Ah, el sórdido y viscoso templo de lo humano.(I)

Un día cualquiera sale usted a la calle, un coche se para a su lado y su vida ya no vuelve a ser la misma.

Así comienza la historia de mi último súbdito.

Llevaba tiempo observando su caminar desde la ventana de mi despacho. Atractivo, alto y esa ligera barba adornando su rostro. Vestía de negro, lucía una gorra que le daba un toque de lo más personal. Gafas de sol y unos andares que ni el felino mas sofisticado de la sabana.

Tengo imaginación y recursos, así que no lo dilaté demasiado en el espacio tiempo.

A los pocos días parte de mi séquito femenino se encargó de la operación.

Salieron a la calle enfundadas en un catsuit negro de latex, zapatos de tacón y carmín rojo. Cogieron el coche que les indiqué, un Audi ultimo modelo. Muy adecuado para la ocasión. Fueron las 3, Elsa la pelirroja más obediente que he conocido, Lina, mi esclava más antigua y Berta de ojos claros y melena rubia al viento.

La misión estaba clara, todo debía salir según lo convenido por mí. Ellas harían todo lo posible para que así fuera. Yo sabía a qué hora pasaba por aquella calle tan poco concurrida, normalmente iba solo así que no debía suceder ningún inconveniente en el pequeño secuestro.

A la hora esperada mis chicas estaban aguardando dentro del coche, cuando le vieron, desplegaron todo el dispositivo, a la par que sus armas de seducción masiva. Berta bajó del coche, hizo el papel de rubia despistada, le preguntó por no sé que calle y cuando él con toda su amabilidad se dispuso a ayudarla, mis otras dos chicas bajaron prestas. Una le puso un antifaz en los ojos y la otra le esposó las manos con dulzura y firmeza.

-Metete en el coche, te llevamos a un lugar muy especial.- le susurró Berta al asustado desconocido.

Él no forcejeó, tampoco hubiese podido. El encanto de mis sumisas actuó justo como yo esperaba.

Qué lejos estaba de entender que acababa de tropezar con la luz de su destino.

Situado en la parte trasera junto a Lina y Elsa, aguardó en silencio hasta que su impaciencia se desató y comenzó el revuelo de preguntas.

-¿Qué es esto? –

-¿Dónde me lleváis?-

-Creo que os equivocáis de persona- sus dudas y su ansiedad iban oscureciendo el ambiente más de lo deseado.

Menos mal, que para eso también había un plan. Ellas sabían cómo debían actuar para relajarle.

-Todo está perfectamente controlado-le susurró Elsa mientras le iba mordisqueando la oreja. Entonces, Lina llevo sus manos de uñas afiladas a la entrepierna del atractivo secuestrado. Palpó su sexo, le bajo suavemente la cremallera del pantalón oscuro y comprobó que pese a su inquietud, la excitación iba increscendo.

Y allí estaba él. Dividido entre el instinto de escapar y el deseo de rendirse.

Esto me gusta Elsa, mira que dura está- comentaba entre pequeñas risas a su compañera.

Le quitaron el antifaz. Ellas comenzaron a comerse la boca. Literalmente. En un principio fueron los besos mezclando carmines y olores a jazmín, pasados unos segundos sus bocas quisieron saciar la sed de varias vidas pasadas a juzgar por el ansia con la que se devoraban ante la atónita mirada de mi secuestrado de turno. Las manos de ambas no se retiraron en ningún momento de la entrepierna de él.

Miedo y deseo.

Tensión en su cuerpo. Los ojos hirviendo. Comenzaba a entender que no tenía más opción que ir hasta el fondo de lo que fuera que le iba a ocurrir en ese día.

Respiró.

Las lenguas enlazadas de las chicas se acercaron a su boca entreabierta.

-Mejor así- murmuraba para sí la conductora.

En una perfecta anatomía del placer, las lenguas se dispusieron a bailar en una armoniosa triada.

Un fallo en el aire, al querer movilizar sus manos, mi rehén se lastimó una muñeca. Elsa aflojó las esposas.

-Quítamelas, por favor-murmuró él, en un intento de que el lenguaje crease realidades.

Elsa le miró. El discurso estaba dicho.

Para equilibrar rudezas Lina desabrochó el ajustado traje de la pelirroja dejando al descubierto su exuberante pecho que lucia libre y desnudo. Elsa suspiró.

El deseo corriendo por las arterias de las calles sin nombre.

Las manos se convirtieron en labios, los pezones de Lina agradecieron inmediatamente la carnosidad de esa boca que tanto conocía.

-Ahora tú- sonrió incitando al atractivo reo.

Y donde un día hubo nervios e interrogantes, ahora fluía la intención. El instante.

Su boca sumergida en el jardín de las delicias de esos pechos que le tenían preso, esposado sin derecho a replica, sin saber qué sería de él.

Se escurría entre ellos, se diluía. Como el tiempo. Ninguno de los 3 seguramente se dieron cuenta de los 75 minutos que habían transcurrido entre euforias de abismos y manos desordenadas.

-Hemos llegado- dijo la conductora cortando el aliento al invitado del asiento de atrás.

El antifaz regresó a su rostro.

La oscuridad y esperar.

La oscuridad y olvidar.

(…continuará)

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What best serves you, serves the world.

Deseaba hacer ese viaje, casi tanto como sentir los rayos del sol abrazando su pálida piel cada mañana desde la terraza.

Pero jugaba a demorarse. Semanas, meses y cuando ya lo tenía medio olvidado por otras urgencias que no prioridades surgió la oportunidad.

Una oferta. El momento perfecto. El destino ansiado y el guía ideal.

Y ahí estaba ella en el aeropuerto vestida con su vestido negro ajustado, sus botas altas y lencería de estreno. Nuevo sueño, nuevo tanga, solía repetirse a sí misma. El corazón muriendo por llegar y aún no había ni embarcado.

Horas.

Muchas.

Aterrizada. Ilusionada.

El guia llegó puntual. La esperaba y no hizo falta preguntar, ella supo que era él. Apenas unas palabras, sonrisas y dispuesta para la aventura que comenzaría en el siguiente amanecer.

Una ruta por aquellas montañas tan inmensas. Jamás había visto un conglomerado de aves tan diferentes en tan breve espacio de tiempo. Jamás tanto colorido de flores y frutas, allí, dispuestos para sus ojos.

Iba enfundada en unos legins, una camiseta blanca pegada a sus curvas y una coleta poniendo orden en su desbaratada cabellera rubia. La sonrisa junto al carmín rojo, unas deportivas blancas y ya estaba lista para todo.

