La rendición (III)

…Pasaron semanas desde su llegada a mi santuario cuando por fin, no solo entendió su destino, si no que comenzó a amarlo.

La vida en el haren no era difícil, solo exigente. Todo debía estar a mi gusto. Mis deseos colmados y todas y cada una de mis necesidades cubiertas, de cualquier ámbito y en cualquier materia. Aquí podría surgir la complicación para un solo esclavo, por eso contaba desde hacia días con 11. El número ideal.

La primera semana de aprendizaje fue dura para el novato, suele ocurrir, por eso durmió 7 noches seguidas encerrado en la jaula, como aún así necesitó más disciplina las mañanas se las pasó encadenado y desnudo dentro de la mullida jaula negra. De vez en cuando yo pasaba a vigilarle, a cuidarle, a mimarle. Le ofrecía mis pies descalzos de uñas rojas para que los besara. Le regalaba agua y otras deliciosas bebidas directamente de mi boca. Él las acogía con ansia y gratitud.

Comió de mis manos cuando yo consideré que tenía hambre y mis sumisas limpiaron su boca momentos después. Deliciosos manjares cubrían mi mesa y no quise que nada le faltara a pesar de su encierro.

Su ansia en lugar de apaciguarse iba in crescendo. Le dije que tenía que ser paciente en todo momento.

-Recibes lo que esperas, cuando dejas de esperar.- Le susurré mientras me agachaba, acariciando los barrotes de acero. Busque sus gruesos labios, los mordisqueé. Me gustó. Lo besé. Sabía tan rico. Mezcla de deseo y desespero.

Me gustaban todas sus formas de mirarme, sin duda era uno de mis esclavos más atractivos.

Quería ver cómo se movía en la intimidad antes de catarle, así que avise a una de mis chicas.

Se preparó según mis indicaciones. Con tiempo. Dispuesta a buscar el delirio y la locura de mi novato.

Un baño repleto de esencias y aceites, perfume de jazmín. La maquillaron, la peinaron, y con la piel desnuda y descalza se presento ante mí. La cubrí con unas telas transparentes, recogí su larga cabellera rubia y cuando estuvo perfecta la dirigí hacia el enjaulado.

Volví a agacharme en busca de su rostro y mirándole a sus ojos oscuros de infinitas pestañas le dije: -Demuéstrale a ella como te gustaría poseerme a mi.- Le cubrí de saliva para que me retuviera en su boca un tiempo indefinido más y abrí el cerrojo que le aislaba del exterior.

Desnudo, excitado. Su piel sonreía, seguramente sus músculos también. Volvía a ponerse en pié después de varios días de encierro.

Le sonreí y me alejé dispuesta a observarle sin que él pudiera verme.

…(continuará)

«Sans douloir le plaisir est moins vit.

Patiente, patiente.»

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What best serves you, serves the world.

Deseaba hacer ese viaje, casi tanto como sentir los rayos del sol abrazando su pálida piel cada mañana desde la terraza.

Pero jugaba a demorarse. Semanas, meses y cuando ya lo tenía medio olvidado por otras urgencias que no prioridades surgió la oportunidad.

Una oferta. El momento perfecto. El destino ansiado y el guía ideal.

Y ahí estaba ella en el aeropuerto vestida con su vestido negro ajustado, sus botas altas y lencería de estreno. Nuevo sueño, nuevo tanga, solía repetirse a sí misma. El corazón muriendo por llegar y aún no había ni embarcado.

Horas.

Muchas.

Aterrizada. Ilusionada.

El guia llegó puntual. La esperaba y no hizo falta preguntar, ella supo que era él. Apenas unas palabras, sonrisas y dispuesta para la aventura que comenzaría en el siguiente amanecer.

Una ruta por aquellas montañas tan inmensas. Jamás había visto un conglomerado de aves tan diferentes en tan breve espacio de tiempo. Jamás tanto colorido de flores y frutas, allí, dispuestos para sus ojos.

Iba enfundada en unos legins, una camiseta blanca pegada a sus curvas y una coleta poniendo orden en su desbaratada cabellera rubia. La sonrisa junto al carmín rojo, unas deportivas blancas y ya estaba lista para todo.

Apenas iban 2 personas más junto a ella y el guía. El sol alumbraba uno de los amaneceres más bellos que sus azules ojos habían podido ver. Todo era color y olor en aquel paraje natural tan exótico como erótico. Y es que la belleza es así, te envuelve en un halo de misterio, dando paso a un fuerte embrujo hipnotizante con tintes de seducción y ese dejarse fluir y ya veremos después.

Observadora ella, expresivo él. Como en el aeropuerto, no hizo falta muchas más palabras para captarse mutuamente.

Caminaron varias horas, en un momento dado el cansancio hizo mella en los pies de los aventureros, ella se sentó en una roca. El guía la observaba. Ella le hizo un gesto firme y dulce. Tan firme como un «ven aquí y arrodíllate», tan dulce como «retira mis deportivas y masajea mis doloridos pies».

Sorprendido y entregado no tardó ni medio segundo en ejecutar su orden gestual. Acarició los dedos de sus pies de uñas rojas como queriendo retirar cualquier molestia a golpe de suavidad y devoción.

Suficiente-dijo ella complacida. Let’s go!

Siguieron atravesando ríos, sobrevolando piedras resbaladizas, dejándose sorprender por las gamas de diferentes verdes, por los sonidos de los colibríes, tucanes, carpinteros. El timbre de aquella musicalidad iba envolviendo los sentidos de los caminantes, extasiados y agotados al mismo tiempo.

En un momento dado ella resbaló al querer sortear una escurridiza piedra y el guía no llegó a tiempo para agarrarla. Se disculpó. Ella quiso hacerle ver lo importante que para ella era el sentirse segura en una aventura así.

Cuando el resto de los caminantes estaban un poco aislados, ella sacó algo de su escueta mochila. Él la miraba expectante. Sacó un collar de acero y en un sutil gesto se lo colocó en el cuello del atractivo guía. Del collar colgaba una correa metálica.

A partir de ahora yo te guiaré y no al revés- a pesar de la sonrisa que dibujaron sus labios, su voz sonaba sobria y firme.

Ella iba delante y él la seguía unos pasos atrás a merced de la correa que se esforzaba por hacerle perder por momentos la orientación.

La visión le gustó a pesar de todo, podía contemplar sus bellas nalgas de legins negros moverse a un ritmo embriagador. Frenó. El tiempo se detuvo.

Incertidumbre. No sabia que vendría ahora. Un guía desorientado, que graciosa contradicción para alguien que presumía de tener normalmente todo bajo control.

Un guía con los sentidos a flor de piel. El aire olía a morbo y a obediencia. A sumisión. A entrega.

