Al límite de la poesía.

«Deseo servirte.

Déjame facilitar tu existencia.

Seré tu mayordomo, tu chofer, tu guía en los países más exóticos . Seré tu cocinero, tu sísi más devota. Seré tu jardinero donde tus flores guardarán los rayos de sol cada mañana gracias a mis riegos diarios.

Usame, soy todo tuyo.

Permíteme masajear tus pies cuando estés agotada tras largas jornadas en el gimnasio. Pintaré tus uñas si así lo deseas, hidrataré tus deditos con aceites traídos de Medio Oriente y luego los besaré, soplaré y los secaré hasta quedarme sin aliento. Ofreceré todo mi cuerpo para tu descanso, seré tu mesa, tu silla, el sillón donde reposaran tus pies desnudos o con el calzado que estimes.

O tu lienzo. Esculpe sobre mí, píntame, tatúame.

Seré tu sombrilla frente al mar cuando el sol rabioso se demore sobre tu piel, me convertiré en tu toalla, o tu alfombra en la que reposarás.

Deseo regalarte mi tiempo.

Mis aptitudes, mi cuerpo. Mi alma.

Al principio mi cabeza era un enjambre de contradicciones, ahora soy el hombre más seguro, y con esta misma seguridad te digo que deseo servirte.

Me portaré bonito, como dice aquella canción que seguro conoces y te gusta.

Segundos a tu servicio, minutos, horas, días.

Y un día morir con recuerdos y satisfacción, no con sueños.

Revuélcame en el suelo, convierteme en canción. Puedo ser tu muso si lo estimas conveniente.

Sácame a pasear con correa o sin ella, apárcame junto a un árbol cuando te canse mi presencia.

Úsame.

Húntame de ti.

Seré discreto. Seré comunicativo cuando tenga que serlo y callaré cuando lo necesites…»

Recibí un mail casi a diario con este propósito de servicio durante varios meses. No le conocía pero presumía ser insistente, paciente, educado, persuasivo.

Y atractivo, en el último que abrí, confieso que no leí todos, me envió una foto suya en blanco y negro. Alto, moreno, sonrisa del conquistador que se sabe bello. Su persistencia y elocuencia acabo despertando mi interés.

-Llámame mañana- le escribí un viernes cualquiera.

Lo hizo.

-Voy a ponerte a prueba. No tengo tiempo para esclavos sin alma.

Me gusta la fuerza y la decisión. El arrojo y la valentía.

Si las vas superando, podrás servirme…

(Continuará)

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Pon tus coordenadas en otro universo.

Queridos y fieles súbditos. A partir de Octubre ya no estaré en Madrid y aunque nunca digas nunca jamás, dudo que regrese. Aún así…no os dejo huérfanos, como me dijo alguien hace poco:)

Seguiré realizando sesiones de manera telefónica o con video llamada. No es lo mismo, pero casi casi.

Preguntadme y os doy los detalles.

Os beso.

Revolcándonos de canción en canción, de risa en risa. Le tenia desnudo debajo de mí con sus muñecas sujetas por mis manos. Le besaba.

Le mordía.

Arañaba su libertad mientras él susurraba con restos de mí, aún en su boca: «Eres como una artista pintando sobre un lienzo, el lienzo es mi piel.

Garabateas lento, me respiras, te siento.

Ven y lléname de tu sudor, cúbreme con tintas y olores que derramen placer y luego déjame si quieres.

Pero sobre todo, no muevas así las caderas, que te sigo hasta la muerte y mucho más allá.»

Copyright©L.S.22

Entre rimas y risas anda el juego.

Juro que hay poetas en esta orbita y están entre nosotros.

Con un poco de suerte un buen día uno de ellos te escribe un mail y te hace llegar una de sus
rimas. Y yo, aspirante a poetisa voy y pervierto sus letras, quedando al final
algo como esto:

…»Ella hace magia con las
palabras, bailan sobre mí, se me enredan en las ramas.

Crecen en el intento y penetran en mis raíces,

como cuando cogió aquél consolador y sin mediar palabra me folló.

Y no falló.

Exhausto clamé al cielo, ¿quién era yo antes de esta rendición?

Juega con mi impaciencia, casi igual que lo hace con mis pezones cuando
libre de vergüenza se los ofrezco y ella los corona con agujas, pinzas y otras
delicias.

Ella es barricada y puente abierto.

Bocanada de aire y bofetada de placer.

Sus palabras se contonean en murmullos insolentes y se clavan cuando en
noches de insomnio, otros libros, otras letras me alejan de sus alas.

Ella es abrigo y desierto,

manantial viscoso que a veces acorrala mi voluntad,

como cuando se adueña de mi miembro, lo enjaula por días

y se regala la llave de mi libertad.

Canción y acierto.

Rima y tortura,

cabalga de nuevo, salta por la azotea

y perfora esta espera…»

Copyright©L.S.22

Ah, el sórdido y viscoso templo de lo humano.(I)

Un día cualquiera sale usted a la calle, un coche se para a su lado y su vida ya no vuelve a ser la misma.

