Pon tus coordenadas en otro universo.

Queridos y fieles súbditos. A partir de Octubre ya no estaré en Madrid y aunque nunca digas nunca jamás, dudo que regrese. Aún así…no os dejo huérfanos, como me dijo alguien hace poco:)

Seguiré realizando sesiones de manera telefónica o con video llamada. No es lo mismo, pero casi casi.

Preguntadme y os doy los detalles.

Os beso.

Revolcándonos de canción en canción, de risa en risa. Le tenia desnudo debajo de mí con sus muñecas sujetas por mis manos. Le besaba.

Le mordía.

Arañaba su libertad mientras él susurraba con restos de mí, aún en su boca: «Eres como una artista pintando sobre un lienzo, el lienzo es mi piel.

Garabateas lento, me respiras, te siento.

Ven y lléname de tu sudor, cúbreme con tintas y olores que derramen placer y luego déjame si quieres.

Pero sobre todo, no muevas así las caderas, que te sigo hasta la muerte y mucho más allá.»

Copyright©L.S.22

Entre rimas y risas anda el juego.

Juro que hay poetas en esta orbita y están entre nosotros.

Con un poco de suerte un buen día uno de ellos te escribe un mail y te hace llegar una de sus
rimas. Y yo, aspirante a poetisa voy y pervierto sus letras, quedando al final
algo como esto:

…»Ella hace magia con las
palabras, bailan sobre mí, se me enredan en las ramas.

Crecen en el intento y penetran en mis raíces,

como cuando cogió aquél consolador y sin mediar palabra me folló.

Y no falló.

Exhausto clamé al cielo, ¿quién era yo antes de esta rendición?

Juega con mi impaciencia, casi igual que lo hace con mis pezones cuando
libre de vergüenza se los ofrezco y ella los corona con agujas, pinzas y otras
delicias.

Ella es barricada y puente abierto.

Bocanada de aire y bofetada de placer.

Sus palabras se contonean en murmullos insolentes y se clavan cuando en
noches de insomnio, otros libros, otras letras me alejan de sus alas.

Ella es abrigo y desierto,

manantial viscoso que a veces acorrala mi voluntad,

como cuando se adueña de mi miembro, lo enjaula por días

y se regala la llave de mi libertad.

Canción y acierto.

Rima y tortura,

cabalga de nuevo, salta por la azotea

y perfora esta espera…»

Copyright©L.S.22

A veces el universo es aquí y ahora.

A ver niño, lo has hecho bien, tu boca a estado a la altura de mis húmedos deseos. Las gotas resbalando por mis piernas han sido testigo de ello. Tu lengua puede darse por felicitada. 

Solo un fallo tuvo esta sesión, el desastre de la cisterna estropeada, el agua cortada como medida preventiva hasta que el fontanero, espero que fornido y atractivo, se dignase a pasar por mi estudio.

Así qué…

-Vayamos a la piscina. Déjate el plug puesto-te indiqué.

Te presté un bañador y sin más, bajamos a la piscina de la urbanización.

Me puse mi último bikini, comprado a capricho. Negro, muy pequeñito. Las uñas rojas bailaban en un equilibrio perfecto con las sandalias, negras también. El césped nos esperaba algo frio con anhelo y rubor. El socorrista aplaudió la valentía de ver como sumergíamos nuestros cuerpos a pesar de la tarde nublada, para satisfacción de mis sentidos.

Permití al agua acariciar mis muslos, los mismos que minutos antes chorreaban de placer mientras tú nadabas como podías con ese plug que te perseguiría varias horas más.

Bien por ti, pudiste hacerlo sin que se saliera.

Quise premiarte.

Desde la profundidad de la piscina mi pie buscó tu miembro escondido tras el bañador de tonos azules.

Te sorprendiste. Te gustó.

-Demasiada tela-pensé.

Te quité la prenda. Pocos vecinos, mejor.

Ahora sí, mi pie acariciaba tu sexo lentamente mientras el agua mecía mis intenciones. 

Tu excitación y mi sonrisa. Quise agitar al viento.

-Quiero que beses mis pies- te susurré.

Asentiste.

Sali de la piscina sinuosamente con tu bañador en la mano, muy a tu pesar.

Tuviste que salir, así, desnudo.

2 vecinas mayores y el socorrista, no había demasiado público. Me regalé a la parsimonia del césped y al placer de la tierra tras el agua, mientras tú buscabas la postura más cómoda para lamer uno a uno mis deditos.

Parecías hambriento, lo hacías bonito y sabroso. El calor de tu boca en mis empeines, mientras mis piernas inquietas buscaban tu miembro, aún desnudo.