Ella le invitó a acercarse a un cedro de gran altura. Lo hizo sin plantearse más opciones. Ella saco de la mochila unas cuerdas.

La miró sorprendido.

Sorprendido y entregado.

Es por tu bien- dijo ella en un tono seductor y convincente. Has de saber lo importante que es para mí como te dije antes la seguridad. Quiero que reflexiones sobre ello mientras me ausento.

Y allí le dejó, atado al árbol, con los ojos vendados y el sonido de varias aves revoloteando en su extasiada cabeza.

Vuelve pronto- susurró él sin que ella, lejos ya, pudiera escucharle.

El tiempo pasó.

Un tiempo indefinido y caprichoso.

Ella regresó. Segura. Perversa. Firme.

Volvió a sacar algo de la mochila blanca. Un vibrador de gran potencia pese a su reducido tamaño.

Disfruta el sufrimiento-le susurró al oido dulcemente.

Bajó el pantalón deportivo del guía, su ropa interior y sin retirarle el antifaz comenzó a acariciar su erecto miembro con el artilugio.

Abrió la boca sorprendido. Se le escapó un gemido de precoz placer. Ella iba regalando y retirando el aparato a su antojo en una suerte de vaivenes placenteros o todo lo contrario. Le hablaba al oido para prolongar más aún la angustia de no poder tocarla, verla.

Le gustaba alargar la tortura, llegar al limite de lo soportable y parar. Cuando él pensaba que podría terminar y derretirse allí mismo, el universo se paraba y con él su esperanza. Ella entonces volvía al ataque y así en innumerables ocasiones.

¿Vas a adelantarte a mis tropiezos a partir de ahora?- le preguntaba mientras mordía los pezones de él.

Por supuesto- contestó él con total convicción.

El placer se acercaba. La tortura continuaba y él solo deseaba observarla. Ella se adelantó y le devolvió la visión y ahí estaba ella en ropa interior. De color negro. Sujetador de encaje y un bonito tanga brasileño que favorecía sus contorneados glúteos.

La visión enmudeció los sentidos del guía. Descalza y medio desnuda no perdía ni un ápice de perversidad.

De severidad.

Ella aceleró la velocidad del juguete. Los ojos de él se perdieron en algún punto inconcreto del cuerpo de ella. El viento comenzó a soplar fuerte, ella retiro su coleta como para atraparlo con su cabello dorado. El sol abrasaba el acalorado cuerpo del guía maní atado. Los sonidos comenzaron a mezclarse en sus sientes, el agua del rio, el viento y su fuerza, los susurros de ella, las aves, los arboles y sus ramas bailando al ritmo de su respiración.

Solo por hoy-le dijo ella mientras mordía con fuerza su cuello.

Aceleró al máximo el vibrador. El guía hizo un gesto de «por favor no puedo más».

Ella supo que era el momento ideal.

Ahora sí. Córrete para mí- le ordenó.

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Un sueño muy lúcido.

Ella quiso regalarle algo muy especial por su cumpleaños. 38 años no se cumplían todos los días.

Aprovechó su ultimo viaje a U.K. para hacerse con deliciosas maldades que tal vez compartiría con él cuando llegase el momento adecuado, si llegaba. Pero esto sí, estas gafas de realidad especial eran exclusivas para él.

¿En qué consistían? El dueño de las mismas, previo registro de datos y huellas dactilares, podría programar sus sueños y una vez conseguido convertirlos en lúcidos, o sea sería consciente de que estaba soñando, estaría viviendo una realidad diferente cargada de las más deliciosas fantasías, fetiches y perversiones variadas. Podría hacer y deshacer a su antojo. Lo mejor, al despertar recordaría todo lo vivido en el sueño.

¿Por qué pensó que le gustaría este detalle a su chico? Porque él era fanático de estos temas, hace poco había realizado unos cursos sobre viajes astrales y casi a diario intentaba hacer prácticas nocturnas para conseguir auto explorarse y explorar de modos diferentes.

Llegó el día. Ella tenía guardia esa noche, por lo que no vería como comenzaba a usar las gafas.

Le besó, le deseó buen viaje astral y con todas las sonrisas del mundo en su rostro, cerró la puerta.

Él no tardó en adentrarse en el mundo nocturno con su inquietante regalo . Se acostó casi desnudo, un bóxer y poco más. Las 2 fundas nórdicas que cubrían la cama calentarían su cuerpo en este pre invierno madrileño.

Cuando ella llegó sobre las 7 de la mañana, él aún dormía.

Marta estaba agotada pero pudo más su curiosidad. Lo que no le había comentado a él, era la otra característica de este juguete, una segunda persona sin consentimiento de la primera podría ver e incluso participar en el último sueño del susodicho soñante.

Voyeaur que es una-pensó. Y sin más se desnudó. Apenas se dejó un tanga de encaje gris. La melena rubia calló sobre los almohadones negros y las sábanas que olían al perfume de él, la atraparon. El resto fue rendición. Se dejó sumergir en las profundidades de lo posible.

…Se encontraba en la calle, frente a un sex shop bastante sofisticado a juzgar por el escaparate. Pareciera que estuviese especializado en muñecos y muñecas de silicona, o en partes anatómicas con una reproducción de lo más exacta a la realidad.

Nada más entrar vio una suerte de medios cuerpos femeninos de silicona de lo más explícitos que parecían dispuestos para su uso sin previo aviso. Situados como en linea, en varios colores, tamaños y formas. A la izquierda varios miembros masculinos de silicona también de lo más variado por tamaño, grosor, color, posición.

La tienda estaba vacía, la luz era tenue y de fondo adivinó una sutil melodía de Billy Joel.

Se adentró a otro espacio separado por una especie de cortina casi transparente.

Lo que vio le pareció entre erótico, decadente y alternativo.

A la derecha cuerpos reales sustituían a los de silicona de hacía un momento. Varias mujeres desnudas, situadas en diferentes posiciones y listas para ser disfrutadas. La primera que observó estaba a cuatro patas desnuda, con zapatos de gran tacón negros y el cabello rojo y largo cubriendo casi toda la espalda. La siguiente, se encontraba de rodillas con las manos detrás de la espalda, llevaba botas altas y negras de infinito tacón y la boca de labios rojos abierta como esperando algo o a alguien. La tercera estaba tumbada hacia arriba con las manos y pies sujetos por unas esposas metálicas. Y así hasta unas 10.

Increíble-pensó. Todas estaban con la mejor de sus sonrisas, maquilladas con delicadeza y en su mirada un: -Ven y disfrútame.

Ella quiso jugar de verdad. A la izquierda de la sala vio que había espacio suficiente para poner una hilera de hombres reales, también desnudos y dispuestos a satisfacer el apetito de cualquier mujer u hombre que se acercara por el local. Así que, aprovechando que en eso consistía este regalo compartido, lo deseó y en menos de 2 segundos ahí estaban. 10 hombres de diferentes edades y características, desnudos, expuestos, que sin hablar gritaban con su cuerpo: -Ven, úsame a tu antojo.-

Comenzó a excitarse. No sabia si por la hilera de la derecha o por la de la izquierda. Deseó ver al dueño de la tienda.