Así comienza la historia de mi último súbdito.

Llevaba tiempo observando su caminar desde la ventana de mi despacho. Atractivo, alto y esa ligera barba adornando su rostro. Vestía de negro, lucía una gorra que le daba un toque de lo más personal. Gafas de sol y unos andares que ni el felino mas sofisticado de la sabana.

Tengo imaginación y recursos, así que no lo dilaté demasiado en el espacio tiempo.

A los pocos días parte de mi séquito femenino se encargó de la operación.

Salieron a la calle enfundadas en un catsuit negro de latex, zapatos de tacón y carmín rojo. Cogieron el coche que les indiqué, un Audi ultimo modelo. Muy adecuado para la ocasión. Fueron las 3, Elsa la pelirroja más obediente que he conocido, Lina, mi esclava más antigua y Berta de ojos claros y melena rubia al viento.

La misión estaba clara, todo debía salir según lo convenido por mí. Ellas harían todo lo posible para que así fuera. Yo sabía a qué hora pasaba por aquella calle tan poco concurrida, normalmente iba solo así que no debía suceder ningún inconveniente en el pequeño secuestro.

A la hora esperada mis chicas estaban aguardando dentro del coche, cuando le vieron, desplegaron todo el dispositivo, a la par que sus armas de seducción masiva. Berta bajó del coche, hizo el papel de rubia despistada, le preguntó por no sé que calle y cuando él con toda su amabilidad se dispuso a ayudarla, mis otras dos chicas bajaron prestas. Una le puso un antifaz en los ojos y la otra le esposó las manos con dulzura y firmeza.

-Metete en el coche, te llevamos a un lugar muy especial.- le susurró Berta al asustado desconocido.

Él no forcejeó, tampoco hubiese podido. El encanto de mis sumisas actuó justo como yo esperaba.

Qué lejos estaba de entender que acababa de tropezar con la luz de su destino.

Situado en la parte trasera junto a Lina y Elsa, aguardó en silencio hasta que su impaciencia se desató y comenzó el revuelo de preguntas.

-¿Qué es esto? –

-¿Dónde me lleváis?-

-Creo que os equivocáis de persona- sus dudas y su ansiedad iban oscureciendo el ambiente más de lo deseado.

Menos mal, que para eso también había un plan. Ellas sabían cómo debían actuar para relajarle.

-Todo está perfectamente controlado-le susurró Elsa mientras le iba mordisqueando la oreja. Entonces, Lina llevo sus manos de uñas afiladas a la entrepierna del atractivo secuestrado. Palpó su sexo, le bajo suavemente la cremallera del pantalón oscuro y comprobó que pese a su inquietud, la excitación iba increscendo.

Y allí estaba él. Dividido entre el instinto de escapar y el deseo de rendirse.

Esto me gusta Elsa, mira que dura está- comentaba entre pequeñas risas a su compañera.

Le quitaron el antifaz. Ellas comenzaron a comerse la boca. Literalmente. En un principio fueron los besos mezclando carmines y olores a jazmín, pasados unos segundos sus bocas quisieron saciar la sed de varias vidas pasadas a juzgar por el ansia con la que se devoraban ante la atónita mirada de mi secuestrado de turno. Las manos de ambas no se retiraron en ningún momento de la entrepierna de él.

Miedo y deseo.

Tensión en su cuerpo. Los ojos hirviendo. Comenzaba a entender que no tenía más opción que ir hasta el fondo de lo que fuera que le iba a ocurrir en ese día.

Respiró.

Las lenguas enlazadas de las chicas se acercaron a su boca entreabierta.

-Mejor así- murmuraba para sí la conductora.

En una perfecta anatomía del placer, las lenguas se dispusieron a bailar en una armoniosa triada.

Un fallo en el aire, al querer movilizar sus manos, mi rehén se lastimó una muñeca. Elsa aflojó las esposas.

-Quítamelas, por favor-murmuró él, en un intento de que el lenguaje crease realidades.

Elsa le miró. El discurso estaba dicho.

Para equilibrar rudezas Lina desabrochó el ajustado traje de la pelirroja dejando al descubierto su exuberante pecho que lucia libre y desnudo. Elsa suspiró.

El deseo corriendo por las arterias de las calles sin nombre.

Las manos se convirtieron en labios, los pezones de Lina agradecieron inmediatamente la carnosidad de esa boca que tanto conocía.

-Ahora tú- sonrió incitando al atractivo reo.

Y donde un día hubo nervios e interrogantes, ahora fluía la intención. El instante.

Su boca sumergida en el jardín de las delicias de esos pechos que le tenían preso, esposado sin derecho a replica, sin saber qué sería de él.

Se escurría entre ellos, se diluía. Como el tiempo. Ninguno de los 3 seguramente se dieron cuenta de los 75 minutos que habían transcurrido entre euforias de abismos y manos desordenadas.

-Hemos llegado- dijo la conductora cortando el aliento al invitado del asiento de atrás.

El antifaz regresó a su rostro.