Lo apreté con la fuerza de mis pies, lo estrujé, quiso escapar por un instante. Demasiada tensión y demasiado público, pensaste seguramente.

Comencé a mecerlo dulcemente, arriba y abajo. Suave. 

Me mirabas suplicante. Te sonreí mientras negaba con la cabeza tus peticiones mudas.

Agitación. El ritmo subió, desee romperte la vergüenza ahí mismo.

Tú de rodillas, yo tumbada sobre el césped. No sé si me provocó más placer tu rostro sonrojado por la timidez o comprobar como tu sexo crecía de manera desenfrenada a pesar de ti.

-Grita- te dije, deleitándome en cada palabra.

Estabas a punto de estallar, no querías. Yo sí.

Más nivel.

Más rapidez.

Sin piedad.

Y fue.

Te me derretiste sobre los dedos, gritaste mi nombre mientras caías abatido sobre la hierba, el rojo de las uñas se transformó en blanco. El sol nos aplaudió. 

De el resto no me acuerdo.

“Hay palabras endiosadas y endemoniadas,

otras están enduendadas.

O humanizadas.

Todas están pervesamente encantadas.”

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La rendición (III)

…Pasaron semanas desde su llegada a mi santuario cuando por fin, no solo entendió su destino, si no que comenzó a amarlo.

La vida en el haren no era difícil, solo exigente. Todo debía estar a mi gusto. Mis deseos colmados y todas y cada una de mis necesidades cubiertas, de cualquier ámbito y en cualquier materia. Aquí podría surgir la complicación para un solo esclavo, por eso contaba desde hacia días con 11. El número ideal.

La primera semana de aprendizaje fue dura para el novato, suele ocurrir, por eso durmió 7 noches seguidas encerrado en la jaula, como aún así necesitó más disciplina las mañanas se las pasó encadenado y desnudo dentro de la mullida jaula negra. De vez en cuando yo pasaba a vigilarle, a cuidarle, a mimarle. Le ofrecía mis pies descalzos de uñas rojas para que los besara. Le regalaba agua y otras deliciosas bebidas directamente de mi boca. Él las acogía con ansia y gratitud.

Comió de mis manos cuando yo consideré que tenía hambre y mis sumisas limpiaron su boca momentos después. Deliciosos manjares cubrían mi mesa y no quise que nada le faltara a pesar de su encierro.

Su ansia en lugar de apaciguarse iba in crescendo. Le dije que tenía que ser paciente en todo momento.

-Recibes lo que esperas, cuando dejas de esperar.- Le susurré mientras me agachaba, acariciando los barrotes de acero. Busque sus gruesos labios, los mordisqueé. Me gustó. Lo besé. Sabía tan rico. Mezcla de deseo y desespero.

Me gustaban todas sus formas de mirarme, sin duda era uno de mis esclavos más atractivos.

Quería ver cómo se movía en la intimidad antes de catarle, así que avise a una de mis chicas.

Se preparó según mis indicaciones. Con tiempo. Dispuesta a buscar el delirio y la locura de mi novato.

Un baño repleto de esencias y aceites, perfume de jazmín. La maquillaron, la peinaron, y con la piel desnuda y descalza se presento ante mí. La cubrí con unas telas transparentes, recogí su larga cabellera rubia y cuando estuvo perfecta la dirigí hacia el enjaulado.

Volví a agacharme en busca de su rostro y mirándole a sus ojos oscuros de infinitas pestañas le dije: -Demuéstrale a ella como te gustaría poseerme a mi.- Le cubrí de saliva para que me retuviera en su boca un tiempo indefinido más y abrí el cerrojo que le aislaba del exterior.

Desnudo, excitado. Su piel sonreía, seguramente sus músculos también. Volvía a ponerse en pié después de varios días de encierro.

Le sonreí y me alejé dispuesta a observarle sin que él pudiera verme.

…(continuará)

«Sans douloir le plaisir est moins vit.

Patiente, patiente.»

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Ah, el sórdido y viscoso templo de lo humano.(I)

Un día cualquiera sale usted a la calle, un coche se para a su lado y su vida ya no vuelve a ser la misma.

Así comienza la historia de mi último súbdito.

Llevaba tiempo observando su caminar desde la ventana de mi despacho. Atractivo, alto y esa ligera barba adornando su rostro. Vestía de negro, lucía una gorra que le daba un toque de lo más personal. Gafas de sol y unos andares que ni el felino mas sofisticado de la sabana.

Tengo imaginación y recursos, así que no lo dilaté demasiado en el espacio tiempo.

A los pocos días parte de mi séquito femenino se encargó de la operación.