Ya mismo.

Y ahí estaba su pareja.

¿Sorprendida?- le preguntó.

Ardiendo- le contestó ella.

-Necesito tomarte ya. Necesito sentirte dentro, no puedo aguantar más.- apenas alcanzaba a pronunciar estas palabras mientras le acariciaba las ganas con ardor de años de espera.

Mario se abalanzó sobre su cuerpo casi desnudo, le arrebató el mismo tanga gris con el que se había ido a la cama y la tumbó en el suelo. Los maniquís humanos parecieron excitarse ante tal imagen, inmóviles e inertes en sus posiciones iniciales respiraban agitados, algunos gemían. Ella abrió sus piernas dejando sus pies de uñas rojas sobre la espalda de su chico para que no se le escapara. Ansiaba tenerle dentro galopando, buscándola, encontrándola, perdiéndola de nuevo y volviendo a su inmensidad.

-¿A quien tengo en verdad entre mis muslos?- sintió ella mientras se aferraba a sus embestidas.

Él empujaba fuerte sin miedo a romperla, ella gritó mientras sujetaba su cabello rizado.

No pares- le pidió ella, mientras observó por un momento a esos 20 maniquíes sudando placer por cada poro de sus estáticos cuerpos.

-Vamos, lléname-le suplicó Marta, tiritando de puro éxtasis.

Y derramó sus ganas y su fuerza dentro de ella en un grito que se mezcló con el timbre de la inoportuna puerta.

El horario comercial empezaba y él debía atender a sus clientes.

Ella quedó en el suelo, agitada, conmovida mientras Mario, con la ropa aún a medio poner se disponía a abrir la puerta.

Hola Marta! ¿Qué haces por aquí?-

Era ella, su chica totalmente vestida y perfumada. ¿La misma que había dejado en el suelo hace unos segundos?

«Las novedades ocurren en las intersecciones»

Copyright©L.S.2021

Madrid.

Queridos navegantes:

Nueva y última temporada: desde el día 15 de este mes de noviembre estaré disponible en una nueva ubicación.

Ganas de veros y recordad:

-Sesiones Fetich. Pies, calzado, latex, cuero, ropa, lencería.

-Sesiones de Dominación erótica con un enfoque tántrico. Sensation play.

-Sesiones Clasic BDSM con niveles: iniciación_medio_alto. Ajustándome a tus necesidades y siempre con mi toque personal cargado de creatividad, erotismo y experiencia.

-Sesiones Sado medical. (Entre otras cosas he estudiado TCAE, solo tienes que fluir y confiar.)

Prácticas:

Cross dressing.

Goddess worship.

Sissy play.

Cosificación.

Infantilización.

Animalización. (Pony roller, etc)

Castidad.

Bisexualidad forzada.

Dominación 24*7.

Encierros.

Lluvia dorada.

Spitting.

Momificación parcial o total.

Exhibición exterior.

Erotic humiliation con diferentes escenarios.

Ruined orgasm

Teast and Denial.

Post torture.

Dilatación uretral.

Agujas. Pinzas. Juguetes eróticos.

Strappon.

Dominación física_ mental.

Bondage.

Spanking.

Nipple play.

Breath play.

Fetiches: Ropa, látex, cuero, lencería, medias, calzado.

Fetichismo de pies.

Privación sensorial.

Juegos de frio-calor.

Inmovilizaciones.

Electroestimulación.

Role play.

Etc.

Para sesiones físicas o virtuales, podéis contactarme por mail o teléfono.

PD:

Lo siento, pero no puedo tener sesiones contigo si no considero que puedo aportar en tu evolución y crecimiento dentro del mundo BDSM. Tras el primer contacto telefónico y posterior cuestionario escrito, seguro que ambos seremos conscientes de si la sesión se dará o no.

¿Ready to surrender?

Como es adentro es afuera.

A veces es el sol quien me quema. En invierno también, que si no está me lo invento.

A veces la luna, me desnuda y me dejo abrazar, pero en otras ocasiones es ver la impaciencia en sus ojos lo que me arde.

Dentro.

Fuera.

-Esta noche duermes bajo mis pies- le dije.

Y así fue. Desnudo con su correa correspondiente en el cuello vigiló mis sueños con la devoción que ya preveía.

Horas antes de dirigirme a mi cálida cama, le até y allí se quedó esperando. Que el carácter se forma en la espera y en las tardes de domingo, dijo alguien, algún día, en algún momento de inspiración.

Cuando Morfeo comenzaba a susurrarme deliciosas obscenidades me dispuse a reunirme con él. Me desnudé lentamente frente al espejo. Esta vez le permití observarme. Generosa que es una, a veces.

Ya sin ropa que me rozara la noche, me cubrí con mi aceite especial. Dulcemente comencé por los pies, fui subiendo por las piernas, mis caderas comenzaron a reclamar atención y ahí me deleité observándome en el espejo que colgaba vertical al lado de la cama. Más aceite en mis pechos, en los brazos, en los hombros. 2 gotas de perfume para seducir aún más al dios del sueño y antes de meterme dentro y fundirme con la cálida funda nórdica de plumón, le permití que me besara los pies.

Abrió su boca ansiosa y casi devora mi pulgar.

-Suave- le indiqué tirando de la correa.

Se aplicó. Tampoco tenía alternativa.

Un dedo dentro de su desesperada boca, dos, tres, cuatro, fue algo así como follarle la boca como mi delicado pie. Agilicé el ritmo, lo sacaba y lo introducía a mi antojo.

Dentro y profundo. Fuera y dentro otra vez. Su lengua se derretía de ganas al verlo desde la pequeña distancia de apenas centímetros. Lo acercaba y cuando apenas podía rozarlo se lo retiraba otra vez,

Excitado. Erecto. Inquieto. Pedía más con su mirada, pero su impaciencia hacía crecer mi sadismo.

-C’esto tout- le dije.

Y así fue.

Tenía una cita con alguien en sueños y eso nunca fue negociable.

«Lo terrible es algo que necesita nuestro amor»

(Rilkei)

Copyright©2016-20L.S.

Haz lo que nunca has hecho y verás lo que nunca has visto.

«Yo en tí
Yo te he buscado
cuando el mundo era una piedra intacta.
Cuando la cosas buscaban sus nombres,
ya te buscaba yo.

Yo te he procurado.
en el comienzo de los mares y de las llanuras.
Cuando Dios procuraba compañía
ya te procuraba yo.