La oscuridad y esperar.

La oscuridad y olvidar.

(…continuará)

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Compórtate, o te ataré con lo que sobra.

Tumbada, desnuda sobre mi cama y sintiendo como el sol intentaba prolongarse en mi piel tuve una urgencia. Una sed que comenzó a invadir cada centímetro de la habitación, y el sol, mi amado sol dejó por un instante de ser el protagonista.

Voy a hacer un casting-pensé.

Un casting de esclavos, claro que sí. Fotografiaré a los elegidos, comprobaré en qué pueden ser buenos y útiles para mí. Me quedaré solo con los mejores y desecharé al resto. Voy a ponerles a prueba, tentarles, retarles.

La simple idea de convocarles y comenzar con las entrevistas me excitó.

Comprobaré quién es el que mejor satisface mis necesidades más intimas, quien puede organizar mi lencería con más detalle, o quien limpia mis zapatos con las manos, incluso con la lengua. Usaré sus cuerpos para mi comodidad. Seleccionaré al mejor esclavo que sea capaz de transformarse en un cómodo sillón en menos de un segundo, y quien dice sillón dice un cómodo reposapiés.

O una suave y mullida alfombra. Incluso un elegante y estático perchero donde colgar mis ideas y mis sombreros.

Según iba imaginando las escenas, mi desnudez hablaba sola, se mecía al ritmo de mi respiración cada vez más agitada. Y el sol, ese leal sol iba proyectando toda su lascivia sobre mí.

Vamos, dánzame lento- susurré al astro-aunque esta noche me consagre a la luna, en este instante soy toda tuya.

Y entonces mi imaginación siguió en un derroche de interrogantes e imágenes sin fin.

¿Quién será el que mejor lama suavemente los dedos de mis pies cuando regrese agotada del gimnasio?

¿Quién sustituirá mi clase de hípica cuando no pueda acudir y se transforme en un obediente poney de melena cobriza?

Y después de un cálido y espumoso baño caliente, quien será el que seque mi piel con tanta delicadeza como precisión?

O cuándo tan solo quiera un vino a medias, ¿qué boca abarcará el resto del líquido que de mis labios se irá deslizando?

El placer de la incognita…

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Siempre acabamos llegando a donde nos esperan.

Añoraba los paseos por aquellas largas avenidas  repletas de edificios de oficinas y de parques inabarcables. Deseaba volver a casa, a ese olor afrodisiaco que le regalaba la ciudad en pre otoño. Al asfalto, al rugir de las motos bajo sus tacones.

Cogió aire, cerró los ojos y allí estaba, en uno de sus rincones preferidos.

Quiso andar, llenarse de las sensaciones que la ciudad le iba regalando a modo de tórrido recibimiento.

Casi había olvidado como era subir en el metro , se olvidó del coche y tomó el metro ligero que estaba más cerca.

Subió al vagón. Sonrió. Vio alguna cara conocida. 

Se acomodó.

Cruzó sus piernas de vaqueros cortos y sandalias planas y se dispuso a escuchar su iPod. 

Le vio entrar. Le reconoció enseguida. Su memoria fotográfica era inmejorable.

Desde hacia meses él la seguía en instagram, su perfil era elegante con bonitas fotos de viajes y deportes que solía practicar.

Él últimamente se había armado de valor y en un acto de auto inmolación se atrevió a escribirla, no solo eso, si no que fue confesándola alguna, de sus de momento, imposibles fantasías eróticas. 

¿Fantasías?

Si solo fueran fantasías, podría dormir tranquilo por las noches, llamarían a su puerta de vez en cuando, aguardarían pacientemente su turno y cuando se sintiesen derrotadas se marcharían, sin más. Esto era algo más. Eran necesidades, era su esencia pidiendo a gritos salir, cobrar vida, ver mundo.

Él la escribía mensajes en su instagram, ella le contestó en pocas ocasiones aunque siempre le leía.

-Deseo ser tuyo.-

-Úsame.-

-Utilízame.-

-Humíllame.-

-Hazme saber a quien pertenezco.-

-Mándame.-

-Deseo lamerte. Entera. Llenarme de tu olor.-

-Imagino tus pies desnudos en mi boca. –

-Me muero por beberte.

Cositas así y otras mucho más detalladas.

Ella sonreía cada vez que las leía.

Sabia que eran casi vecinos por alguna de las imágenes que él había colgado. Normal que en algún momento, en algún centímetro cuadrado del universo acabaran coincidiendo, por necesidades o no, de un destino caprichoso, ávido de morbo y juego.

Yo juego . 

Tú juegas. Jugamos los dos.

Sigilosa, se puso sus gafas negras, se retocó el carmín rojo de los labios y se dirigió a su encuentro sin que él se diera apenas cuenta de la brisa que acompañaban sus pasos.

El estaba de pié haciendo que leía un periódico. En un lento y armonioso movimiento se  situó detrás.

-Arrodíllate frente a mi ahora mismo y besa los dedos de mis pies.-

Él se dio la vuelta.