Salieron a la calle enfundadas en un catsuit negro de latex, zapatos de tacón y carmín rojo. Cogieron el coche que les indiqué, un Audi ultimo modelo. Muy adecuado para la ocasión. Fueron las 3, Elsa la pelirroja más obediente que he conocido, Lina, mi esclava más antigua y Berta de ojos claros y melena rubia al viento.

La misión estaba clara, todo debía salir según lo convenido por mí. Ellas harían todo lo posible para que así fuera. Yo sabía a qué hora pasaba por aquella calle tan poco concurrida, normalmente iba solo así que no debía suceder ningún inconveniente en el pequeño secuestro.

A la hora esperada mis chicas estaban aguardando dentro del coche, cuando le vieron, desplegaron todo el dispositivo, a la par que sus armas de seducción masiva. Berta bajó del coche, hizo el papel de rubia despistada, le preguntó por no sé que calle y cuando él con toda su amabilidad se dispuso a ayudarla, mis otras dos chicas bajaron prestas. Una le puso un antifaz en los ojos y la otra le esposó las manos con dulzura y firmeza.

-Metete en el coche, te llevamos a un lugar muy especial.- le susurró Berta al asustado desconocido.

Él no forcejeó, tampoco hubiese podido. El encanto de mis sumisas actuó justo como yo esperaba.

Qué lejos estaba de entender que acababa de tropezar con la luz de su destino.

Situado en la parte trasera junto a Lina y Elsa, aguardó en silencio hasta que su impaciencia se desató y comenzó el revuelo de preguntas.

-¿Qué es esto? –

-¿Dónde me lleváis?-

-Creo que os equivocáis de persona- sus dudas y su ansiedad iban oscureciendo el ambiente más de lo deseado.

Menos mal, que para eso también había un plan. Ellas sabían cómo debían actuar para relajarle.

-Todo está perfectamente controlado-le susurró Elsa mientras le iba mordisqueando la oreja. Entonces, Lina llevo sus manos de uñas afiladas a la entrepierna del atractivo secuestrado. Palpó su sexo, le bajo suavemente la cremallera del pantalón oscuro y comprobó que pese a su inquietud, la excitación iba increscendo.

Y allí estaba él. Dividido entre el instinto de escapar y el deseo de rendirse.

Esto me gusta Elsa, mira que dura está- comentaba entre pequeñas risas a su compañera.

Le quitaron el antifaz. Ellas comenzaron a comerse la boca. Literalmente. En un principio fueron los besos mezclando carmines y olores a jazmín, pasados unos segundos sus bocas quisieron saciar la sed de varias vidas pasadas a juzgar por el ansia con la que se devoraban ante la atónita mirada de mi secuestrado de turno. Las manos de ambas no se retiraron en ningún momento de la entrepierna de él.

Miedo y deseo.

Tensión en su cuerpo. Los ojos hirviendo. Comenzaba a entender que no tenía más opción que ir hasta el fondo de lo que fuera que le iba a ocurrir en ese día.

Respiró.

Las lenguas enlazadas de las chicas se acercaron a su boca entreabierta.

-Mejor así- murmuraba para sí la conductora.

En una perfecta anatomía del placer, las lenguas se dispusieron a bailar en una armoniosa triada.

Un fallo en el aire, al querer movilizar sus manos, mi rehén se lastimó una muñeca. Elsa aflojó las esposas.

-Quítamelas, por favor-murmuró él, en un intento de que el lenguaje crease realidades.

Elsa le miró. El discurso estaba dicho.

Para equilibrar rudezas Lina desabrochó el ajustado traje de la pelirroja dejando al descubierto su exuberante pecho que lucia libre y desnudo. Elsa suspiró.

El deseo corriendo por las arterias de las calles sin nombre.

Las manos se convirtieron en labios, los pezones de Lina agradecieron inmediatamente la carnosidad de esa boca que tanto conocía.

-Ahora tú- sonrió incitando al atractivo reo.

Y donde un día hubo nervios e interrogantes, ahora fluía la intención. El instante.

Su boca sumergida en el jardín de las delicias de esos pechos que le tenían preso, esposado sin derecho a replica, sin saber qué sería de él.

Se escurría entre ellos, se diluía. Como el tiempo. Ninguno de los 3 seguramente se dieron cuenta de los 75 minutos que habían transcurrido entre euforias de abismos y manos desordenadas.

-Hemos llegado- dijo la conductora cortando el aliento al invitado del asiento de atrás.

El antifaz regresó a su rostro.

La oscuridad y esperar.

La oscuridad y olvidar.

(…continuará)

Copyright©L.S.22

Un sueño muy lúcido.

Ella quiso regalarle algo muy especial por su cumpleaños. 38 años no se cumplían todos los días.