Apenas iban 2 personas más junto a ella y el guía. El sol alumbraba uno de los amaneceres más bellos que sus azules ojos habían podido ver. Todo era color y olor en aquel paraje natural tan exótico como erótico. Y es que la belleza es así, te envuelve en un halo de misterio, dando paso a un fuerte embrujo hipnotizante con tintes de seducción y ese dejarse fluir y ya veremos después.

Observadora ella, expresivo él. Como en el aeropuerto, no hizo falta muchas más palabras para captarse mutuamente.

Caminaron varias horas, en un momento dado el cansancio hizo mella en los pies de los aventureros, ella se sentó en una roca. El guía la observaba. Ella le hizo un gesto firme y dulce. Tan firme como un «ven aquí y arrodíllate», tan dulce como «retira mis deportivas y masajea mis doloridos pies».

Sorprendido y entregado no tardó ni medio segundo en ejecutar su orden gestual. Acarició los dedos de sus pies de uñas rojas como queriendo retirar cualquier molestia a golpe de suavidad y devoción.

Suficiente-dijo ella complacida. Let’s go!

Siguieron atravesando ríos, sobrevolando piedras resbaladizas, dejándose sorprender por las gamas de diferentes verdes, por los sonidos de los colibríes, tucanes, carpinteros. El timbre de aquella musicalidad iba envolviendo los sentidos de los caminantes, extasiados y agotados al mismo tiempo.

En un momento dado ella resbaló al querer sortear una escurridiza piedra y el guía no llegó a tiempo para agarrarla. Se disculpó. Ella quiso hacerle ver lo importante que para ella era el sentirse segura en una aventura así.

Cuando el resto de los caminantes estaban un poco aislados, ella sacó algo de su escueta mochila. Él la miraba expectante. Sacó un collar de acero y en un sutil gesto se lo colocó en el cuello del atractivo guía. Del collar colgaba una correa metálica.

A partir de ahora yo te guiaré y no al revés- a pesar de la sonrisa que dibujaron sus labios, su voz sonaba sobria y firme.

Ella iba delante y él la seguía unos pasos atrás a merced de la correa que se esforzaba por hacerle perder por momentos la orientación.

La visión le gustó a pesar de todo, podía contemplar sus bellas nalgas de legins negros moverse a un ritmo embriagador. Frenó. El tiempo se detuvo.

Incertidumbre. No sabia que vendría ahora. Un guía desorientado, que graciosa contradicción para alguien que presumía de tener normalmente todo bajo control.

Un guía con los sentidos a flor de piel. El aire olía a morbo y a obediencia. A sumisión. A entrega.

Ella le invitó a acercarse a un cedro de gran altura. Lo hizo sin plantearse más opciones. Ella saco de la mochila unas cuerdas.

La miró sorprendido.

Sorprendido y entregado.

Es por tu bien- dijo ella en un tono seductor y convincente. Has de saber lo importante que es para mí como te dije antes la seguridad. Quiero que reflexiones sobre ello mientras me ausento.

Y allí le dejó, atado al árbol, con los ojos vendados y el sonido de varias aves revoloteando en su extasiada cabeza.

Vuelve pronto- susurró él sin que ella, lejos ya, pudiera escucharle.

El tiempo pasó.

Un tiempo indefinido y caprichoso.

Ella regresó. Segura. Perversa. Firme.

Volvió a sacar algo de la mochila blanca. Un vibrador de gran potencia pese a su reducido tamaño.

Disfruta el sufrimiento-le susurró al oido dulcemente.

Bajó el pantalón deportivo del guía, su ropa interior y sin retirarle el antifaz comenzó a acariciar su erecto miembro con el artilugio.

Abrió la boca sorprendido. Se le escapó un gemido de precoz placer. Ella iba regalando y retirando el aparato a su antojo en una suerte de vaivenes placenteros o todo lo contrario. Le hablaba al oido para prolongar más aún la angustia de no poder tocarla, verla.

Le gustaba alargar la tortura, llegar al limite de lo soportable y parar. Cuando él pensaba que podría terminar y derretirse allí mismo, el universo se paraba y con él su esperanza. Ella entonces volvía al ataque y así en innumerables ocasiones.

¿Vas a adelantarte a mis tropiezos a partir de ahora?- le preguntaba mientras mordía los pezones de él.

Por supuesto- contestó él con total convicción.

El placer se acercaba. La tortura continuaba y él solo deseaba observarla. Ella se adelantó y le devolvió la visión y ahí estaba ella en ropa interior. De color negro. Sujetador de encaje y un bonito tanga brasileño que favorecía sus contorneados glúteos.

La visión enmudeció los sentidos del guía. Descalza y medio desnuda no perdía ni un ápice de perversidad.

De severidad.

Ella aceleró la velocidad del juguete. Los ojos de él se perdieron en algún punto inconcreto del cuerpo de ella. El viento comenzó a soplar fuerte, ella retiro su coleta como para atraparlo con su cabello dorado. El sol abrasaba el acalorado cuerpo del guía maní atado. Los sonidos comenzaron a mezclarse en sus sientes, el agua del rio, el viento y su fuerza, los susurros de ella, las aves, los arboles y sus ramas bailando al ritmo de su respiración.

Solo por hoy-le dijo ella mientras mordía con fuerza su cuello.

Aceleró al máximo el vibrador. El guía hizo un gesto de «por favor no puedo más».

Ella supo que era el momento ideal.

Ahora sí. Córrete para mí- le ordenó.

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Milk and honey dripped from my lips as I answered.

Carta 3, de Victor a Lara:

El efecto Pigmalión nos ronda. ¿Acaso no es hermoso cuando observas la metamorfosis en la sumisa y es absolutamente desalentador cuando el orgullo o la falta de interés se desvelan con el paso del tiempo?. No sé si te comenté en la otra carta mi decepción en los clubs de  BDSM. Ayer me identificaba con las palabras de Catherine Robbe-Grillet, la viuda de Alain, por la que sentía respeto y después de ver «La Ceremonia», sólo puede sentir admiración. El BDSM tiene mucho de ritual, ese es un atractivo, y como todo ritual es trascendente en nuestra percepción de la realidad. Pero mi experiencia es que se ha transmitido como una fiesta, un club social, asexualizado, una especie de competición entre sumisos reunidos para determinar quién resiste más el dolor. Como comprenderás es decepcionante y, peor aún, aburrido. 

Nunca he tenido una sumisa 24/7 porque las dos sumisas que tuve vivían fuera de mi ciudad. Algo que, de alguna manera, lo dilataba todo. Agendar encuentros, sesiones, días, lugares…Hubiera sido interesante saber en qué habría derivado ese 24/7 aunque tengo que reconocer que no he conocido a nadie todavía que lo haya llevado a cabo. 