Sorprendido. Inquieto. Excitado. Titubeó.

-Es una orden- reforzó ella en tono dulce y directo.

Lo hizo.

A ella le gustó. 

Le acarició el cabello como señal de aprobación.

Sin vergüenza, sin temor, sin pereza. Con devoción. Con obediencia. Tal y como a ella le gustaba.

Su cálida lengua repleta de interrogantes y erecciones comenzó a recorrer sus dedos de uñas rojas y sandalias aún veraniegas.

Instantes indefinidos y confusos después, ella le contuvo con otro gesto en su cabello y él supo que debía parar.

Elevó con sus manos el rostro de él y le preguntó:

-¿Verdad que deseas obedecerme?-

Asintió sin atreverse apenas a mirarla a los ojos, que para aquel entonces ya no se ocultaban tras las gafas de sol.

Ella no le preguntó, no hizo falta. Estaba segura de que él sabia. No fueron necesarias las presentaciones. Ni oportunas.

Ella humedeció alguno de los dedos de su mano derecha, de también alargadas uñas rojas, los untó del delicioso néctar de su saliva y se los ofreció a él. 

Arrodillado aún, los acogió con ansia y hambre atrasada.

Uno a uno los fue introduciendo en su boca de gruesos labios.

Primero uno, luego otro, después dos a la vez, tres…así hasta abarcar su boca entera.

-Buen chico- le susurraba ella a intervalos inconcretos.

Cuando se sintió casi saciada paró, se dirigió hacía su rostro y le besó. Se volvió a elevar y le ordenó que abriera su boca.

Ella le quiso ofrecer su último regalo antes de bajarse del vagón.

Gota a gota fueron cayendo alientos de una dulce saliva que él supo atrapar y saborear. Cuando ella frenaba el ritmo, él aguardaba con su boca abierta y paciencia aparente. Entonces ella volvía mientras sonreía satisfecha y orgullosa de su comportamiento.

-Y ahora sigue leyendo, puedes ponerte de pié ya.-

El quiso preguntarla, hablarla, agradecerla, pero ella desapareció con la misma rapidez y sigilo con el que había llegado.

Las puertas del vagón se abrieron. Demasiada gente en movimiento. Demasiado ruido. No pudo despedirse ni verla.

Al llegar a su casa comenzó a preguntarse si no lo habría imaginado en una suerte de micro sueño mientras intentaba leer el periódico en aquel vagón 

en una tarde cualquiera de finales de verano.

Privilegios de penumbra.

Se miró de casualidad en el espejo y comprobó que una sutil mancha de carmín aún lucia en su boca.

Respiró aliviado.

Tan aliviado como excitado.

Tan excitado como exhausto.

Tan él como nunca.

Copyright©L.S.21

“Serás quien yo quiera.

Haré de ti un ornamento de mi emoción puesta donde yo quiero,

 y como quiero, dentro de mi.

Contigo no tienes nada. 

No eres nadie, porque no eres consciente;

apenas vives...

La crueldad del dolor-gozar y sufrir,

por gozar la propia personalidad consubstanciada con el dolor.

El último refugio sincero del ansia de vivir y de la sed de gozar.”

( F. Pessoa)

Busca el latido.

Carta 4, de Victor a Lara:

El erotismo es un humanismo.

Permíteme que lo plantee en estos términos, parafraseando a Sartre y su concepto humanista del existencialismo. La relación entre un dominante y un sumiso es erótica, y en ella se establece una relación de continuidad más allá de la sumisión sexual que nos habla de cuerpos sagrados, dispuestos a la profanación de la realidad.

Conviene destacar que la realidad es aquí un sistema simbólico, construido por convenciones no necesariamente perennes, a veces, son tan transitorias como lo son las corrientes artístiticas más efímeras o las modas. En un mundo hiperdigitalizado, preñado de trivialidades conformadas como espacios virtuales y  sagrados que inducen al individuo a someterse a ellas sin ningún juicio crítico,  el terreno del erotismo es el terreno de la violencia, de la violación de las convenciones, en busca de lo real, de algo que trasciende más allá de las apariencias para poder captar la verdad  que se oculta dentro de nosotros, nuestras fortalezas, nuestras debilidades. 

Nuestro erotismo es un erotismo sagrado,  pienso en la equivalencia entre sexo y sacrificio, pienso en Los cuerpos sagrados de Guide, otras veces sumergido en el intrigante pálpito de la vida cotidiana. Cuando hablamos de erotismo somos incapaces de sustraernos a un ritual, un conocimiento del cuerpo, venerado, violado. De la riqueza intelectual de un dominante dependerá que esa relación erótica trascienda más allá de una sesión.