Aprovechó su ultimo viaje a U.K. para hacerse con deliciosas maldades que tal vez compartiría con él cuando llegase el momento adecuado, si llegaba. Pero esto sí, estas gafas de realidad especial eran exclusivas para él.

¿En qué consistían? El dueño de las mismas, previo registro de datos y huellas dactilares, podría programar sus sueños y una vez conseguido convertirlos en lúcidos, o sea sería consciente de que estaba soñando, estaría viviendo una realidad diferente cargada de las más deliciosas fantasías, fetiches y perversiones variadas. Podría hacer y deshacer a su antojo. Lo mejor, al despertar recordaría todo lo vivido en el sueño.

¿Por qué pensó que le gustaría este detalle a su chico? Porque él era fanático de estos temas, hace poco había realizado unos cursos sobre viajes astrales y casi a diario intentaba hacer prácticas nocturnas para conseguir auto explorarse y explorar de modos diferentes.

Llegó el día. Ella tenía guardia esa noche, por lo que no vería como comenzaba a usar las gafas.

Le besó, le deseó buen viaje astral y con todas las sonrisas del mundo en su rostro, cerró la puerta.

Él no tardó en adentrarse en el mundo nocturno con su inquietante regalo . Se acostó casi desnudo, un bóxer y poco más. Las 2 fundas nórdicas que cubrían la cama calentarían su cuerpo en este pre invierno madrileño.

Cuando ella llegó sobre las 7 de la mañana, él aún dormía.

Marta estaba agotada pero pudo más su curiosidad. Lo que no le había comentado a él, era la otra característica de este juguete, una segunda persona sin consentimiento de la primera podría ver e incluso participar en el último sueño del susodicho soñante.

Voyeaur que es una-pensó. Y sin más se desnudó. Apenas se dejó un tanga de encaje gris. La melena rubia calló sobre los almohadones negros y las sábanas que olían al perfume de él, la atraparon. El resto fue rendición. Se dejó sumergir en las profundidades de lo posible.

…Se encontraba en la calle, frente a un sex shop bastante sofisticado a juzgar por el escaparate. Pareciera que estuviese especializado en muñecos y muñecas de silicona, o en partes anatómicas con una reproducción de lo más exacta a la realidad.

Nada más entrar vio una suerte de medios cuerpos femeninos de silicona de lo más explícitos que parecían dispuestos para su uso sin previo aviso. Situados como en linea, en varios colores, tamaños y formas. A la izquierda varios miembros masculinos de silicona también de lo más variado por tamaño, grosor, color, posición.

La tienda estaba vacía, la luz era tenue y de fondo adivinó una sutil melodía de Billy Joel.

Se adentró a otro espacio separado por una especie de cortina casi transparente.

Lo que vio le pareció entre erótico, decadente y alternativo.

A la derecha cuerpos reales sustituían a los de silicona de hacía un momento. Varias mujeres desnudas, situadas en diferentes posiciones y listas para ser disfrutadas. La primera que observó estaba a cuatro patas desnuda, con zapatos de gran tacón negros y el cabello rojo y largo cubriendo casi toda la espalda. La siguiente, se encontraba de rodillas con las manos detrás de la espalda, llevaba botas altas y negras de infinito tacón y la boca de labios rojos abierta como esperando algo o a alguien. La tercera estaba tumbada hacia arriba con las manos y pies sujetos por unas esposas metálicas. Y así hasta unas 10.

Increíble-pensó. Todas estaban con la mejor de sus sonrisas, maquilladas con delicadeza y en su mirada un: -Ven y disfrútame.

Ella quiso jugar de verdad. A la izquierda de la sala vio que había espacio suficiente para poner una hilera de hombres reales, también desnudos y dispuestos a satisfacer el apetito de cualquier mujer u hombre que se acercara por el local. Así que, aprovechando que en eso consistía este regalo compartido, lo deseó y en menos de 2 segundos ahí estaban. 10 hombres de diferentes edades y características, desnudos, expuestos, que sin hablar gritaban con su cuerpo: -Ven, úsame a tu antojo.-

Comenzó a excitarse. No sabia si por la hilera de la derecha o por la de la izquierda. Deseó ver al dueño de la tienda.

Ya mismo.

Y ahí estaba su pareja.

¿Sorprendida?- le preguntó.

Ardiendo- le contestó ella.

-Necesito tomarte ya. Necesito sentirte dentro, no puedo aguantar más.- apenas alcanzaba a pronunciar estas palabras mientras le acariciaba las ganas con ardor de años de espera.