Mi fracaso en el BDSM se debe a que, probablemente, de manera inconsciente, he pretendido disolver el binomio señor/sumisa. Romper las normas del juego es algo que me seduce siempre, quizá porque mi manera de pensar es intuitiva y trata de buscar siempre soluciones alternativas, marginales, más transgresoras, sin que eso signifique ni mucho menos que no sienta un profundo respeto por la tradición. Creo que ha sido así porque necesito alimentarme de algo que respire de lo nuevo. Me gusta aventurar que si viviera una relación 24/7 estaría inspirado en aquella frase de Gerard de Nerval que leí cuando era un adolescente y que ha guiado mi manera de ver el mundo de alguna manera: «otorgar a lo cotidiano la dignidad de lo desconocido».

Anteriormente te citaba a Robbe-Grillet y estoy seguro de que ella defendería con gran entusiasmo que un dominante tratara de formular nuevas reglas. Pero los tiempos actuales no hacen que sople el viento en esa dirección. Creo que el BDSM vive absorbido por etiquetas: ¿eres switch?, ¿brat?, ¿esclavo?, ¿sumisa?, ¿amo? Creo que todo eso, finalmente, hará que el BDSM sufra de una enfermedad degenerativa. Se disolverá por inanición, o peor aún, por una fibrosis pulmonar o una esclerosis que le impida respirar oxígeno o moverse con agilidad. El BDSM ha creado sus propios hastags que quedan muy bien bajo una foto en instagram, pero carecen de sentido en la vida real. El filosofo Mark Fisher, que se suicidó hace unos años, y que te recomiendo encarecidamente que leas, distinguía lo real de la realidad. La realidad es un sistema simbólico, muy importante para nuestra comunicación, lo real es el cúmulo de contradicciones ocultas tras esa realidad.

No me he enamorado de mis sumisas, porque no despertaron nunca ese sentimiento. Me hubiera consolado saber que eran realmente sumisas y no estaban siguiendo una moda, por mucho tatuaje grabado en su piel o muy alternativas que parecieran. Obviamente, mantener una correspondencia como esta con ellas habría sido imposible. Una de ellas era diseñadora. La otra vivía en Cádiz y aunque era dominante, quería ser mi sumisa. Desde un punto de vista intelectual no tenía nada que hacer con ellas. Comprendí que esta circunstancia alimentaba mi sadismo, no necesariamente desde un plano físico, que también, sino psicológico. No lo soportaron. Me consuela una amistad latente, al menos supongo, aunque no he vuelto a tener contacto con ellas. 

Nunca he tenido un sumiso, no en un sentido estricto, pero sí he generado esa dependencia emocional en algunos hombres que buscaban mi protección y se prestaban a servirme. Pero yo eso lo he investido con el lenguaje de la amistad. Lo he transformado en camaradería. Probablemente hoy, en un incipiente estado de cambio, podría haber derivado en una relación amo/sumiso con alguno de ellos, pero estaría prevaliéndome de su situación emocional. Sería cruel, pero no sería en sentido estricto justo. Como ves, no tengo ningún prejuicio con la crueldad, ni tampoco con el dolor, a un nivel corporal o a un nivel psicológico. El sadismo es inherente a mi manera de pensar.  Conocí a unas cuantas mujeres que disfrutaban con ella sin haber sido sumisas. Creo que está en nuestra «genetica cultural». De alguna manera, eso ha sustituido la vacante de sumisa en mi vida

A las dos sumisas que tuve les permití que fueran ellas quienes tomaran la batuta. Creo que es bueno hacerlo, porque me fascina jugar con la idea del otro. Forma parte de un buen aprendizaje. Que conozcan las responsabilidades, el sentido de la entrega y de la posesión. Lo hace todo más «democrático». Y porque de esa manera interiorizan mejor su papel de sumisa. Es curioso la facilidad con que lo hacen desde un plano sexual y lo difícil que es que lo hagan desde otro intelectual. Esta circunstancia viene a verificar que no todo el mundo puede ser dominante y sobre todo, como todo se ha convertido en un espectáculo. Y nadie más hedonista que yo, pero hedonista hasta la muerte.

Te deseo.

V.

«I have

what I have

and i´m happy.

I´ve lost

what I´ve lost

and i´m

still

happy»

(Rupi Kaur)

Copyright©2016-20L.S.

Vivir no es otra cosa más que arder en preguntas.

Carta 2, de Lara a Victor:

Mi desconocido Víctor:

Me aposté en la esquina

para vigilar al mendigo.

Desenvolvió el chocolate 

que era para ti.

Rompió la tableta

con los dedos

y empezó a saborearlo

mientras yo sentía el calor de tu boca

en mis muslos bañados.

Y el mendigo se desayunaba

con el chocolate

que compré 

para ti”.

¿Conoces a Nahui Olin?. La descubrí este año, si mi intuición no me falla, seguro que te gustaría.

”Ella necesitaba crecer hasta las estrellas y despeñarse en un abismo o al revés, despeñarse hacia arriba y ascender a los infiernos”.

Como entiendo que amas la dominación casi tanto como yo, te confieso de igual a igual que me despiertas cierta curiosidad.

Y como además tengo vocación de interrogación, rueda de preguntas para que no decaiga la esencia:

¿Alguna vez tuviste una sumisa 24/7?

¿Alguna vez alguna sumisa resultó ser potencialmente todo lo contrario a la espera de una chispa que la hiciera despertar?

¿Te sueles enamorar de tus sumisas o alguna de ellas sospechas que lo hizo de ti? 

¿Alguna vez tuviste un sumiso hombre?

¿Y si todas estas letras quedan solo en eso, en letras. Nada más y nada menos que esta simbiosis perfecta de consonantes y vocales sin ninguna pretensión …? Letras embriagadas de curiosidad que se introducen con el nervio de una guerra que ya terminó pero en la que aún resuenan los disparos. Y sus luces, y el ruido. Letras que escurren su asombro en un bolsillo roto y en el otro el eco del último gemido.

A presto.

L.S.

Copyright©2016-20L.S.

El poema es pura palabra sensualizada.

Carta 2, de X a Lara:

Te escribo esta carta, Lara, que es recuerdo y confesión, también una reflexión, una locura. Me pides una crónica y yo te entrego una carta. No tengo remedio…

Me dijeron que esa noche era yo el que daba las órdenes. No había experimentado hasta ese día la posibilidad de que una ama consintiera en ceder su sumisa a otro dominante. Omito la “a”que antecede a “sumisa” porque tuve la impresión de que en el BDSM a tres, la cesión y sumisión de un tercero convierte directamente a un sujeto en un fetiche, como una consagración definitiva del objeto de deseo. De hecho, no sé hasta qué punto aquello pudo llamarse sumisión. El fetichismo se vuelve más fetichismo que nunca. El sujeto, más objeto que nunca, convertido en un recipiente sobre el que se vierten los deseos.