Tiene razón Bataille cuando afirma que el erotismo tiene como fin alcanzar al ser en o lo más íntimo, hasta el punto del desfallecimiento. En el BDSM de una forma más exquisita, a veces más exagerada, otras grotesca, siempre sádica, perfeccionada, se reproduce el principio de destrucción del aislamiento de los participantes en el juego. Todo juego establece una relación entre los participantes pero en la erótica, y en la sado-masoquista, el juego continúa después de la partida. La desnudez, el fetichismo, el sometimiento físico o psicológico, construyen una nueva comunicación que se prolonga más allá del juego entre dominante y sumiso, Se revela como una continuación posible del ser, modulada, canalizada a través de los conductos de lo real que subyacen en la realidad: se trata de la búsqueda de lo obsceno. 
Un cuerpo poseído, otro cuerpo entregado, enlazados por el deseo y la fascinación por lo desconocido. A veces, lo desconocido es un acariciar con los dedos la muerte, rozar con la mente lo que no tiene definición, quizá por eso lo desconocido es siempre un simulacro de la muerte, pues desconocemos el sentido trascendental de ella y somos incapaces de contarla, si no es a través de la ciencia o de las religiones. Entre un dominante y un sumiso se abre una continuidad más allá del sacrificio que, efectivamente, como cuentas en tu carta, vamos acompasando, según nuestros respectivos estados anímicos.

El BDSM es una constante perturbación de la vida convencional, es una íntima rebeldía que nunca alcanza el sentido de la revolución porque sería su propia condena. El sado-masoquismo es la quintaesencia de la libertad individual, de nuestra individualidad.  Con el erotismo, así entendido, lo que se cuestiona es el status quo, el orden regular de la rutina y sus instituciones. 
Qué alimenta esa continuidad más allá de una sesión. ¿Es el deseo? Hemos hablado del deseo ante un cuadro de Caravaggio o de Tintoretto, cuando te acaricio el muslo y me restriego a tu vera, mientras nos contemplan las Tres gracias, la Venus del Espejo o el Moisés de Miguel Angel, pero no hemos hablado de la pasión y creo que la pasión es lo que nos permite aceptar la angustia y el sufrimiento, aquello que se vuelve inaccesible. Solo el sufrimiento revela la verdadera naturaleza del dominante y del sumiso: si el dominante no puede poseer al sumiso más allá de la sesión, si sólo el sumiso puede en este mundo realizar lo que nuestros límites prohíben. Y en definitiva, lograr la fusión de las lágrimas en un abrazo prolongado donde la liberación y la continuidad no encuentran cesura. La pasión nos adentra en el sufrimiento que es la búsqueda de lo imposible.  

Después de una sesión echo de menos un abrazo, un momento de profunda entrega y admiración, de respeto y veneración. Así son los momentos que prolongan una sesión, con un gesto en el que se siente el fulgor de los cuerpos, el pálpito sincopado de nuestros respectivos corazones. Así concluyeron las sesiones, con un sentimiento de veneración. En ocasiones, el gozo de lágrimas fundidas con las mías.

Hoy el aire está denso. Debe ser el cambio de tiempo, de estación, «el velo semitransparente del desasosiego…»echo de menos un abrazo, necesito el tuyo. 

No te quiero aburrir más, sería imperdonable.

Te deseo.

Víctor

«Yo conocí el secreto del fuego mucho antes que el primer bosque se incendiara.

Antes aún de aquella hoguera,

antes de la llama.

Como todos los hallazgos

fue accidente,

tropezar con la chispa en tu palabra,

y después, ¿qué remedio?:

encenderme

con el roce casual de tu mirada.»

(Aída Elena Párraga)

Copyright©2016-20L.S.

El poema es pura palabra sensualizada.

Carta 2, de X a Lara:

Te escribo esta carta, Lara, que es recuerdo y confesión, también una reflexión, una locura. Me pides una crónica y yo te entrego una carta. No tengo remedio…

Me dijeron que esa noche era yo el que daba las órdenes. No había experimentado hasta ese día la posibilidad de que una ama consintiera en ceder su sumisa a otro dominante. Omito la “a”que antecede a “sumisa” porque tuve la impresión de que en el BDSM a tres, la cesión y sumisión de un tercero convierte directamente a un sujeto en un fetiche, como una consagración definitiva del objeto de deseo. De hecho, no sé hasta qué punto aquello pudo llamarse sumisión. El fetichismo se vuelve más fetichismo que nunca. El sujeto, más objeto que nunca, convertido en un recipiente sobre el que se vierten los deseos.

Probablemente fue algo más que eso. Se trataba del reconocimiento de una experiencia, una veteranía, un saber, y el BDSM participa de eso que llamamos saberes, relacionados con el placer, el dolor, la dominación. Cuando Eva me dijo que esa tarde podría jugar con su sumisa sentí, en cierto modo, que se producía esa entrega. A fin de cuentas, Eva y yo habíamos follado en muchas ocasiones y cada uno había tenido sus sumisas, pero nunca habíamos llegado a desarrollar ese vínculo de amistad a través de un tercero. 