Yo te he llamado
cuando solamente sonaba la voz del viento.
Cuando el silencio llamaba por las palabras,
ya te llamaba yo.

Yo te he enamorado
cuando el amor era una hoja en blanco.
cuando la luna enamoraba las altas cumbres,
ya te enamoraba yo.

Siempre,
desde la nieve de los tiempos,
yo, en tu alma.»

 

           (El sueño sumergido 1954. Celso E. Ferreiro.)

 

 

…Mi chico obediente.

Mi chica servicial.

La más fiel de todas las fieles. La más sumisa de todas ellas.

La que siempre dice sí.

La maquillo, la visto, la dejo bien bonita.

Que se vea única y especial frente a todos los espejos. Como lo que es.

Y la saco a pasear.

Con su correa, con sus esposas en las manos. Porque no las necesita estando conmigo.

Un antifaz negro y rosa lleva su nombre en algún rincón de mi estudio, lo encuentro y ya es de ella, y así nos paseamos por Madrid en pleno invierno. Su lencería roja comprada especialmente para ese día. Encima, ropa de abrigo, eso no es negociable. Y la luzco en un parque bien grande.

Mi mascota. Mi sumisa. Mi obra de arte.

Paseamos entre árboles que nos saludan orgullosos ante tanta obediencia y devoción, los abrazamos. Las ardillas y algún perro curioso salen a nuestro encuentro también. Y así, la niebla se va disipando.

Mi chica de labios rojos y cinturón de castidad en el alma y en la piel no me va a decir que no a mi capricho de domingo. Y es que ella es así.

Así, como yo la construí.

Como él ya era.

El abrigo al suelo y ella atada en el árbol. Ataduras que durarán lo que yo necesite. El antifaz en sus ojos, que se derretirá en el momento justo. Un suspiro en sus labios. Y un:-«confía en mí «-en sus oídos.

Sonríe y la beso.

Le bajo el pantalón para que respire su piel.

Su sexo luchando por salir de la jaula de acero se enfurece cuando acerco mi boca a ella y soplo. Me observa, no la estoy mirando, pero lo sé. Acerco mi lengua. Se queda con las ganas de más. Acaricio el frío metal que oprime su deseo a flor de piel y mordisqueo su cuello.

-No vayas a moverte- le susurro. Y me voy.

Regreso en unos minutos y la encuentro acompañada. Un policía frente a ella la observa con incredulidad y deseo. No habla, solo mira.

-¿Quieres unirte?- le pregunto.

-¿Puedo?- me dice.

-Hoy, sí- añado.

Me sonríe con melodía de interrogación.

-Te cedo porque me perteneces- susurro a mi fiel sumisa.

Ella asiente algo agitada.

Saco la llave que abre la jaula de su impaciente castidad y mientras el policía se va arrodillando, compruebo que el antifaz sigue en su lugar.

-Toda tuya-le digo a modo de invitación.

Y se lanza con su boca de hambre atrasada. Les observo. Me deleito y podría alargar ese momento varias eternidades.

-Más fuerte- le indico. Como no capta bien mis indicaciones, sujeto la cabeza de cabello cobrizo y le guío sobre como han de ser los movimientos para que mi leal sumisa goce pero no termine. No aún.

Ella se remueve desde sus ataduras.

Musita algo parecido a un -«para, por favor».-

Ella sabe que no puede elegir ni decidir. «Más rápido»- le digo a nuestro invitado.

Cuando ya me he recreado suficiente y sin que ninguno explote sus ganas en mitad del parque, invierto los papeles. Mi sumisa se arrodilla, esta vez sin el antifaz y con el pantalón en el suelo. Está casi desnuda pese al frío, solo cubre su piel un body rojo y una bufanda roja también.

El policia prevé su placer y se relame.

Mi disciplinada chica se lo come con ansia y bulimia de décadas inconclusas.

-No te atragantes- le digo notando el fervor de sus movimientos.

-Y sobre todo hazle gritar de placer.-

Cada orden va directa a su hipotálamo como si del olor más sugerente se tratase y no quisiera dejarlo escapar. Para atraparlo por siempre en su memoria. Retenerlo y hacerse con él cuando lo necesitase.

Saca su lengua y se demora en los bordes rosáceos del eréctil miembro que frente a ella va creciendo hasta casi abarcar todo el parque, o así se le antoja ante sus ojos. Abre la boca salivando y lo engulle sin apenas usar sus manos.

Los observo. No hay publico. Mejor así -pienso.

Cuando el invitado de cabello rizado está al borde del delirio sujeto la cabeza de mi chica y ella para. El policía lleno de desconcierto y placer truncado me mira.

-Paciencia- le digo sin palabras.

Cierra los ojos y suspira.

Otro breve gesto en la cabeza de mi fiel esclava y remata el delirio que moría por cobrar vida entre los arboles de un parque cualquiera en un domingo invernal de Madrid. A chorros, a borbotones. Espeso. Blanco y radiante como la nieve que en algún punto del planeta estará cayendo ahora mismo.

-Traga y saborea todo-

Lo hace. Se relame y me mira.

Acaricio su cabello.

Sabe que estoy orgullosa de ella.

De él.

 

Copyright©2016-20L.S.

 

 

Pronúnciame despacio.

Reunión importante en el Olimpo para celebrar el solsticio de invierno. Atenea hizo la convocatoria para reunirlas a todas, a sus intimas, a sus pérfidas y bellas cómplices y celebrar esa noche como ellas se merecían.

Llegó Gea con una hora de retraso  debido al caótico trafico de la ciudad, llegó y lo hizo enfundada en un delicioso vestido de látex recién adquirido en alguna urbe europea.

Corto y a la altura de sus muslos. Sin ropa interior, como de costumbre en ella y con unos zapatos de suela roja y tacón alto que llevaba en la mano para sentir mejor la calidez del suelo en sus delicados pies. Entró a la casa, descalza con las uñas de los pies rojas, a juego con sus gruesos labios.

Y en el salón de sofisticada decoración estaba Afrodita, envuelta en un perfume único a base de esencias y misterios varios, vestía de negro y oro, un traje de licra muy ceñido rozaba su cálida piel. Botas altas negras y esa sonrisa irreverente en su bello rostro de melena rojiza.

A su lado, su intima Atenea, tumbada en un sofá de cuero negro devorando la última adquisición literaria y fumando con tanta suavidad como solo ella sabía hacerlo.

Y tras Gea, apareció la rezagada Nyx, lucía un cat suit negro, amarrado a su cuerpo como si el tejido temiera dejar de tocarla y no volver a sentirla nunca más. Llevaba atada su rubia y rebelde cabellera en una coleta alta que hizo las delicias del resto de las diosas de melena al viento.

Gea se había encargado del catering, el más exquisito para sus hedonistas cómplices. De la música y otras ambrosiacas bebibles Afrodíta, y de la sorpresa más esperada, Atenea.

