La rendición (III)

…Pasaron semanas desde su llegada a mi santuario cuando por fin, no solo entendió su destino, si no que comenzó a amarlo.

La vida en el haren no era difícil, solo exigente. Todo debía estar a mi gusto. Mis deseos colmados y todas y cada una de mis necesidades cubiertas, de cualquier ámbito y en cualquier materia. Aquí podría surgir la complicación para un solo esclavo, por eso contaba desde hacia días con 11. El número ideal.

La primera semana de aprendizaje fue dura para el novato, suele ocurrir, por eso durmió 7 noches seguidas encerrado en la jaula, como aún así necesitó más disciplina las mañanas se las pasó encadenado y desnudo dentro de la mullida jaula negra. De vez en cuando yo pasaba a vigilarle, a cuidarle, a mimarle. Le ofrecía mis pies descalzos de uñas rojas para que los besara. Le regalaba agua y otras deliciosas bebidas directamente de mi boca. Él las acogía con ansia y gratitud.

Comió de mis manos cuando yo consideré que tenía hambre y mis sumisas limpiaron su boca momentos después. Deliciosos manjares cubrían mi mesa y no quise que nada le faltara a pesar de su encierro.

Su ansia en lugar de apaciguarse iba in crescendo. Le dije que tenía que ser paciente en todo momento.

-Recibes lo que esperas, cuando dejas de esperar.- Le susurré mientras me agachaba, acariciando los barrotes de acero. Busque sus gruesos labios, los mordisqueé. Me gustó. Lo besé. Sabía tan rico. Mezcla de deseo y desespero.

Me gustaban todas sus formas de mirarme, sin duda era uno de mis esclavos más atractivos.

Quería ver cómo se movía en la intimidad antes de catarle, así que avise a una de mis chicas.

Se preparó según mis indicaciones. Con tiempo. Dispuesta a buscar el delirio y la locura de mi novato.

Un baño repleto de esencias y aceites, perfume de jazmín. La maquillaron, la peinaron, y con la piel desnuda y descalza se presento ante mí. La cubrí con unas telas transparentes, recogí su larga cabellera rubia y cuando estuvo perfecta la dirigí hacia el enjaulado.

Volví a agacharme en busca de su rostro y mirándole a sus ojos oscuros de infinitas pestañas le dije: -Demuéstrale a ella como te gustaría poseerme a mi.- Le cubrí de saliva para que me retuviera en su boca un tiempo indefinido más y abrí el cerrojo que le aislaba del exterior.

Desnudo, excitado. Su piel sonreía, seguramente sus músculos también. Volvía a ponerse en pié después de varios días de encierro.

Le sonreí y me alejé dispuesta a observarle sin que él pudiera verme.

…(continuará)

«Sans douloir le plaisir est moins vit.

Patiente, patiente.»

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