Mario se abalanzó sobre su cuerpo casi desnudo, le arrebató el mismo tanga gris con el que se había ido a la cama y la tumbó en el suelo. Los maniquís humanos parecieron excitarse ante tal imagen, inmóviles e inertes en sus posiciones iniciales respiraban agitados, algunos gemían. Ella abrió sus piernas dejando sus pies de uñas rojas sobre la espalda de su chico para que no se le escapara. Ansiaba tenerle dentro galopando, buscándola, encontrándola, perdiéndola de nuevo y volviendo a su inmensidad.

-¿A quien tengo en verdad entre mis muslos?- sintió ella mientras se aferraba a sus embestidas.

Él empujaba fuerte sin miedo a romperla, ella gritó mientras sujetaba su cabello rizado.

No pares- le pidió ella, mientras observó por un momento a esos 20 maniquíes sudando placer por cada poro de sus estáticos cuerpos.

-Vamos, lléname-le suplicó Marta, tiritando de puro éxtasis.

Y derramó sus ganas y su fuerza dentro de ella en un grito que se mezcló con el timbre de la inoportuna puerta.

El horario comercial empezaba y él debía atender a sus clientes.

Ella quedó en el suelo, agitada, conmovida mientras Mario, con la ropa aún a medio poner se disponía a abrir la puerta.

Hola Marta! ¿Qué haces por aquí?-

Era ella, su chica totalmente vestida y perfumada. ¿La misma que había dejado en el suelo hace unos segundos?

«Las novedades ocurren en las intersecciones»

Copyright©L.S.2021

Madrid.

Queridos navegantes:

Nueva y última temporada: desde el día 15 de este mes de noviembre estaré disponible en una nueva ubicación.

Ganas de veros y recordad:

-Sesiones Fetich. Pies, calzado, latex, cuero, ropa, lencería.

-Sesiones de Dominación erótica con un enfoque tántrico. Sensation play.

-Sesiones Clasic BDSM con niveles: iniciación_medio_alto. Ajustándome a tus necesidades y siempre con mi toque personal cargado de creatividad, erotismo y experiencia.

-Sesiones Sado medical. (Entre otras cosas he estudiado TCAE, solo tienes que fluir y confiar.)

Prácticas:

Cross dressing.

Goddess worship.

Sissy play.

Cosificación.

Infantilización.

Animalización. (Pony roller, etc)

Castidad.

Bisexualidad forzada.

Dominación 24*7.

Encierros.

Lluvia dorada.

Spitting.

Momificación parcial o total.

Exhibición exterior.

Erotic humiliation con diferentes escenarios.

Ruined orgasm

Teast and Denial.

Post torture.

Dilatación uretral.

Agujas. Pinzas. Juguetes eróticos.

Strappon.

Dominación física_ mental.

Bondage.

Spanking.

Nipple play.

Breath play.

Fetiches: Ropa, látex, cuero, lencería, medias, calzado.

Fetichismo de pies.

Privación sensorial.

Juegos de frio-calor.

Inmovilizaciones.

Electroestimulación.

Role play.

Etc.

Para sesiones físicas o virtuales, podéis contactarme por mail o teléfono.

PD:

Lo siento, pero no puedo tener sesiones contigo si no considero que puedo aportar en tu evolución y crecimiento dentro del mundo BDSM. Tras el primer contacto telefónico y posterior cuestionario escrito, seguro que ambos seremos conscientes de si la sesión se dará o no.

¿Ready to surrender?

Compórtate, o te ataré con lo que sobra.

Tumbada, desnuda sobre mi cama y sintiendo como el sol intentaba prolongarse en mi piel tuve una urgencia. Una sed que comenzó a invadir cada centímetro de la habitación, y el sol, mi amado sol dejó por un instante de ser el protagonista.

Voy a hacer un casting-pensé.

Un casting de esclavos, claro que sí. Fotografiaré a los elegidos, comprobaré en qué pueden ser buenos y útiles para mí. Me quedaré solo con los mejores y desecharé al resto. Voy a ponerles a prueba, tentarles, retarles.

La simple idea de convocarles y comenzar con las entrevistas me excitó.

Comprobaré quién es el que mejor satisface mis necesidades más intimas, quien puede organizar mi lencería con más detalle, o quien limpia mis zapatos con las manos, incluso con la lengua. Usaré sus cuerpos para mi comodidad. Seleccionaré al mejor esclavo que sea capaz de transformarse en un cómodo sillón en menos de un segundo, y quien dice sillón dice un cómodo reposapiés.

O una suave y mullida alfombra. Incluso un elegante y estático perchero donde colgar mis ideas y mis sombreros.

Según iba imaginando las escenas, mi desnudez hablaba sola, se mecía al ritmo de mi respiración cada vez más agitada. Y el sol, ese leal sol iba proyectando toda su lascivia sobre mí.