En mitad de la noche sonó el timbre y ahí estaba él. Dispuesto a satisfacerlas a todas el tiempo que ellas necesitaran y como ellas deseasen.

¿Por qué? Porque así lo quería Atenea, y con eso era más que suficiente.

Sin paréntesis.

Sin interrogantes.

Sin trincheras.

Con todo.

El esclavo en sí le pertenecía a ella, pero lo cedía siempre que lo consideraba oportuno. Y esa noche era más que oportuno.

Era necessário.

Deseado.

Planeado. Que las sorpresas estimulan, pero un buen plan permite disfrutar del ritual de la preparación con tanto deleite como del momento de la ejecución.

Algo tímido pasó, sabia que serían varias en la reunión, con lo que no contaba era con tanta belleza y despliegue de armas de seducción masiva. Su voz tembló cuando su dueña le preguntó el motivo de su tardanza.

Él titubeó.

Tosió. Se azoró.

Y  finalmente alcanzó a pronunciar palabra cuando ella le miró retadora.

-El trafico en Diciembre en esta ciudad es terrible, lo siento mucho.-

-Esta bien, vístete con la ropa que te dejé en el baño y prepárate para servirnos la cena. Necesitamos saborear algunas cositas, después ya pensaré cómo nos compensarás por esta falta.-

Todas llevaban una adornada máscara cubriendo parte de su rostro, era parte del juego y de la noche. Cuando el esclavo estuvo preparado con su ropa elegantemente elegida por su dueña se presentó ante ellas, arrodillado y dispuesto a obedecer. Dispuso según lo ordenado todos los manjares en una bandeja dorada sobre una mesa baja.

-Prefiero otro tipo de mesa- murmuró Atenea sonriente.

Él supo como debía colocarse, finalmente llevaba años al servicio de su dueña.

Dispusieron el sushi y otros caprichos invernales sobre su espalda y a él le cubrieron con una capucha de cuero con las aberturas estrictamente necesarias

-Buen semental, Atenea, atractivo, educado y servicial, te felicito querida.-comento Gea sonrientemente impresionada .

Atenea acercó sus labios a los de su amiga y la besó en señal de agradecimiento. 

Pasó un intervalo de tiempo indefinido cuando Afrodita le preguntó muy atentamente si tenía algo de hambre, él modestamente dijo que no, pero al insistirle acabo admitiendo que sí, entonces ella le ofreció su pie de perfectas uñas rosas. Lo introdujo en su boca mientras Atenea comprobaba que su postura permanecía erguida, si en algún momento él flaqueaba, ella misma le enderezaría con la fusta que en todo momento la acompañaba.

Como ella solía decir: «El mejor amigo de una mujer es una buena fusta.»

Su dueña sabía que aguantaría perfectamente la postura pues en su adiestramiento había conseguido que aguantara varias horas en la misma posición sin moverse ni quejarse. Sin embargo esta situación era nueva para él.

El primer golpe para corregirle  dolió, más moralmente que físicamente y a pesar de que ni se quejó ni dejó de adorar el pie que ocupaba su boca, sí se movió ligeramente y estuvo a punto de perder el equilibrio, peligrando la bandeja que descansaba sobre su espalda.

Todas comentaron divertidas que ese control que hizo que en el último momento la bandeja no se cayera al suelo le había librado de un castigo bastante severo. Un castigo que se habría sumado al inicial por su retraso injustificado e imperdonable.

Tensó el cuerpo y concentró todos sus sentidos en la tarea de ser una mesa perfecta mientras su boca adoraba el pie que se le ofrecía mientras notaba como el deseo corría por las arterias de las calles sin nombre.

Lentamente las diosas fueron disfrutando la cena, de vez en cuando le preguntaban si tenía hambre y él agradecía la pregunta para después responder que sí, momento en el cual su boca era poseída por uno de los bellos pies de alguna de ellas para que lo besara y lo adorara.

Su lengua trazó los perfiles de cada uno de aquellos suaves pies, los recorrió sediento, hasta que  Atenea, siempre pendiente de él, decidía hidratarle con su dulce saliva. Entonces ella recogía su cabello, levantaba el rostro de él, le miraba atentamente y le ordenaba que abriera su boca. El lo hacia ansioso. Ella casi rozaba sus labios con los de él, pudiendo atrapar su delicado perfume y como a cámara lenta le iba nutriendo y en cada gota, un pequeño éxtasis para él. Y en cada partícula de vida que ella le regalaba, más crecía su devoción hacia su dueña. Su ADN se multiplicaba por mil veces el nombre de ella. Agonía y muerte. Vida y volver a renacer después.

La cena terminó. La noche se prolongaba. El limbo eternizado en la piel del esclavo.

Ven, sígueme.- Atenea le ató una correa al collar metalizado que adornaba su cuello y le guió hacia una sala de baño perfectamente ambientada. Luces tenues, música de fondo y un gran jacuzzi listo que aguardaba la entrada de las bellas ninfas. Atenea le ató al toallero mientras ellas se desvestían.

Le cubrió los ojos, y ellas fueron deshaciéndose de sus atuendos con ayuda mutua. Gea, desvestía a Nyx. Sus uñas largas a veces se enredaban en la blanca piel de su amiga, ella sonreía y la ayudaba en la tarea. Entonces Afrodita se acercaba y rozaba los senos de Gea, Atenea las observaba y en el instante menos esperado y más deseado mordisqueaba los pezones de Gea. Gea entonces se deleitaba en la escena mientras comenzaba a navegar en la espalda de su amiga, y bajando llegaba a sus nalgas perfectamente dibujadas, las agarraba con delicadeza. A intervalos de fuerza. Ella gemía pidiendo más. Mientras, el fiel esclavo solo podía escuchar y adivinar la escena.

Ellas casi podían sentir como se iba agitando la respiración de él, disfrutando así por tan lenta y dulce agonía.

Se sumergieron en el agua burbujeante. El jacuzzi era redondo y grande. Cabían perfectamente las cuatro y habría entrado igualmente una quinta persona, pero eso aún no era una opción para él.

Se embadurnaron de geles, espumas y ambrosías.

Se tocaron.

Se rozaron.

Se profundizaron.

Se gozaron.

Se besaron.

Extasiadas rieron.

Bromearon. 

Él las escuchaba. Gemidos. Risas. Cuchicheos. Placer acuoso. Chapoteos y más gemidos. 

Adivinaba la risa de su dueña, inconfundible. Como cuando reía cerca de él y al hacerlo se paraba el mundo.

Deseos reprimidos. Esa era su condición. Aguardar. Conformarse. Agradecer. Ser.

Y ser para servir. Y disfrutar en la entrega.

Varios delirios después desearon salir y Atenea se adelantó. Desató al esclavo, le quitó el antifaz y le ordenó que las secara. Una a una.