No eran más de la 20h cuando llegué a su casa. Había oído a hablar a Eva de su mascota en alguna ocasión. No solíamos contarnos nuestras experiencias. Eva tenía entonces 5 años más que yo. Cerca de 42. No reconocí entonces que follar con ella se había convertido en algo rutinario. En realidad, tenía la impresión de que Eva no era capaz de contenerse cada vez que se revolcaba conmigo. Siempre quería jugar a ser más dominante que yo y siempre perdía en el mano a mano entre azotes, mordiscos, arañazos, embestidas y escupitajos. Era precisamente ese momento que precede a la derrota cuando descubría su mayor excitación, cuando perdía la mirada, cuando yo la follaba con más violencia, su momento más excitante que a mi, por fácil y predecible, ya me aburría. Por lo demás, entre Eva y yo no había ninguna relación. Demasiado diferentes como para entablar una buena amistad y mucho menos una complicidad. Nos encontramos en un momento en el que yo necesitaba algo así, algo o alguien sobre lo que no tender puentes ni crear compromisos, ajeno a cualquier reciprocidad que no fuera sexual. Creo que me he vuelto demasiado exigente. Pero esa es otra carta.

 Ella era madre de dos hijos pequeños, camarera. Yo dirigía una escuela, escribía. Si nos encontrábamos era por casualidad en otra sesión donde los dos habíamos sido invitados. Nada de lo que yo le contaba le interesaba aunque fingiera fascinación. Yo sí atendía complaciente a las recetas de sus cócteles. 

Su sumisa resultó bastante atractiva. No recuerdo el nombre. No la he vuelto a ver. Le gustaba la música electrónica. Era bastante más joven que nosotros. No creo que tuviera más de 30 años. Por su figura, podía pasar por una bailarina, dispuesta a todo. Cuando llegué se encontraban en mitad de una sesión. Sospecho que Eva lo había preparado para que el encuentro fuera así. Nada es casual. Ella llevaba un corsé de cuero negro y unas botas que le llegaban hasta las rodillas. No era elegante. Era bizarro. Su sumisa tan solo vestía en ese momento un collar rojo. Estaba abierta a cuatro sobre la cama, con un hermoso plug anal entre nalga y nalga. Cuando llegué estaba recibiendo los azotes de una paleta. Tenía el culo completamente enrojecido y, por las marcas, parecía que también lo habían azotado antes con una vara. Eva la llamó maleducada y después la obligó a saludarme lamiéndome las botas. Después me susurró al oido que esa noche era nuestra. 

Decidí que se vistieran. Le sugería Eva que usara esa noche sus bolas chinas. Nos íbamos a a cenar y después a tomar una copa o a bailar. Les exigí que no se quitaran nada de lo que ya llevaban puesto. Media hora después, estábamos en la calle. La cena transcurrió con normalidad. Después de la primera copa, nos fuimos a un after dividido en cuatro plantas, una vieja fábrica reconvertida en local de ambiente gay, música tecno y todo lo que uno quisiera imaginar . Efectivamente, era bailarina. El local estaba lleno de gente. Todos íbamos vestidos de negro. Los tres comenzamos a magrearnos y a besarnos después de la primera copa, en la primera planta, sin mayor escándalo porque ese after era famoso por sus noches salvajes, sus colas eternas y sus diferentes ambientes. Eva estaba muy cachonda así que nos sentamos en un sofá, ubicado en un reservado y allí comenzaron a besarse y a besarme otra vez. Eva y su mascota acercaron sus manos a mi paquete y comenzaron a manosearlo. Le di una palmada a a la sumisa en la suya, con gesto displicente, como si de una perra se tratara. Después me desabroché los pantalones y saqué la polla tras hacerle el gesto con un dedo para que la chupara. Mientras me lamía la polla, yo jugaba con su plug. Alrededor de nosotros la gente nos miraba. De pronto, eramos tres objetos, tres fetiches. Disfrutaba tanto de aquel juego que no sentí vergüenza alguna. Me sentía embriagado. Sentí que un brazo trataba de magrear a Eva mientras se recomponía en el sofá y trataba lentamente de extraerse las bolas. Estaba chorreando. Quería cabalgar sobre mi así que apartó a su mascota y me encajó en su coño. Mientras Eva y yo follábamos ella se masturbaba a nuestra vera. De espaldas a mí alguien sacó un pene enorme y Eva se lo llevó a la boca. 

No sé cuanto tiempo estuvimos así. Pero sí recuerdo que en un momento determinado, aparté a Eva de de mi entrepierna y me levanté. La dejé allí, comiéndose una polla mientras yo me iba con su sumisa a un apartado. En el local casi todo estaba oscuro. Creo que fue en una esquina donde la empotré, como si en realidad yo lo que estuviera en ese momento haciendo no fuera otra cosa que trenzar mis deseos y mis demonios. El mismo deseo y el mismo razonamiento que expresa la gravedad de los objetos, que penetra en un agujero negro, que cambia y altera el tiempo, ese mismo tiempo que se acelera o se lentifica, que se estrecha o se ensancha. En cualquier caso, quiero decir que nuestro deseo tiene la gravedad de un acontecimiento, y cada día me fascina más. 

Al final, me quedó el recuerdo de estar en una esquina de Berlín, completamente solo, completamente fuera de mi, ido.  No sé si este es el momento más «hard», pero sí sé que no estuvo mal. 