Vamos, dánzame lento- susurré al astro-aunque esta noche me consagre a la luna, en este instante soy toda tuya.

Y entonces mi imaginación siguió en un derroche de interrogantes e imágenes sin fin.

¿Quién será el que mejor lama suavemente los dedos de mis pies cuando regrese agotada del gimnasio?

¿Quién sustituirá mi clase de hípica cuando no pueda acudir y se transforme en un obediente poney de melena cobriza?

Y después de un cálido y espumoso baño caliente, quien será el que seque mi piel con tanta delicadeza como precisión?

O cuándo tan solo quiera un vino a medias, ¿qué boca abarcará el resto del líquido que de mis labios se irá deslizando?

El placer de la incognita…

Copyright©L.S.21

Caprichos.

Una necesidad, un encargo.

Un encargo, un pedido o un que sé yo y ahí estaban ellos, los fabulosos mensajeros a prueba de las inclemencias del tiempo.

Y de todos ellos, mi preferido. Un carioca de sonrisa eterna y mirada despistada. 

La última vez que llamó al timbre me pilló recién levantada, una camiseta de tirantes blanca y un breve pantalón a juego que tapaba lo justo y necesario como para parecer que llevaba algo de ropa.

Le abrí descalza, con el pelo revuelto y el café en la mano.

Sonrió, me dio los buenos días y me entregó mi pedido.

-No te esperaba hoy, creí que llegaba mañana el encargo.- le dije, aunque en verdad le estaba diciendo:

-No te esperaba, pero bienvenido eres, llames cuando llames.-

En cuanto cerré la puerta ya me las estaba ingeniando para volver a la fuente de los deseos y realizar otro encargo.

Para la siguiente ocasión también se presentó antes de lo acordado según los mensajes recibidos de la empresa.

Y ahí estaba yo, jugando con mi doncella particular. La estaba adiestrando en el arte del pulido de tacones. Ella llevaba un uniforme de trabajo negro cortito, con delantal blanco y una cofia a juego. Sonrisa en la boca y sumisión en su entrega.

Yo iba con lencería negra. Hacia calor y no quería más tela de la necesaria en mi piel. Un bonito body negro de encaje, abierto en la espalda, descalza y el pelo recogido en un moño alto.

El sobresalto del timbre me hizo pensar en mi vecina, hacia días que me insistía en quedar para tomar un café que había traído de su último viaje. 

Abrí la puerta convencida de su presencia, cuando el cuerpo carioca de camiseta ajustada me sorprendió.

El gesto de la entrega como puro formulismo, el no saber que decir después de la consecución de su misión.

El tiempo cayendo gota a gota. 

Sortilegio de seducción.

Pasaron silencios, mundos sin forma. Y ahí estábamos, en pié, mirándonos, sin decir nada. La palabra exacta, ¿donde está cuando se la necesita?.

El crujir de los minutos avivando la imprudencia.

-¿Quieres tomar algo frio?-he tenido salidas más originales, pero fueron las silabas que acerté a pronunciar.

Y pasó. Traspasó la puerta dejando un halo de tremendo perfume que sacudió mis feromonas instantáneamente.

Podría haberle ofrecido yo el vaso de agua, pero para eso estaba mi doncella. La llamé.

Maquillada, perfumada y cuidadosamente peinada apareció en escena con ese aire  andrógino en sus movimientos.

Bebió el agua.

Sonrió más relajadamente abriendo un mundo de posibilidades  a mi imaginación.

-¿Quieres jugar a un juego donde yo pongo las reglas?- le susurré acercándome a él.

-Te quiero a ti encima de mí- contestó, deshaciendo rubores.

-Eso tendrás si te lo ganas- le contesté, ya con total seguridad.

Hice un guiño a mi doncella, ella ya sabía lo que tenía que hacer.

Trajo un largo pañuelo negro de seda.

Me situé detrás del mensajero de vaquero explosivo y mientras iba envolviéndome en el olor que desprendía su nuca le fui vendando los ojos con suavidad y firmeza.

No se negó.

Más bien sonrió complacido, con la seguridad que da el saberse ya casi ganador de un juego cargado de infinitos.

-Antes de que tus labios me rocen, quiero comprobar como besas.- le dije.

Situé a mi doncella frente a su boca.

-Bésala- le indiqué.

Rumor de dioses en el aire. 

Un viento de quietud y deleite inmortalizaron ese instante.

-Suficiente-y pararon.

-Quiero besarte a ti- me dijo.

Preludio de intenciones.

-Ya he visto como baila tu lengua en otra boca, necesito comprobar como lo hace sobre la piel. Arrodíllate.

