, imposibles fantasías eróticas. 

¿Fantasías?

Si solo fueran fantasías, podría dormir tranquilo por las noches, llamarían a su puerta de vez en cuando, aguardarían pacientemente su turno y cuando se sintiesen derrotadas se marcharían, sin más. Esto era algo más. Eran necesidades, era su esencia pidiendo a gritos salir, cobrar vida, ver mundo.

Él la escribía mensajes en su instagram, ella le contestó en pocas ocasiones aunque siempre le leía.

-Deseo ser tuyo.-

-Úsame.-

-Utilízame.-

-Humíllame.-

-Hazme saber a quien pertenezco.-

-Mándame.-

-Deseo lamerte. Entera. Llenarme de tu olor.-

-Imagino tus pies desnudos en mi boca. –

-Me muero por beberte.

Cositas así y otras mucho más detalladas.

Ella sonreía cada vez que las leía.

Sabia que eran casi vecinos por alguna de las imágenes que él había colgado. Normal que en algún momento, en algún centímetro cuadrado del universo acabaran coincidiendo, por necesidades o no, de un destino caprichoso, ávido de morbo y juego.

Yo juego . 

Tú juegas. Jugamos los dos.

Sigilosa, se puso sus gafas negras, se retocó el carmín rojo de los labios y se dirigió a su encuentro sin que él se diera apenas cuenta de la brisa que acompañaban sus pasos.

El estaba de pié haciendo que leía un periódico. En un lento y armonioso movimiento se  situó detrás.

-Arrodíllate frente a mi ahora mismo y besa los dedos de mis pies.-

Él se dio la vuelta.

Sorprendido. Inquieto. Excitado. Titubeó.

-Es una orden- reforzó ella en tono dulce y directo.

Lo hizo.

A ella le gustó. 

Le acarició el cabello como señal de aprobación.

Sin vergüenza, sin temor, sin pereza. Con devoción. Con obediencia. Tal y como a ella le gustaba.

Su cálida lengua repleta de interrogantes y erecciones comenzó a recorrer sus dedos de uñas rojas y sandalias aún veraniegas.

Instantes indefinidos y confusos después, ella le contuvo con otro gesto en su cabello y él supo que debía parar.

Elevó con sus manos el rostro de él y le preguntó:

-¿Verdad que deseas obedecerme?-

Asintió sin atreverse apenas a mirarla a los ojos, que para aquel entonces ya no se ocultaban tras las gafas de sol.

Ella no le preguntó, no hizo falta. Estaba segura de que él sabia. No fueron necesarias las presentaciones. Ni oportunas.

Ella humedeció alguno de los dedos de su mano derecha, de también alargadas uñas rojas, los untó del delicioso néctar de su saliva y se los ofreció a él. 

Arrodillado aún, los acogió con ansia y hambre atrasada.

Uno a uno los fue introduciendo en su boca de gruesos labios.

Primero uno, luego otro, después dos a la vez, tres…así hasta abarcar su boca entera.

-Buen chico- le susurraba ella a intervalos inconcretos.

Cuando se sintió casi saciada paró, se dirigió hacía su rostro y le besó. Se volvió a elevar y le ordenó que abriera su boca.

Ella le quiso ofrecer su último regalo antes de bajarse del vagón.

Gota a gota fueron cayendo alientos de una dulce saliva que él supo atrapar y saborear. Cuando ella frenaba el ritmo, él aguardaba con su boca abierta y paciencia aparente. Entonces ella volvía mientras sonreía satisfecha y orgullosa de su comportamiento.

-Y ahora sigue leyendo, puedes ponerte de pié ya.-

El quiso preguntarla, hablarla, agradecerla, pero ella desapareció con la misma rapidez y sigilo con el que había llegado.

Las puertas del vagón se abrieron. Demasiada gente en movimiento. Demasiado ruido. No pudo despedirse ni verla.

Al llegar a su casa comenzó a preguntarse si no lo habría imaginado en una suerte de micro sueño mientras intentaba leer el periódico en aquel vagón 

en una tarde cualquiera de finales de verano.

Privilegios de penumbra.