Un beso.

Atentamente, Víctor

Pd: Me llamo Victor. Demasiadas intimidades como para seguir siendo X.

Copyright©2016-20L.S.

Todo empieza antes.

A veces cuando menos te lo esperas llegan cartas, de esas que pueden olerse, estrujarse y hasta quemarse si fuera necesario, para después continuar oliendo los restos.

A veces incluso provoca contestarlas.

A él le gustaba su cama, a ella su drama, el resto se transformó en este vis a vis poético o similar:

Carta 1, de X a Lara.

«Es curioso como, antes que soñar una experiencia, siempre he anhelado que fuera junto a alguien que tuviera la capacidad de sorprenderme, de hacerme sentir el vértigo de cada paso en el alambre. Por ejemplo, junto a ti. Eso es probablemente lo que siento ahora cuando te escribo, un delicioso hormigueo que me da la vida, despierta mi imaginación, mis sentidos y deseos más perversos o los más tiernos, en cualquier caso, una complicidad que rara vez un hombre logra tener a lo largo de su vida. Por eso la soledad, por eso la literatura, por eso la música. Por eso la llamada del sexo y del Bdsm. 

Soy un esteta de mierda, lo sé.

Los cuerpos son honrados, los corazones perversos. Antaño si no recuerdo mal, mi vida era un festín en el que se abrían los corazones y corrían los vinos. Hoy he sentado a la belleza en mis rodillas y después la injurié… Ese ha sido un punto de partida. Un verso de Rimbaud, una temporada en el infierno, que me define desde la adolescencia… y así hasta hoy. 

Me pregunto hasta donde podríamos llegar tu y yo juntos, qué limites rebasaríamos, en cuantos pedazos se rompería la rutina, nuestra particular rutina, de qué manera acabaríamos construyendo otra y lo que es peor, hasta qué punto finalmente la sobreviviríamos. Me dejo llevar por la imaginación.  

El sexo como territorio explorado, está bien, pero el sexo como territorio que nunca se termina de explorar es mucho mejor. No voy buscando El dorado, pero tengo la sensación de que me acerco a él cada vez que hablo contigo. Las palabras me queman. Así que me cuesta imaginar cómo será una mirada, una caricia y más. 

No voy buscando una relación de experiencias sado-masoquistas porque acabaría pareciéndome a una señora comprobando la lista de la compra…una lista de sueños y deseos cumplidos o que se dejaron de cumplir. No tiene sentido.

Es probable que me resulte tan excitante ir a ver un Caravaggio en la galería Ufficci de Florencia o en la Villa Borguesse de Roma como que me sodomices antes o después en su espléndido jardín o en un local de Madrid o en el salón de tu casa o en la mía, después de haber descorchado una buena botella de vino, haber escuchado un vinilo… habernos despertado, haber discutido. No depende tanto el qué haga sino que lo haga contigo. Te preguntarás qué busco y yo te respondería que la plenitud, un instante sagrado en el que el placer y el dolor, el sometimiento, el poder y la entrega sean todo uno. Escucharte y acariciarte mientras nos detenemos a ver un lacónico y nostálgico cuadro de Hopper en el Thissen o un Bacon en la Tate valen tanto como ir a comprar fetiches o sentir que tu mano juega disimuladamente con mi polla en un concierto donde alguien canta Sinnerman. O recibir tu piel en la mía, quedarme impregnado con tu aroma, como se reconoce un perfume o el sabor de la carne y el pecado…reconocerte en una mirada, en un gemido, sentirte dentro de mi incluso si nos compartimos, encontrar la palabra, el libro la imagen que se convirtió en la fotografía de nuestra complicidad. Y esta es sólo una visión ordenada y esquemática de la vida, entre lo público y lo privado, lo sublime y lo vulgar que se va trenzando con el palpito de la vida cotidiana, el pulso de Madrid o Berlín. Entre una cosa y otra está todo lo demás, un espacio propio o un momento propio, de los dos, perverso y fértil, luminoso y oscuro, delicioso y bello, frágil, duro, grotesco o sutil. 

Creo que cuando llegue a hablar contigo todo tendrá algo de acontecimiento. Las palabras elegidas, las preguntas formuladas, la expectación producida, el arte de lo imprevisible, el juego. Sé que sucederá así .

Contigo no pienso qué me queda por hacer o que experiencia busco, sino todo lo que vamos a hacer…

Si me permites la osadía y la curiosidad, ¿cual ha sido tu momento más «hard» sexualmente hablando? Prometo responderte con total sinceridad como agradecimiento a tu respuesta.

Yo no voy a sucumbir a la idea de un anhelo, pero sí a la posibilidad de sentir que los cumplí todos antes de que me haya muerto y sobre todo, que aposté todo y que, tanto si gané como si perdí, fue hermoso.

La belleza, siempre la belleza. 

Atentamente».

X.

Carta 1, de Lara para X:

«Misterioso X, ¿o debo decir presuntuoso X?:

No te apures, yo también soy una esteta, aunque no de mierda. Espero.