Mi fiel Georgine, que es más doncello que doncella estaba entrenada para esto y para mucho más. Aunque su físico después de los retoques resulta un poco andrógino, aún no sé si este galán de mirada oculta se percató de ello.

-Arodillate, quiero que des placer a mi sirvienta. Si me gusta como lo haces, tal vez después…tu boca…la mía…tu lengua.-

Y lo hizo.

Me gusta ver como un desconocido se torna en  intimo y moldeable compañero de dulces perversiones. La conexión convertida en magia.

Georgine se aproximó a su boca entre abierta, subió su vestidito corto, bajó el tanga negro y sacó su excitado miembro. 

Mi mensajero preferido entendió enseguida que debía abrir más su boca. Tragó saliva. Respiro y en un acto de valentía comenzó a comerse literalmente el miembro masculino que tal vez hoy, inauguraba su boca .

Deleite de los sentidos.

Orgia visual.

La noche latiendo en mis venas.

Voy a congelar las agujas del tiempo en este instante para profundizar en estos movimientos que ni las olas del mar podrían igualar.

Suficiente.

-Ahora quiero ver como te excitas para mí, como mantienes la llama y no te dejas vencer por ella.-

Suspiró.

Georgine sabia lo que tenía que hacer. Eran años ya de fiel adiestramiento. Se arrodilló frente  al brasileño de vaqueros visiblemente abultados.

Botones fuera, pantalón al suelo y la sorpresa de un miembro tan crecido como agradecido.

Movimientos lentos y suaves al principio, yo iba dirigiendo el ritmo con mis manos sobre la peluca negra de mi doncella. Marcaba la cadencia y  la intensidad conforme mis dedos se movían de un modo u otro.

Cuando lo estimaba conveniente un gesto mío servía para parar el deleite. Entonces el carioca hacia una mueca con su boca. Mezcla de alivio y de rabia.

Volvíamos a la noria sensorial de placeres y retiradas a tiempo.

Me acerqué al musculado trasero del aún sin nombre mensajero. Agarrándolo con fuerza le susurré:

-Qué bien estás haciendo todo.-

-Quiero sentirte- me respondió bajito.

Acaricié sus pectorales, su cuello. Introduje mis dedos en su  boca mientras Georgine seguía engullendo su enorme miembro.

-Aguanta, hazlo por mí.-Volví a susurrarle.

El momento del éxtasis define tanto a una persona, sus movimientos, sus gestos, sus gritos. La mirada. Las palabras…

Quise comprobar como era al romperse de placer fuera de mi.

-Y ahora, te me vas a ir justo cuando yo te lo diga- le indiqué besándolo con ganas  vestidas de  azul.

El ritmo de Georgine aumentó mecido por mis dedos, yo seguía apretando las nalgas del brasileño y como el tiempo solo tiene la realidad del instante, susurré a mi doncella:

-Abre bien la boca, déjate inundar.-

Y regalando una palmada bien fuerte en el trasero del mensajero pronuncié las palabras más deseadas para él en ese momento.

-Ahora, córrete para mí.-

Refinamiento último.

Perversión máxima.

Delirios de espuma blanca.

Aullidos de venas abiertas….

¿Qué si me gustó?

Lo habría devorado ahí mismo.

Copyright©L.S.21

“Cogí la oscuridad bebiendo de tu copa.

Cogí la oscuridad bebiendo de tu copa.

Dije: ¿ es contagioso?

Tú dijiste: Bébetela de un trago”

Siempre acabamos llegando a donde nos esperan.

Añoraba los paseos por aquellas largas avenidas  repletas de edificios de oficinas y de parques inabarcables. Deseaba volver a casa, a ese olor afrodisiaco que le regalaba la ciudad en pre otoño. Al asfalto, al rugir de las motos bajo sus tacones.

Cogió aire, cerró los ojos y allí estaba, en uno de sus rincones preferidos.

Quiso andar, llenarse de las sensaciones que la ciudad le iba regalando a modo de tórrido recibimiento.

Casi había olvidado como era subir en el metro , se olvidó del coche y tomó el metro ligero que estaba más cerca.

Subió al vagón. Sonrió. Vio alguna cara conocida. 

Se acomodó.

Cruzó sus piernas de vaqueros cortos y sandalias planas y se dispuso a escuchar su iPod. 

Le vio entrar. Le reconoció enseguida. Su memoria fotográfica era inmejorable.

Desde hacia meses él la seguía en instagram, su perfil era elegante con bonitas fotos de viajes y deportes que solía practicar.

Él últimamente se había armado de valor y en un acto de auto inmolación se atrevió a escribirla, no solo eso, si no que fue confesándola alguna, de sus de momento, imposibles fantasías eróticas. 

¿Fantasías?