Eso hizo.

Comenzando por los pies, las piernas, suavemente fue secando la humedad que escondían entre sus muslos, apenas se atrevía a rozar su sexo, pero Atenea le dio permiso y eso fue haciendo con todas. Sus nalgas, sus vientres, sus senos.

Gea entonces, se sentó en el jacuzzi abrió las piernas y le indicó que no la había secado bien. Él se esforzó en el intento.

-Así no- le regañó molesta.

-Con el calor de tu lengua.

Afrodita le quitó la capucha para que fuera más ágil en sus movimientos y él se dispuso a obedecer.

Cuchicheos. Risas. Una trama en el aire. Un castigo pendiente. Unas ganas de más. Siempre más.

Atenea le azotó mientras satisfacía a su amiga.

-Esfuérzate, esclavo, después deberás hacer lo mismo con nosotras 3. Todas hemos de quedar muy complacidas.

Él tembló. De promesas de placer y de responsabilidad.

Las 3 se enfundaron con varios utensilios, fustas, látigos y varas, por si en algún momento debían corregir algún mal ademán de él. 

Desnudas y sentadas en linea sobre el jacuzzi, abrieron sus piernas y aguardaron deseosas de sentir esa lengua tan perfectamente amaestrada.

Mientras esperaban su turno se iban acariciando entre ellas, sin dejar ningún placer en el aire, enlazaban sus lenguas en sus senos, sus dedos infinitos en los muslos algo húmedos aún. Las ganas con el deseo. La lujuria con la gula…

Y como el tiempo en el Olimpo es irreverente, esa noche especial aún sigue siendo esta noche…

 

 

 

 

«Yo confieso que no recordaba haberla amado nunca en lo pasado, tan locamente como aquella noche…»

(Sonata de Otoño. Valle-Inclán)

 

 

 

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Viajes de rendición.

Carta 3, De Lara a Victor:

Te leo y me late una nueva curiosidad a modo de reflexión bajo mi blusa blanca:

Ocurre que si importante es una sesión donde confluyen tantas emociones y sentimientos, igual de importante es o debería ser el después.

La atención de ese «después» es una manera de cuidar a tu compañero de viaje después del juego. Se trata de traer suavemente a alguien de un estado alterado que regresa a la realidad, ayudarle a sentirse cimentado de nuevo, así como volver a restablecer los papeles que se asumieron antes del juego. Cuanto más profunda sea la experiencia, más atención posterior requiere.

No sólo los fondos o los submarinos merecen cuidados posteriores, sino también los dominantes, después de una sesión de horas uno mismo debe desconectar física y mentalmente.

En cuanto al cuidado de los sumisos, no creo que sea algo que esté reservado sólo para el tiempo posterior al viaje. Habría que mezclarlo en el juego. Al guiar a mi compañero en sus mundos subconscientes, me gusta mantenerle al borde de su zona de confort. Este, rara vez se mantiene. Hay fluctuaciones. Al igual que respirar y respirar, le veo viajando entre comodidad y molestias, rendición y resistencia, tensión y relajación. Cuando se acerca el punto en el que el cuerpo se endurece y notas un «esto es suficiente para mi», sé que es hora de cambiar.

Un nuevo desafío, tal vez es hora de un toque suave, una caricia, una palabra. Tengo el espacio para un posible lanzamiento emocional, verle regresar a un lugar cómodo para continuar y volver a abandonar la siguiente zona de confort para sumergirse en el misterio interno.

Un par de días después me suele gustar hablar sobre la experiencia para integrarla.

Esto significa reflexionar sobre lo que sucedió, lo que significa para la vida de uno. Tal vez a modo de mensajes y orientación.

Ya sabes, asentar para seguir explorando…

¿Qué opinas, desconocido Victor?

«El encuentro de dos más personas es como el encuentro de dos sustancias químicas, si hay reacción, ambas se transforman». ( Jung)

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Sin pruebas y sin dudas.

                  Como me gustan los caballos, y de todas las razas, a veces ocurre esto:

               Se va aproximando la hora y con la asistencia de mi Sissy personal, procedo a elegir de mi extenso vestuario la ropa que me pondré hoy. Me apetece un look muy vintage, por lo que cojo una camisa blanca con cuello alto, un chaleco negro,  una falda ceñida hasta las rodillas, medias negras con linea trasera y unos deliciosos zapatos de charol brillantes con tacón alto, calculo unos 12 centímetros.

Mi sirvienta me ayuda con cada prenda, no entiendo porque después de tanto tiempo sirviéndome sigue siendo tan torpe, no es excusa a estas alturas, aunque lleve en sus muñecas y tobillos unos grilletes que dificultan el movimiento.

                  No obstante como soy muy generosa, una vez que estoy totalmente vestida premio a mi Sissy atando en su cara una de las deportivas que uso habitualmente, para que pueda impregnarse  del exquisito olor que dejan mis bellos y suaves pies en ellas. Ato sus manos detrás de su espalda y la encierro en la jaula  con un candado, donde me esperará hasta mi regreso.

                  Bajo entonces y como siempre puntual, uno de mis animales preferidos, está en la puerta esperándome con el coche. Noto como nada más verme salir por el portal sus ojos se abren. Sonrío. Abre la puerta de atrás y procedo a sentarme. Extiendo uno de mis pies para que, arrodillado en la acera, lo bese con deleite un par de veces.

                  Una vez dentro le ordeno dirigirse a mi «Animal training center» particular, ya de sobra conocido por él. Mientras conduce cruzo mis piernas de forma sensual, el roce de las medidas produce un sonido que de sobra sé excita a mi animal. Seguidamente me quito los zapatos para ir más cómoda y los dejo en el asiento del copiloto para su deleite.

                  Hoy quiero sorprender a mi mascota, por lo que en un momento dado me subo la falda y abro mis piernas de tal modo que a través del espejo retrovisor pueda ver mi sugerente lencería. Con la ayuda de mi dedo índice introduzco un poco de la braguita en el interior de mi sexo, mientras emito un gemido de placer, todo ello mientras mi esclavo me observa.

                  Procedo a bajarme el tanga  lentamente, lo cojo por una punta y lo acerco a la cara del esclavo para que pueda besarlo. Se lo acerco y alejo continuamente para que le cueste más darle los besos prometidos, lo cual me hace reír ya que en ningún momento puede dejar de mirar la carretera que es su principal cometido.

                  Le ordeno quitarse la mascarilla que lleva y le pongo la braguita en su cabeza, de modo que la parte que contacta con mi sexo quede justo a la altura de su nariz y con la ayuda de un par de pequeñas pinzas que siempre llevo en mi bolso, sujeto la parte de atrás de la braguita a sus orejas, para que quede bien fijada y le sirva de mascarilla. Me encanta ver el placer que le da el respirar el aroma de mi sexo impregnado en la braguita y como aguanta el dolor que le producen las pinzas en las orejas.