Para bien y para mal ya lo dijo alguien: “Me invento la belleza para no morir de frío”. Quizá este sea el motivo que me lleve a contestar tu carta, no creas que suelo hacerlo.

La belleza en el instante sagrado que tú persigues, en  la búsqueda de la palabra exacta que siempre apuro, en la necesidad de intensidad, en esta apuesta recurrente de jugarse  a doble o nada, aún sabiendo que será nada después. Y remontarse al vacío del después y qué más da el después si antes hubo un todo.

La belleza contra el gran mal de la vulgaridad.

Y por eso la poesía. Y por eso el hambre.

Como el amigo Henry Miller: -“Desesperadamente hambriento no sólo de hambre física y sensual, de tibieza humana y comprensión, sino también de inspiración e iluminación”-.

Me gusta saber que te gusta apostar olvidando la seguridad de lo conocido.

El sexo y su territorio de violencia y abandono de reglas. Sabiendo que en esa violencia navega una indescifrable dulzura.

La imaginación, como preludio de juegos perversos, humillantes en ocasiones y qué más da la ausencia de convencionalismos o la brutalidad de los mismos, siempre serán eso, juegos compartidos.

¿Mi momento más “hard”?

Difícil. Todas las primeras veces en algo lo son un poco, ¿no? . Podría decirte varios.

Uno por duro, para ella sobre todo. Fui con un amigo que conocía a una chica que vivía el masoquismo muy intensamente,  la idea era que ambos la doblegáramos, la sometiésemos. Me fascinó el disfrute no fingido de ella en todo momento hasta cuando la estaba haciendo «fistting» y ella no dejaba de pedirme más, para mi era la primera vez en ese tipo de práctica y lo hacia con método pero suave. Duró poco la dulzura al verla gritar de placer y suplicarme más fuerza y rapidez mientras mi acompañante me invitaba a hacerlo sin pudor ninguno. Después llegó el momento de colgarla de unas argollas que tenia en el techo de su apartamento y azotarla. Creía que conocía a mi amigo hasta ese momento, jamás creí que de aquella voz tan cálida y pacifica salieran todos esos golpes con fustas, varas, látigos y demás. Todo un despliegue de fuerza, constancia, rapidez, rabia… 

Jugaba con ventaja porque se conocían desde hacia tiempo y él sabia de su amplia resistencia al dolor y más aún, de su total deleite ante él. 

Para mí fue una de mis experiencias más especiales.

Espero haber deleitado tus sentidos.

Sin más.

L.S.

Pd:

¿Nada es casual, todo es confluencia?»

El vértigo de llegar a los propios límites y rebasarlos es como una euforia de abismo”.

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Follar también es viajar.

Tenia hambre. Ganas. De todo y sobre todo de él.

Urgentemente.

Arrebatadamente.

Sería tal vez por el aroma de la ciudad, olía a lluvia y a nuevo o porque me gusta el otoño o por mucho más.

Me puse un vestido corto negro y unas sandalias negras. Me maquillé, me perfumé con uno de mis olores preferidos, té verde y sin avisarle fui hacia su oficina.

Bajé del coche, entré, saludé a la secretaria y le hice un guiño asegurándome de que entendía mis intenciones.

Y pasé. Sus ojos reflejaban una mezcla de sorpresa y excitación inminentes.

Ni tiempo ni ganas para analizar demasiado su mirada. Ahora lo que importaba era mi urgencia.

Mi necesidad.

Este deseo que me ardía entre las piernas desde que me había levantado de la cama.

Quiso decirme algo pero no tuvo demasiado tiempo.

Poseerle. Complacerme con su cuerpo. El resto no importaba.

Alejé la silla giratoria de la mesa y le atraje hacia mi. Me levanté el pequeño vestido negro dejando a la vista la ausencia de lencería. Y en un movimiento rápido desabroché su pantalón y me senté sobre él , no sin antes abarcar toda su boca con mi calor. Mi lengua buscaba profundidad. Mi aliento, esencia. Le agarré del cabello rizado y comencé a moverme sobre él. Movimientos lentos que se transformaron en rápidas sacudidas. Mis ganas reventaban su miembro que apenas pudo respirar en este ataque matutino. Cuando casi no podía más coloqué mis pies en los bordes de la silla para profundizar en él, más aún. Su saliva resbalando por mi boca, mis muslos empapados tal vez de saliva, sudor o de puro deseo. Aceleré. Apreté con fuerza su nuca entre mis manos . Una cabalgada más y se derramó, y yo con él.

Apacigüé su grito con mis dedos dentro de su boca, mordí sus labios y me levanté.

Arreglé mi pelo, el vestido y mi carmín durante unos breves segundos y sin más y con todo, me fui.

Sin apenas pronunciar palabra y aún jadeante solo alcanzó a verme cruzar la puerta.

«Cada lector busca algo en el poema y no es insólito que lo encuentre, ya lo lleva dentro».

(Octavio Paz.)

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