Probablemente fue algo más que eso. Se trataba del reconocimiento de una experiencia, una veteranía, un saber, y el BDSM participa de eso que llamamos saberes, relacionados con el placer, el dolor, la dominación. Cuando Eva me dijo que esa tarde podría jugar con su sumisa sentí, en cierto modo, que se producía esa entrega. A fin de cuentas, Eva y yo habíamos follado en muchas ocasiones y cada uno había tenido sus sumisas, pero nunca habíamos llegado a desarrollar ese vínculo de amistad a través de un tercero. 

No eran más de la 20h cuando llegué a su casa. Había oído a hablar a Eva de su mascota en alguna ocasión. No solíamos contarnos nuestras experiencias. Eva tenía entonces 5 años más que yo. Cerca de 42. No reconocí entonces que follar con ella se había convertido en algo rutinario. En realidad, tenía la impresión de que Eva no era capaz de contenerse cada vez que se revolcaba conmigo. Siempre quería jugar a ser más dominante que yo y siempre perdía en el mano a mano entre azotes, mordiscos, arañazos, embestidas y escupitajos. Era precisamente ese momento que precede a la derrota cuando descubría su mayor excitación, cuando perdía la mirada, cuando yo la follaba con más violencia, su momento más excitante que a mi, por fácil y predecible, ya me aburría. Por lo demás, entre Eva y yo no había ninguna relación. Demasiado diferentes como para entablar una buena amistad y mucho menos una complicidad. Nos encontramos en un momento en el que yo necesitaba algo así, algo o alguien sobre lo que no tender puentes ni crear compromisos, ajeno a cualquier reciprocidad que no fuera sexual. Creo que me he vuelto demasiado exigente. Pero esa es otra carta.

 Ella era madre de dos hijos pequeños, camarera. Yo dirigía una escuela, escribía. Si nos encontrábamos era por casualidad en otra sesión donde los dos habíamos sido invitados. Nada de lo que yo le contaba le interesaba aunque fingiera fascinación. Yo sí atendía complaciente a las recetas de sus cócteles. 

Su sumisa resultó bastante atractiva. No recuerdo el nombre. No la he vuelto a ver. Le gustaba la música electrónica. Era bastante más joven que nosotros. No creo que tuviera más de 30 años. Por su figura, podía pasar por una bailarina, dispuesta a todo. Cuando llegué se encontraban en mitad de una sesión. Sospecho que Eva lo había preparado para que el encuentro fuera así. Nada es casual. Ella llevaba un corsé de cuero negro y unas botas que le llegaban hasta las rodillas. No era elegante. Era bizarro. Su sumisa tan solo vestía en ese momento un collar rojo. Estaba abierta a cuatro sobre la cama, con un hermoso plug anal entre nalga y nalga. Cuando llegué estaba recibiendo los azotes de una paleta. Tenía el culo completamente enrojecido y, por las marcas, parecía que también lo habían azotado antes con una vara. Eva la llamó maleducada y después la obligó a saludarme lamiéndome las botas. Después me susurró al oido que esa noche era nuestra. 

Decidí que se vistieran. Le sugería Eva que usara esa noche sus bolas chinas. Nos íbamos a a cenar y después a tomar una copa o a bailar. Les exigí que no se quitaran nada de lo que ya llevaban puesto. Media hora después, estábamos en la calle. La cena transcurrió con normalidad. Después de la primera copa, nos fuimos a un after dividido en cuatro plantas, una vieja fábrica reconvertida en local de ambiente gay, música tecno y todo lo que uno quisiera imaginar . Efectivamente, era bailarina. El local estaba lleno de gente. Todos íbamos vestidos de negro. Los tres comenzamos a magrearnos y a besarnos después de la primera copa, en la primera planta, sin mayor escándalo porque ese after era famoso por sus noches salvajes, sus colas eternas y sus diferentes ambientes. Eva estaba muy cachonda así que nos sentamos en un sofá, ubicado en un reservado y allí comenzaron a besarse y a besarme otra vez. Eva y su mascota acercaron sus manos a mi paquete y comenzaron a manosearlo. Le di una palmada a a la sumisa en la suya, con gesto displicente, como si de una perra se tratara. Después me desabroché los pantalones y saqué la polla tras hacerle el gesto con un dedo para que la chupara. Mientras me lamía la polla, yo jugaba con su plug. Alrededor de nosotros la gente nos miraba. De pronto, eramos tres objetos, tres fetiches. Disfrutaba tanto de aquel juego que no sentí vergüenza alguna. Me sentía embriagado. Sentí que un brazo trataba de magrear a Eva mientras se recomponía en el sofá y trataba lentamente de extraerse las bolas. Estaba chorreando. Quería cabalgar sobre mi así que apartó a su mascota y me encajó en su coño. Mientras Eva y yo follábamos ella se masturbaba a nuestra vera. De espaldas a mí alguien sacó un pene enorme y Eva se lo llevó a la boca. 

No sé cuanto tiempo estuvimos así. Pero sí recuerdo que en un momento determinado, aparté a Eva de de mi entrepierna y me levanté. La dejé allí, comiéndose una polla mientras yo me iba con su sumisa a un apartado. En el local casi todo estaba oscuro. Creo que fue en una esquina donde la empotré, como si en realidad yo lo que estuviera en ese momento haciendo no fuera otra cosa que trenzar mis deseos y mis demonios. El mismo deseo y el mismo razonamiento que expresa la gravedad de los objetos, que penetra en un agujero negro, que cambia y altera el tiempo, ese mismo tiempo que se acelera o se lentifica, que se estrecha o se ensancha. En cualquier caso, quiero decir que nuestro deseo tiene la gravedad de un acontecimiento, y cada día me fascina más. 

Al final, me quedó el recuerdo de estar en una esquina de Berlín, completamente solo, completamente fuera de mi, ido.  No sé si este es el momento más «hard», pero sí sé que no estuvo mal. 

Un beso.

Atentamente, Víctor

Pd: Me llamo Victor. Demasiadas intimidades como para seguir siendo X.

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Sin pruebas y sin dudas.

                  Como me gustan los caballos, y de todas las razas, a veces ocurre esto:

               Se va aproximando la hora y con la asistencia de mi Sissy personal, procedo a elegir de mi extenso vestuario la ropa que me pondré hoy. Me apetece un look muy vintage, por lo que cojo una camisa blanca con cuello alto, un chaleco negro,  una falda ceñida hasta las rodillas, medias negras con linea trasera y unos deliciosos zapatos de charol brillantes con tacón alto, calculo unos 12 centímetros.