                  Llegamos al Animal Training Cénter. Es una pequeña villa que posee uno de mis esclavos a las afueras de Madrid, la cual puedo usar siempre que me apetezca. En la puerta de la valla que limita el recinto, nos está esperando ya hace rato el esclavo. Está vestido con su atuendo habitual: un traje de mayordomo con la parte de atrás del pantalón cortado en un círculo de modo que deja su trasero al aire. 

                  Abre la puerta de la valla manualmente, aunque se puede abrir desde el interior, pero a mí me gusta que sea él quien salga a recibirme y la abra. Dirigimos el coche hacia el aparcamiento que está unos doscientos metros más adelante mientras el esclavo nos sigue detrás corriendo.

                  Una vez que aparca mi animal el coche, espero diez segundos a que llegue el esclavo mayordomo, si tarda más de ese tiempo le castigaré severamente, por lo que justo antes de que se cumplan esos segundos y jadeante, llega y se arrodilla delante de la puerta del coche para abrirla. Se derrama en el suelo y procedo a salir, pisando sin demasiados miramientos su espalda. Me gusta que él sea lo primero que piso al llegar.

Caprichosa que es una.

                  Segundos después, me dirijo a la casa que está a unos 25 metros, mientras los dos esclavos me van siguiendo de rodillas y besando mis pies, cada uno el que está más cerca de sus sedientos labios. Por supuesto cada vez que fallen, recibirán un buen fustazo, por lo que ponen el máximo esfuerzo e interés en el cometido. Me divierte enormemente acelerar el paso para que cada vez les cueste más.

                  Una vez dentro, ordeno a mi animal que se desnude y nos espere en el centro del salón, de rodillas con la cabeza en el suelo y las manos en la espalda, mientras mi esclavo mayordomo y yo nos dirigimos a la habitación que tiene reservada únicamente para mí. Le ordeno que me ayude a desvestirme, teniendo sumo cuidado de no rozar mi piel en el proceso, ya que como él bien sabe, no consiento que mis esclavos rocen mi suave piel si no es con mi consentimiento. 

                  Me ayuda a ponerme un camisón negro de suave seda y me calza unas elegantes sandalias de otros 12 centímetros de tacón. Cojo una de las múltiples correas de perro que hay colgadas de la pared y un pequeño látigo, le ordeno que se ponga a cuatro patas y procedo a darle dos o tres latigazos en su desnudo trasero para comprobar que el látigo es de mi agrado. Soy muy meticulosa con mis pertenencias.

                  A continuación tiro de la cadena y le ordeno que vaya besando el suelo que acarician mis pies, mientras nos encaminamos hacia al salón donde espera inmóvil mi animal.

                  Me dirijo a la mesa central para comprobar que mis deseos han sido cumplidos. Efectivamente hay una bandeja con una botella de Blue Sky muy frío, bombones y una caja con frutos secos variados, más dos dados. Me acerco al trono que mi esclavo encargó para mi uso exclusivo y me siento cómodamente.

Chasqueo mis dedos y mi mayordomo trae la bandeja de rodillas. Le ordeno que me sirva una copa. Lo saboreo y como recompensa por su buen hacer le propino un beso y una sonora bofetada. Mi esclavo mayordomo sabe que el recibir una bofetada de su dueña es un privilegio y un regalo.

                  Mientras, el mayordomo sujeta la bandeja de rodillas a mi lado, de modo que yo pueda acceder a ella sin esfuerzo, doy una palmada con mis manos y mi animal acude veloz  a mis pies. Le propino varios latigazos en su culito sólo para comprobar que el látigo tiene la medida adecuada y ordeno al mayordomo que le ate las manos a la espalda.

                  Seguidamente cojo los dados para proceder a jugar a uno de mis juegos favoritos. Consiste en coger un fruto seco y lanzarlo al animal para que lo coja con la boca. Un dado  indicará el número de metros en los que tiene que situarse el esclavo y el otro dado, hará referencia al número de besos o latigazos que tendrá como premio o castigo según consiga coger o no, el fruto seco. Obviamente cuando sale un número alto, el animal está lejos de mí, por lo que el fallo es casi seguro.

                  Disfruto enormemente viendo la dificultad que tiene atrapar la nuez con sus manos en la espalda. Sé que mi mascota no es especialmente masoquista, por lo que pone todo su empeño y esfuerzo en coger la deliciosa nuez pecana con la boca para evitar el castigo .

                 En uno de los intentos se tropieza, no puedo evitar sonreír. Veo como también se ríe el esclavo mayordomo. Ese es un grave error, ya que sólo yo puedo reírme de mis esclavos. Le ordeno que se arrodille ante mí, y aunque me suplica piedad, procedo a azotarle con el látigo hasta que sus desnudas nalgas están completamente rojas. 

                  Cuando ya me he cansado del juego, cojo al esclavo mayordomo de la correa y le digo que bese el fino tacón de mis sandalias mientras nos vamos dirigiendo de nuevo a mi habitación. Le sugiero que me ayude a desnudarme, la visión de mi cuerpo desnudo hace que su miembro se ponga eréctil, obviamente yo sé que eso es inevitable, pero como no le he dado permiso para ello, procedo a darle unos pequeños golpes con la punta de la sandalia en su altivo sexo. 

                  Abro el enorme vestidor y elijo un traje de amazona. Ordeno a mi sirviente que me ayude a ponerme unas botas de charol negro con tacón de apenas 13 centímetros, junto a unas espuelas de aspecto nada sugerente.

                  Veo que las botas tienen algún pequeño rastro de barro, por lo que le indico que proceda a limpiarlas, con la lengua, claro; mientras le azoto por haber tenido tan grave descuido. La educación es la educación.

                  Estamos nuevamente al salón. Mi animal de rodillas para poder montarme en sus hombros, aprieto mis muslos contra sus mejillas, no vaya a olvidar quien tiene el control y le guío para que nos dirijamos hacia la casita que hay en el exterior dedicada únicamente a todo lo relacionado con la doma ecuestre. Mientras, el sirviente nos va siguiendo con la bandeja, por si en cualquier momento me apetece tomar un sorbo de champagne o morir de placer con un pedacito de chocolate negro en mi boca.

                  Una vez en la recién estrenada casita, elijo una de las diferentes monturas que hay y unas bridas, ordeno al sirviente que se las coloque a mi animal.  Yo mientras tanto escojo una de las fustas. Cuando está listo el caballo humano, tiro de las bridas y le invito a seguirme de rodillas hacia el exterior donde tengo preparada  una pequeña pista de equitación para la doma de caballos humanos.

                  La pista tiene diferentes obstáculos como barras para saltar por encima, setos y fosos de agua con la longitud adecuada para poder ser salvados por un caballo humano. 