Se miró de casualidad en el espejo y comprobó que una sutil mancha de carmín aún lucia en su boca.

Respiró aliviado.

Tan aliviado como excitado.

Tan excitado como exhausto.

Tan él como nunca.

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“Serás quien yo quiera.

Haré de ti un ornamento de mi emoción puesta donde yo quiero,

 y como quiero, dentro de mi.

Contigo no tienes nada. 

No eres nadie, porque no eres consciente;

apenas vives...

La crueldad del dolor-gozar y sufrir,

por gozar la propia personalidad consubstanciada con el dolor.

El último refugio sincero del ansia de vivir y de la sed de gozar.”

( F. Pessoa)

Y a ti, ¿quien te mueve el piso?

A mi me lo mueve él con su voz crepuscular y seca, repleta de noches y de excesos, pidiéndome una vez más de rodillas que regrese pronto, que el mar me tiene cada noche y que él apenas puede ya recordar como era el sonido de mis tacones sobre su piel. Se remueve bajo su larga cabellera rubia, se desnuda desde su allí y me invita a bailar.

Le explico que el romance entre el océano y yo es una historia kármica convertida en leyenda ya. Que cuando él duerme o tumba los bares, yo me sumerjo desnuda en el agua bajo el manto protector de la luna, que me dejo mecer por las olas y que el aire de la madrugada azul acaricia mis pechos, casi tan bien como lo hacia él entre mis sábanas.

Me pregunta entonces si sus humedades blancas ya no me llenan tanto como la espuma del mar.

Respiro lento. Puedo oler su perfume desde este aquí.

Intento dibujarle con palabras como es salir del agua bajo la complicidad de las estrellas, mientras la arena y las piedras flirtean con mis pies de uñas rojas con tanta dedicación como lo hacía él cuando después de lamérmelos, le ordenaba que siguiera con sus manos. Y lo hacía. Minutos, horas o eternidades.

Y mi calor, ¿no lo extrañas? -insiste y demanda.

Vuelvo a respirar bajo la atenta mirada de gaviotas de vuelo inquieto.

¿Como imaginarme huérfana del abrazo del sol en mi piel mojada cuando el rayo aún es ligero, cuando apenas roza en un simulacro de caricia?. Cuando preveo el ardor del después y me retiro a tiempo. O no.

Deshacerme de la ropa, abandonarme al viento, al sol, al rumor del agua. Dejarme acariciar por todos a la vez mientras me sostiene la tierra para que no caiga borracha de tanto placer en manos de cualquier desconocido que no entienda de oleajes, ninfas y sealkies.

Mi ración de vicio está cubierta, pienso. Me lo monto con el mar cada noche, desde mi balcón lo observo, lanzo mi trenza para que trepe a mi lecho, o bajo yo desprovista de telas a su arrullo. Y me mete la lengua hasta las profundidades de mi oscuro deseo. Chorreo entre sus aguas. Nubes de misterio me penetran. Poseer es ser poseído-me susurran.

Y solo existe ese momento y este ahora.

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«...Tú eres del sexo de las fomas soñadas, del sexo nulo de las figuras.

Mero perfil a veces, mera actitud otras veces, otras gesto lento apenas. Eres momentos, actitudes espiritualizadas en las mías. Ninguna fascinación del sexo se subentiende en mi soñarte, bajo tu veste vaga de Madonna de los silencios interiores.

Pura, solo tú, señora de los sueños, que yo puedo concebir amante sin concebir mancha, porque eres irreal.

¿Como no adorarte si sólo tú eres adorable?¿Como no amarte si sólo tú eres digna del amor?

Quien sabe si soñándote yo no te creo, real en otra realidad; si no irás mía allí, en un distinto y puro mundo donde sin cuerpo táctil nos amemos con otra manera de abrazos y otras actitudes esenciales de posesiones.

Sé el día eterno y que mis ponientes sean rayos de tu sol, poseídos en ti.

Sé el crepúsculo invisible y que mis ansias y desasosiegos sean las tintas de tu indecisión, las sombras de tu incerteza

(El libro del desasosiego. Pessoa)