Mi sirvienta me ayuda con cada prenda, no entiendo porque después de tanto tiempo sirviéndome sigue siendo tan torpe, no es excusa a estas alturas, aunque lleve en sus muñecas y tobillos unos grilletes que dificultan el movimiento.

                  No obstante como soy muy generosa, una vez que estoy totalmente vestida premio a mi Sissy atando en su cara una de las deportivas que uso habitualmente, para que pueda impregnarse  del exquisito olor que dejan mis bellos y suaves pies en ellas. Ato sus manos detrás de su espalda y la encierro en la jaula  con un candado, donde me esperará hasta mi regreso.

                  Bajo entonces y como siempre puntual, uno de mis animales preferidos, está en la puerta esperándome con el coche. Noto como nada más verme salir por el portal sus ojos se abren. Sonrío. Abre la puerta de atrás y procedo a sentarme. Extiendo uno de mis pies para que, arrodillado en la acera, lo bese con deleite un par de veces.

                  Una vez dentro le ordeno dirigirse a mi «Animal training center» particular, ya de sobra conocido por él. Mientras conduce cruzo mis piernas de forma sensual, el roce de las medidas produce un sonido que de sobra sé excita a mi animal. Seguidamente me quito los zapatos para ir más cómoda y los dejo en el asiento del copiloto para su deleite.

                  Hoy quiero sorprender a mi mascota, por lo que en un momento dado me subo la falda y abro mis piernas de tal modo que a través del espejo retrovisor pueda ver mi sugerente lencería. Con la ayuda de mi dedo índice introduzco un poco de la braguita en el interior de mi sexo, mientras emito un gemido de placer, todo ello mientras mi esclavo me observa.

                  Procedo a bajarme el tanga  lentamente, lo cojo por una punta y lo acerco a la cara del esclavo para que pueda besarlo. Se lo acerco y alejo continuamente para que le cueste más darle los besos prometidos, lo cual me hace reír ya que en ningún momento puede dejar de mirar la carretera que es su principal cometido.

                  Le ordeno quitarse la mascarilla que lleva y le pongo la braguita en su cabeza, de modo que la parte que contacta con mi sexo quede justo a la altura de su nariz y con la ayuda de un par de pequeñas pinzas que siempre llevo en mi bolso, sujeto la parte de atrás de la braguita a sus orejas, para que quede bien fijada y le sirva de mascarilla. Me encanta ver el placer que le da el respirar el aroma de mi sexo impregnado en la braguita y como aguanta el dolor que le producen las pinzas en las orejas.

                  Llegamos al Animal Training Cénter. Es una pequeña villa que posee uno de mis esclavos a las afueras de Madrid, la cual puedo usar siempre que me apetezca. En la puerta de la valla que limita el recinto, nos está esperando ya hace rato el esclavo. Está vestido con su atuendo habitual: un traje de mayordomo con la parte de atrás del pantalón cortado en un círculo de modo que deja su trasero al aire. 

                  Abre la puerta de la valla manualmente, aunque se puede abrir desde el interior, pero a mí me gusta que sea él quien salga a recibirme y la abra. Dirigimos el coche hacia el aparcamiento que está unos doscientos metros más adelante mientras el esclavo nos sigue detrás corriendo.

                  Una vez que aparca mi animal el coche, espero diez segundos a que llegue el esclavo mayordomo, si tarda más de ese tiempo le castigaré severamente, por lo que justo antes de que se cumplan esos segundos y jadeante, llega y se arrodilla delante de la puerta del coche para abrirla. Se derrama en el suelo y procedo a salir, pisando sin demasiados miramientos su espalda. Me gusta que él sea lo primero que piso al llegar.

Caprichosa que es una.

                  Segundos después, me dirijo a la casa que está a unos 25 metros, mientras los dos esclavos me van siguiendo de rodillas y besando mis pies, cada uno el que está más cerca de sus sedientos labios. Por supuesto cada vez que fallen, recibirán un buen fustazo, por lo que ponen el máximo esfuerzo e interés en el cometido. Me divierte enormemente acelerar el paso para que cada vez les cueste más.

                  Una vez dentro, ordeno a mi animal que se desnude y nos espere en el centro del salón, de rodillas con la cabeza en el suelo y las manos en la espalda, mientras mi esclavo mayordomo y yo nos dirigimos a la habitación que tiene reservada únicamente para mí. Le ordeno que me ayude a desvestirme, teniendo sumo cuidado de no rozar mi piel en el proceso, ya que como él bien sabe, no consiento que mis esclavos rocen mi suave piel si no es con mi consentimiento. 

                  Me ayuda a ponerme un camisón negro de suave seda y me calza unas elegantes sandalias de otros 12 centímetros de tacón. Cojo una de las múltiples correas de perro que hay colgadas de la pared y un pequeño látigo, le ordeno que se ponga a cuatro patas y procedo a darle dos o tres latigazos en su desnudo trasero para comprobar que el látigo es de mi agrado. Soy muy meticulosa con mis pertenencias.

                  A continuación tiro de la cadena y le ordeno que vaya besando el suelo que acarician mis pies, mientras nos encaminamos hacia al salón donde espera inmóvil mi animal.

                  Me dirijo a la mesa central para comprobar que mis deseos han sido cumplidos. Efectivamente hay una bandeja con una botella de Blue Sky muy frío, bombones y una caja con frutos secos variados, más dos dados. Me acerco al trono que mi esclavo encargó para mi uso exclusivo y me siento cómodamente.

Chasqueo mis dedos y mi mayordomo trae la bandeja de rodillas. Le ordeno que me sirva una copa. Lo saboreo y como recompensa por su buen hacer le propino un beso y una sonora bofetada. Mi esclavo mayordomo sabe que el recibir una bofetada de su dueña es un privilegio y un regalo.

                  Mientras, el mayordomo sujeta la bandeja de rodillas a mi lado, de modo que yo pueda acceder a ella sin esfuerzo, doy una palmada con mis manos y mi animal acude veloz  a mis pies. Le propino varios latigazos en su culito sólo para comprobar que el látigo tiene la medida adecuada y ordeno al mayordomo que le ate las manos a la espalda.

                  Seguidamente cojo los dados para proceder a jugar a uno de mis juegos favoritos. Consiste en coger un fruto seco y lanzarlo al animal para que lo coja con la boca. Un dado  indicará el número de metros en los que tiene que situarse el esclavo y el otro dado, hará referencia al número de besos o latigazos que tendrá como premio o castigo según consiga coger o no, el fruto seco. Obviamente cuando sale un número alto, el animal está lejos de mí, por lo que el fallo es casi seguro.