Si solo fueran fantasías, podría dormir tranquilo por las noches, llamarían a su puerta de vez en cuando, aguardarían pacientemente su turno y cuando se sintiesen derrotadas se marcharían, sin más. Esto era algo más. Eran necesidades, era su esencia pidiendo a gritos salir, cobrar vida, ver mundo.

Él la escribía mensajes en su instagram, ella le contestó en pocas ocasiones aunque siempre le leía.

-Deseo ser tuyo.-

-Úsame.-

-Utilízame.-

-Humíllame.-

-Hazme saber a quien pertenezco.-

-Mándame.-

-Deseo lamerte. Entera. Llenarme de tu olor.-

-Imagino tus pies desnudos en mi boca. –

-Me muero por beberte.

Cositas así y otras mucho más detalladas.

Ella sonreía cada vez que las leía.

Sabia que eran casi vecinos por alguna de las imágenes que él había colgado. Normal que en algún momento, en algún centímetro cuadrado del universo acabaran coincidiendo, por necesidades o no, de un destino caprichoso, ávido de morbo y juego.

Yo juego . 

Tú juegas. Jugamos los dos.

Sigilosa, se puso sus gafas negras, se retocó el carmín rojo de los labios y se dirigió a su encuentro sin que él se diera apenas cuenta de la brisa que acompañaban sus pasos.

El estaba de pié haciendo que leía un periódico. En un lento y armonioso movimiento se  situó detrás.

-Arrodíllate frente a mi ahora mismo y besa los dedos de mis pies.-

Él se dio la vuelta.

Sorprendido. Inquieto. Excitado. Titubeó.

-Es una orden- reforzó ella en tono dulce y directo.

Lo hizo.

A ella le gustó. 

Le acarició el cabello como señal de aprobación.

Sin vergüenza, sin temor, sin pereza. Con devoción. Con obediencia. Tal y como a ella le gustaba.

Su cálida lengua repleta de interrogantes y erecciones comenzó a recorrer sus dedos de uñas rojas y sandalias aún veraniegas.

Instantes indefinidos y confusos después, ella le contuvo con otro gesto en su cabello y él supo que debía parar.

Elevó con sus manos el rostro de él y le preguntó:

-¿Verdad que deseas obedecerme?-

Asintió sin atreverse apenas a mirarla a los ojos, que para aquel entonces ya no se ocultaban tras las gafas de sol.

Ella no le preguntó, no hizo falta. Estaba segura de que él sabia. No fueron necesarias las presentaciones. Ni oportunas.

Ella humedeció alguno de los dedos de su mano derecha, de también alargadas uñas rojas, los untó del delicioso néctar de su saliva y se los ofreció a él. 

Arrodillado aún, los acogió con ansia y hambre atrasada.

Uno a uno los fue introduciendo en su boca de gruesos labios.

Primero uno, luego otro, después dos a la vez, tres…así hasta abarcar su boca entera.

-Buen chico- le susurraba ella a intervalos inconcretos.

Cuando se sintió casi saciada paró, se dirigió hacía su rostro y le besó. Se volvió a elevar y le ordenó que abriera su boca.

Ella le quiso ofrecer su último regalo antes de bajarse del vagón.

Gota a gota fueron cayendo alientos de una dulce saliva que él supo atrapar y saborear. Cuando ella frenaba el ritmo, él aguardaba con su boca abierta y paciencia aparente. Entonces ella volvía mientras sonreía satisfecha y orgullosa de su comportamiento.

-Y ahora sigue leyendo, puedes ponerte de pié ya.-

El quiso preguntarla, hablarla, agradecerla, pero ella desapareció con la misma rapidez y sigilo con el que había llegado.

Las puertas del vagón se abrieron. Demasiada gente en movimiento. Demasiado ruido. No pudo despedirse ni verla.

Al llegar a su casa comenzó a preguntarse si no lo habría imaginado en una suerte de micro sueño mientras intentaba leer el periódico en aquel vagón 

en una tarde cualquiera de finales de verano.

Privilegios de penumbra.

Se miró de casualidad en el espejo y comprobó que una sutil mancha de carmín aún lucia en su boca.

Respiró aliviado.

Tan aliviado como excitado.

Tan excitado como exhausto.

Tan él como nunca.

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“Serás quien yo quiera.

Haré de ti un ornamento de mi emoción puesta donde yo quiero,

 y como quiero, dentro de mi.

Contigo no tienes nada. 

No eres nadie, porque no eres consciente;

apenas vives...

La crueldad del dolor-gozar y sufrir,

por gozar la propia personalidad consubstanciada con el dolor.

El último refugio sincero del ansia de vivir y de la sed de gozar.”

( F. Pessoa)