                  Monto en mi caballo adoptando una posición en la cual estoy cómoda, esto hace emitir un pequeño gemido de placer a mi animal. Con un ligero toque de mis espuelas en su trasero, le hago avanzar lentamente para que haga un reconocimiento visual del trazado, cuando considero que es suficiente ordeno al sirviente que le ponga un antifaz en los ojos para que no pueda ver demasiado.

                  Meses de adiestramiento con mis espuelas y fusta han hecho que mi animal trote, corra o salte a la velocidad o longitud que yo desee.

                  Comenzamos el circuito mientras el sirviente cronometra el tiempo que tardamos en completar el recorrido. Como en cualquier competición ecuestre el derribo de los obstáculos o el pasarse del tiempo establecido, penaliza. La diferencia es que en nuestro caso, la penalización conlleva un merecido castigo.

                  La velocidad a la que quiero que vaya mi animal la marcan mis espuelas, un toque es ir despacio, dos toque es ir rápido y tres toques es ir a toda velocidad. Si quiero que haga un salto vertical es un delicado golpe de fusta en su lado derecho, de mayor o menor intensidad según la altura del salto y si deseo que haga un salto hacia delante es un golpe en su trasero, con el mismo sistema de intensidad.

                  Disfruto del control total que tengo sobre mi animal, adoro ver como pone todo su esfuerzo en pasar los obstáculos mientras su respiración se hace cada vez más jadeante por el esfuerzo efectuado y por el bocado que lleva en la boca impidiéndole respirar con facilidad.

                  Hacemos varias veces el recorrido hasta que noto que a mi animal le empiezan a temblar las piernas. Algunas veces le invito a parar, pero otras me gusta llevarle hasta el límite total; en estos casos cuando mi animal ya no puede más, se cae de rodillas aunque por supuesto con gran cuidado para que mi posición no se vea alterada lo más mínimo.

                  Una vez que hemos acabado, el esclavo mayordomo, hace recuento de los obstáculos derribados y del tiempo realizado. Obviamente yo siempre dispongo como han de situarse los obstáculos, de forma que el animal siempre derribe algunos para así poderle infligirle el correspondiente castigo.

Irremediablemente el juego finaliza con mis labios rojos impresos en su hambrienta boca.

 

Pd: Gracias por la inspiración.

 

 

 

 

 

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Debajo de las estrellas y encima de ti.

Dias antes le había llevado a una tienda muy especial, una de esas tiendas donde puedes encontrar toda suerte de juguetes y artilugios para los caninos o mascotas animales. No sé si los que llevan estos comercios se imaginan que también los dueños de mascotas humanas nos servimos a veces de sus productos.

Cuando estábamos dentro fui a la sección de collares y di con uno perfecto para él, mejor dicho para ella, porque hay veces, normalmente siempre que me apetece, que él se convierte en ella. Y ella es tal y como yo deseo. Sumisa, servicial, obediente y elegante. Muy elegante, ella ya sabe que para mí el «dress code» es muy importante.

El collar con su correa correspondiente era rojo, justo como la lencería que suele ponerse cuando está a mi servicio. Lo cogí entre mis manos, lo olí y se lo coloqué en su cuello, allí en la misma tienda sin importarme-nos quien pudiera estar pendiente de nuestros movimientos.

De postre, nos llevaríamos ademas un hueso y es que hay veces que su boca necesita algo que le recuerde a quien pertenece.

Le así de la correa, pasamos por caja y como si nada y como si todo, nos fuimos.

Y hoy, justo hoy tenia un capricho, y él sabe que mis caprichos y necesidades han de ser cubiertos con urgencia máxima. Que ni la paciencia ni el conformismo van conmigo y eso, se lo enseñé bien pronto.

Me apetecía ir a la piscina con mi bikini a estrenar. Negro, pequeñito, con algunos flecos que colgaban suavemente de la parte de abajo. Sandalias negras, gafas negras también y mis uñas más rojas que nunca, a juego con los labios y con mis ganas de todos los matices rojos.

-Hoy vienes conmigo a la piscina, pero no pienses que podrás nadar- le advertí.

-Hoy serás mi sirvienta, mi fiel perrita, te pondré tu collar rojo y te dejaré atada al árbol que más me guste.-

Asintió. Tampoco tuvo otra opción.

Unas gotas de perfume y allí me dirigí con ella detrás de mí, siguiendo la correa que la guiaba.

Me tumbé sobre el césped sobre una toalla negra de un tacto casi tan suave como las ultimas caricias del último amante que pasó por mis sábanas.

Me tumbé. Me dejé calentar por el sol de agosto y sonreí.

Mi perrita, tan elegante como obediente permanecía atada y cerca de mí por si acaso necesitaba de sus servicios en algún momento.

Y los necesité.

-Dame crema en los pies muy dulcemente. Le susurré.

Y de rodillas frente a mí, se dispuso a acariciar mis pies con una crema de olor a coco o similar.

Trás unos minutos le ordené que fuera subiendo por mis piernas, más suavemente aún.

Cuando me pareció suficiente me puse en pié y me dirigí al agua.

-Quédate quieta observándome- Le advertí.

Cuando salí, con el agua resbalando por mi piel me quedé un instante de pié, dejando que el sol soplará tras de mí secando esas gotas que luchaban por meterse bajo el bikini. Le miré. Sonreí.

Observé que alrededor no había casi nadie y yo que adoro sentir el fuego del verano en mi piel sin telas de por medio, me quité el bikini y continué en pié, apoyada sobre la escalera.

-Quiero que me mires y que te masturbes, como lo que eres una perrita hambrienta y fisgona. Que me mires así, sin ropa de por medio y que pienses que a pesar de la visión, no vas a poder tocarme. No vas a besarme y desatar así un carnaval con mi saliva fundiendo tu boca. Tan solo observa.

Aprovechando que la ducha de la piscina estaba al lado de la escalera, volví a refrescarme, esta vez de un modo más vertical. El chorro caía tan descarado como frío sobre mi cuello, mi pecho, bajando por mi ombligo mientras yo contribuía a que cada rincón de mi cuerpo quedara bajo los influjos del agua. Abrí ligeramente las piernas, eché la cabeza hacia atrás y me deleité en las gotas que ahora rozaban e invadían mi garganta.

Sigue acariciándote- le dije. Hazlo ahora con más fuerza. Con urgencia. Y cuando acabes ahoga tu grito mientras yo sigo disfrutando de este vis a vis tan intimo con este agua que penetra mi carne y calma por hoy mi sangre.

 

 

Pd:

Queridos todos:

Ya estoy por aquí…

roj

En Aravaca, cerca del metro y renfe; además en zona blanca con mucho espacio para poder aparcar.

BesoS.

 

 

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