                  Disfruto enormemente viendo la dificultad que tiene atrapar la nuez con sus manos en la espalda. Sé que mi mascota no es especialmente masoquista, por lo que pone todo su empeño y esfuerzo en coger la deliciosa nuez pecana con la boca para evitar el castigo .

                 En uno de los intentos se tropieza, no puedo evitar sonreír. Veo como también se ríe el esclavo mayordomo. Ese es un grave error, ya que sólo yo puedo reírme de mis esclavos. Le ordeno que se arrodille ante mí, y aunque me suplica piedad, procedo a azotarle con el látigo hasta que sus desnudas nalgas están completamente rojas. 

                  Cuando ya me he cansado del juego, cojo al esclavo mayordomo de la correa y le digo que bese el fino tacón de mis sandalias mientras nos vamos dirigiendo de nuevo a mi habitación. Le sugiero que me ayude a desnudarme, la visión de mi cuerpo desnudo hace que su miembro se ponga eréctil, obviamente yo sé que eso es inevitable, pero como no le he dado permiso para ello, procedo a darle unos pequeños golpes con la punta de la sandalia en su altivo sexo. 

                  Abro el enorme vestidor y elijo un traje de amazona. Ordeno a mi sirviente que me ayude a ponerme unas botas de charol negro con tacón de apenas 13 centímetros, junto a unas espuelas de aspecto nada sugerente.

                  Veo que las botas tienen algún pequeño rastro de barro, por lo que le indico que proceda a limpiarlas, con la lengua, claro; mientras le azoto por haber tenido tan grave descuido. La educación es la educación.

                  Estamos nuevamente al salón. Mi animal de rodillas para poder montarme en sus hombros, aprieto mis muslos contra sus mejillas, no vaya a olvidar quien tiene el control y le guío para que nos dirijamos hacia la casita que hay en el exterior dedicada únicamente a todo lo relacionado con la doma ecuestre. Mientras, el sirviente nos va siguiendo con la bandeja, por si en cualquier momento me apetece tomar un sorbo de champagne o morir de placer con un pedacito de chocolate negro en mi boca.

                  Una vez en la recién estrenada casita, elijo una de las diferentes monturas que hay y unas bridas, ordeno al sirviente que se las coloque a mi animal.  Yo mientras tanto escojo una de las fustas. Cuando está listo el caballo humano, tiro de las bridas y le invito a seguirme de rodillas hacia el exterior donde tengo preparada  una pequeña pista de equitación para la doma de caballos humanos.

                  La pista tiene diferentes obstáculos como barras para saltar por encima, setos y fosos de agua con la longitud adecuada para poder ser salvados por un caballo humano. 

                  Monto en mi caballo adoptando una posición en la cual estoy cómoda, esto hace emitir un pequeño gemido de placer a mi animal. Con un ligero toque de mis espuelas en su trasero, le hago avanzar lentamente para que haga un reconocimiento visual del trazado, cuando considero que es suficiente ordeno al sirviente que le ponga un antifaz en los ojos para que no pueda ver demasiado.

                  Meses de adiestramiento con mis espuelas y fusta han hecho que mi animal trote, corra o salte a la velocidad o longitud que yo desee.

                  Comenzamos el circuito mientras el sirviente cronometra el tiempo que tardamos en completar el recorrido. Como en cualquier competición ecuestre el derribo de los obstáculos o el pasarse del tiempo establecido, penaliza. La diferencia es que en nuestro caso, la penalización conlleva un merecido castigo.

                  La velocidad a la que quiero que vaya mi animal la marcan mis espuelas, un toque es ir despacio, dos toque es ir rápido y tres toques es ir a toda velocidad. Si quiero que haga un salto vertical es un delicado golpe de fusta en su lado derecho, de mayor o menor intensidad según la altura del salto y si deseo que haga un salto hacia delante es un golpe en su trasero, con el mismo sistema de intensidad.

                  Disfruto del control total que tengo sobre mi animal, adoro ver como pone todo su esfuerzo en pasar los obstáculos mientras su respiración se hace cada vez más jadeante por el esfuerzo efectuado y por el bocado que lleva en la boca impidiéndole respirar con facilidad.

                  Hacemos varias veces el recorrido hasta que noto que a mi animal le empiezan a temblar las piernas. Algunas veces le invito a parar, pero otras me gusta llevarle hasta el límite total; en estos casos cuando mi animal ya no puede más, se cae de rodillas aunque por supuesto con gran cuidado para que mi posición no se vea alterada lo más mínimo.

                  Una vez que hemos acabado, el esclavo mayordomo, hace recuento de los obstáculos derribados y del tiempo realizado. Obviamente yo siempre dispongo como han de situarse los obstáculos, de forma que el animal siempre derribe algunos para así poderle infligirle el correspondiente castigo.

Irremediablemente el juego finaliza con mis labios rojos impresos en su hambrienta boca.

 

Pd: Gracias por la inspiración.

 

 

 

 

 

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J’caresse le monde. J’meurs dans un cauchemar exotique.

Él recibió un mail donde le invitaban a dirigirse a la habitación de cierto hotel. Allí debería buscar un sobre rojo y leer su interior.

-Conociéndola, ese sobre estaría en el rincón más insospechado- pensó él, impaciente ya.

Sobre la cama de sabanas blancas, ella depositó un paquete que él abriría tras leer las instrucciones para seguir después cada paso con esmero.

Ella sabía que él se esforzaría en el intento de satisfacerla, sabía que él era de esos que se atreven a vivir volando, valientes y entregados.

Pero esta vez…este juego….

A la hora indicada, él se presentó en la habitación , cerró la puerta y con toda la calma del mundo se dispuso a descifrar su mensaje.

-Me gustaría que te vistieras con el uniforme que te dejo en esta caja, dentro también verás tú ropa interior, un tenga negro de encaje y unos zapatos de tacón mediano.

Minutos después apareció ella. Elegante, con un pequeño short negro y una camisa blanca. Unas preciosas sandalias negras con suela roja y unas gafas negras con borde rosado.

Pudo observarle perfectamente ataviado con el uniforme de Sisi que ella le habría escogido con tanto cariño.

Apenas podía mantenerse erguido con los tacones, pero ella le sujetó de la mano y le dijo que si quería, podría hacerlo.

Ella le tapó los ojos con un pañuelo negro de seda. Pudo notar su excitación tan sólo con escucharle respirar.

Confías en mi?-le susurró al oído.

Siempre- contestó él.

Lo besó suave y lento.

Que rico besas- musitó él.

Ella sacó una correa bien larga de su bolso negro y rodeó su cuello con ella.

-No tengas miedo en ningún momento. De un modo u otro voy a estar a tu lado cada instante.- volvió a susurrarle muy lentamente.

Él tragó saliva. Respiró.

Ella dirigió su mano por debajo del mini uniforme de él para comprobar que llevaba el pequeño tanga de encaje y pudo palpar su excitación.

Apretó.

Fuerte.

Más aún.

Su excitación rezaba por salir de la ropa interior.

-Ya no te hará falta-y en un ligero gesto, le quitó la lencería.

Ella cogió la correa y le dirigió hacia la puerta de la habitación.

Él titubeó.

Ella le besó.

Rápido.

Profundo.

Y luego el vacío que deja una boca al abandonar.

Cerró la puerta.

-Hoy voy a saber si estás a la altura de mis exigencias. Te ataré frente a la puerta y me esperarás, tarde lo que tarde.

Llevarás estos cascos inalámbricos y este móvil que dejo en tu bolsillo.

En algún momento te llamaré, cogerás la llamada y seguirás fielmente mis indicaciones-le indicó con firmeza y dulzura.

Ella pasó su lengua por sus labios semi abiertos y se despidió.

El pasillo del hotel era largo, las habitaciones pareciera que se multiplicaban. Era un mes de verano y el trasiego de pasos estaría asegurado.

Pasó tiempo. Minutos, vidas, a saber quién lo calcula en momentos así.

Llamó y él contestó expectante.

Ella le indicó que se pusiera de rodillas.

-Quiero verte a cuatro. A cuatro metros de mi. Me gustaría verte expuesto. Vulnerable , seductor, frágil y sobre todo saberte mío.

Aunque escuches pasos, voces, murmullos no les des importancia. Estamos solos tu y yo.

Tal vez quieran tocarte, usarte , hasta poseerte, te dará igual. Eres de mi propiedad y eso es lo importante.-

Colgó.

Él temblaba. Miedo y deseo a pares.

Qué podía más?

Y la relatividad del tiempo.

Y el tiempo circular y todo lo demás.

Otra llamada.

-Te excita esta situación?-le preguntó ella al otro lado de la línea.

-Mucho-casi respondió él.

-Sabes, hay que ganarse el placer. Quiero que te levantes el uniforme y dejes tus nalgas al aire.-

-Alguien se atrevió a tocarte? -ella le hablaba, le interrogaba pero no le interesaba su respuesta.

-Imagina que en este instante un grupo de amigas pasa por tu lado. Puedes sentir sus tacones y sus risas. Se acercan a ti. Te observan con curiosidad, como si de un objeto se tratara, te miran, te tocan. Deciden usarte para su placer.

Tal vez la chica de pelo rizado decida llevar la punta de su zapato a tus nalgas desnudas, o luego prefiera clavarlo ligeramente en tus testículos.

Y tú tal vez gimas, y ella entonces te dé una bofetada porque no desee escucharte.

Imagina que la amiga de pelo largo y rubio se sitúa frente a ti, levanta su corto vestido de flores y dirige tu cabeza y boca hacia su sexo. Seguro que tú, sabrías lo que ella esperaría de ti.

Por un momento, solo por este único momento imagina que la tercera amiga, la de gafas de pasta quisiera comprobar el material y tras acariciar tu polla con fuerza querría después saber de tu resistencia.

Entonces untaría sus manos de saliva con sabor a carmín y las dirigiría hacia tu miembro que a esas alturas se moriría ya por reventar presentes. Ella te exigiría que te corrieras entre sus dedos una vez y otra y otra más..

Sabes que lo harías.Su sed merecería ser calmada de la mejor manera.

Puedes sentir el calor de sus dedos?-le preguntó ella desde la enorme distancia que supone un móvil en ciertas ocasiones.

Él balbuceó aturdido, extasiado.

-Me posees desde la distancia- pensó, pero no se atrevió a decírselo.

Sigue así. Volveré a por ti en breve.

Ahora tengo que colgar…

 

 

 

Educar a alguien no es hacerle aprender algo que no sabía, sino hacer de él alguien que no existía”.

 

 

 

 

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Multiplícame.

Que tienes urgencia por verme.
Necesidad de olerme.
Maldita esta distancia de sentirme.
Que abogas por la impaciencia.
Que agito el mar de tus ansiedades.
¿Acaso no te enseñé sobre el arte de la espera?
Cuando te ataba entre lazos y cadenas a golpes de besos encubiertos y caricias con sabor a fusta, te estaba induciendo a la calma lenta.
Cuando desaparecía horas, y tú me esperabas de pié, desnudo, escuchando algún blues con olor a tabaco, y yo reaparecía con mi sonido a tacón alto y te desataba, ¿acaso no te estaba enseñando sobre el placer de la recompensa?
Y cuando el nivel subió y los minutos dentro de una jaula, fueron horas con sus segundos a veces interminables, ¿acaso no notaste que durante ese tiempo podías sentirme más cerca aún?

Puedo estar en ti de muchos modos.
Solo respira y espera.
Respira y me notarás en el aire que entra a través de tu jadeante boca.
Aspira fuerte y méteme dentro de ti.
Cierra los ojos. Mi voz llegará en un soplo hasta tu piel.
Cuando me leas, yo estaré ahí junto a ti, hecha de sabores, y color.
De aromas.
De excesos.

Cada palabra sobre el papel llevará mi nombre atravesando tu cuerpo, introduciéndose a fondo como ya lo hiciera antes de otros modos.
¿Puedes sentirlo en este fugaz instante?
Lento.
Húmedo
Profundo.
Ese oscuro deseo de devorar y ser devorado…

 

«No dejaremos de explorar, y el final de la exploración será llegar al punto de partida y conocer el sitio por primera vez»
(T.S.Eliot)

 

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La voix que j’aime.

 

Vos, mi lógica cartesiana.

Mi constructo menos reducido.

Mi logaritmo deseado.

La probabilidad más exacta.

Mi estadística más certera.

Llegas con tu piel convertida en formula imposible.

Te digo que penetres mis incógnitas y lo haces a golpe de variables.

Fuertes.

Seguras.

Progresas geométricamente y lo celebro vertiéndome en tu boca.

Te lleno.

Te vas, llenando el espacio de infinitos, aunque sé que volveré a tocarte

y no hablo de la piel.

Regresas aleatoriamente y todos mis ángulos lo celebran.

Vos, mi axioma más excitante.

Coordéname bien dentro. O desordena todo.

Sé mi binomio más exacto,

sin asimetrías que te alejen de mi boca.

 

 

«No se puede llegar al alba sino por el sendero de la noche»

(Khalil Gibran)

 

 

 

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La realidad no nos basta…

…aspiramos a la posibilidad.

 

 

-¿Confías en mí?- le pregunté.

-A ciegas- me contestó.

Y salimos rumbo hacia algún lugar.

Esta vez conduciría yo, él fue en todo momento con un antifaz sobre sus ojos y la calma por aliada.

No me preguntó nada, mejor así.

Nos dirigimos hacia un enorme parque donde según la hora del día solía haber más o menos gente. Aunque nosotros no iríamos de día precisamente.

Sobre las 20h en pleno mes de febrero iba conduciendo mi coche negro con un vestido recién estrenado en tonos verdes, corto y muy vaporoso, en los pies unas botas negras altas.

Él, a mi lado respirando algo agitado y sin pronunciar palabra.

Tras unos minutos breves para mí y muy seguramente infinitos para él, llegamos.

Aparqué y nos bajamos. Él se había vestido para la ocasión como le indiqué. Traje de chaqueta, camisa blanca y nada de corbata. Elegante y cómodo. Esa era la idea, y así lo hizo.

Ya era  de noche y no se veía demasiado movimiento. Una terraza con las luces aún encendidas anunciando que en breve cerrarían y nos dejarían un poco más a oscuras.

Un parque casi vacío y algunos ciclistas rezagados que ya estaban seguramente de vuelta a sus casas.

-Ven, sígueme- indique suavemente.

Con los ojos tapados, le coloqué con mucha dulzura una cuerda negra en su cuello de tal modo que podría guiarle sin temor a que se tropezara.

Me adelanté unos pasos y fui adentrándome en la arboleda infinita del parque.

Olía a excitación, a noche abierta, a su perfume, a mis ganas de experimentarle …

Un poco más adentro aún y unos minutos más tarde  ya estábamos justo donde quería estar que era sin duda el lugar ideal.

-Inspira, disfruta de este olor- le indiqué.

Le quité la cuerda del cuello, le acerqué hacia un robusto árbol y le observé.

Sus labios reflejaban una mezcla de emociones, calma aparente, confianza, temor , excitación…

-Y ahora siente este otro olor- volví a decirle.

Acerque mi cuello hacia su nariz, y mi boca a la suya. Humedecí sus labios, los mordí sutilmente, volví a pasar la lengua por ellos, como queriendo curarlos tras la sacudida de mis dientes y le besé.

Boca con sabor a menta y a ganas. De esto, de mi juego y de todos mis deseos de los que él era ya el protagonista desde hacía tiempo.

Saqué una cuerda más fuerte y larga de mi bolso y la utilicé para amarrarle al árbol  de tal modo que no pudiera ni moverse, ni apenas usar sus manos para nada. La cabeza apoyada sobre el árbol, los labios entre abiertos, la noche cada vez mas cerrada y el sonido de las ramas de los arboles cerca de nosotros. Todo era perfecto.

-Ahora vuelvo-le susurré.

Tembló. Quiso decir algo y me adelanté.

Me quité el tanga, negro  de encaje, se lo metí en su ansiosa boca y para asegurarme que permanecería en el mismo lugar tras mi paseo por el parque, lo amordacé con una cinta adhesiva también.

Y me fui de su lado.

Aunque permanecí allí de algún modo, tal y como le dije.

Me alejaba mientras le iba observando.

Solo, sin hablar, sin ver, sin moverse.

Me excitaba su confianza y su entrega.

Según me iba distanciando más, él se perdía junto a la sutil niebla y mis ganas de regresar a su lado aumentaban. Aún así me demoré.

Regresé y ahí seguía . Valiente. Paciente.

Liberé su boca y una de sus manos.

Toqué lentamente su entrepierna y pude notar su excitación, le apreté  para después bajarle la cremallera y regalarle una pequeña dosis de libertad.

Suspiró.

Las ataduras apenas le permitían mover su mano derecha, igualmente le ordené que se acariciara para mí.

Otro suspiro. Siguió mis indicaciones mientras su boca hacia una ligera mueca de placer adelantado.

-No te emociones- le dije.

Y allí estaba él, en mitad del infinito parque cubierto de esa misteriosa niebla, apenas solos, que bien…solos. Y dispuestos a llenarnos de sensaciones.

-Para- le ordené.

Volvi a besarle, esta vez más húmedamente.

Me alejé de su boca y le invité a repetir el mismo proceso.

-Acaríciate muy lentamente, demorándote en cada  pequeño movimiento, vas a estar así hasta que yo te lo diga-

-Como tú digas- acertó a contestar.

Su miembro deseando verterse entre sus dedos, él retorciéndose ligeramente sobre las cuerdas, sus labios mas abiertos aún y la lluvia queriendo unirse a nosotros.

-Calma, tenemos toda la noche- le susurré al oído.

El viento iba acariciando mi pelo.

La lluvia queriendo unirse a nuestro pequeño juego y los ruidos misteriosos de algunas ramas que a veces conseguían inquietarle. Más aún.

-¿Estamos solos? – me preguntaba un poco impaciente.

-Confía en mí- me limité a contestarle.

-Acelera el ritmo- le ordené esta vez más tajantemente.

Lo hizo.

Me acerqué y abrí su camisa blanca que ocultaba sus perfectos pectorales desde hacia unas horas ya.

Pasé mi lengua por sus pezones, como preparándolos para lo que vendía después y tras unos instantes los apreté. Mordí cada pequeño centímetro y me recreé  en su quejido placentero que empezaba a ser la banda sonora del parque.

-Córrete para mí- volví a ordenarle.

Y aunque el movimiento de su mano era torpe porque apenas tenia capacidad de maniobra, se esforzó en complacerme.

Agilizó el ritmo. Su respiración estaba acompasada a su mano. Mis dedos sustituyendo los pequeños mordiscos y él, que apenas podía aguantar más ya.

-Pronuncia mi nombre- le dije.

-No puedo más- alcanzó a balbucear.

-No puedas más- le contesté.

Y tras unas ágiles sacudidas se derramó sobre sus dedos. Gritó mi nombre al viento y las ramas de los arboles que en esta noche actuaban de testigos , nos aplaudieron mitad exhaustas, mitad deseosas de ser piel en la próxima reencarnación.

Dosis en vena de vida fugaz.

Eternidad efímera.

Le liberé. Le besé.

-Vuelve andando, tengo prisa- le dije.

Y me fui.

Sonriendo.

 

«Eres responsable para siempre de lo que has domesticado»

(El principito)

 

 

 

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