Desde la incertidumbre del placer.

A las 12:30 de aquel viernes recibió un correo de ella con instrucciones:

“Vendrás esta tarde a las 19:00 h. Solo tienes que traer una caja pequeña de bombones y todas las ganas de servirme durante todo el fin de semana. Te esperan muchas sorpresas que serán de mi agrado”.

Según lo leyó un sudor frío recorrió su espalda y se tradujo en una inmediata erección súbitamente impedida por el acero de su cinturón de castidad.

Se le hizo eterna la jornada de trabajo y eso que los viernes terminaba a las 15:30. A esa hora salió y se dirigió a comprar la caja de bombones que sabía que a ella más le gustaría. Comió algo ligero e hizo tiempo curioseando en un centro comercial hasta que llegó la hora de dirigirse a su encuentro.

Un minuto antes de las 19:00 le puso un mensaje pidiendo permiso para subir. Ella le contestó que sí, que podía hacerlo y que llamase a la puerta  esperando de rodillas a un metro de la puerta, hasta que abriera.
Subió.
Llamó al timbre.

Se retiró un poco de la puerta y aguardó de rodillas.

Pasó un buen rato hasta que escuchó el sonido de unos tacones acercándose a la puerta. Acto seguido se abrió. Se puso en pie y entró. Ya dentro de la casa volvió a ponerse de rodillas y cogiendo la mano de ella, la besó con devoción.
Le entregó la caja de bombones y pidió permiso para hablar.

-“Me presento ante ti desprovisto de cualquier prejuicio, dispuesto a servirte como devoto esclavo tuyo que soy y deseando entregarme por completo a todas tus órdenes, deseos y caprichos”-

Ella sonrió y le hizo ponerse en pie, lo atrajo hacia sí, acarició sus labios con la lengua y le besó.

Vestía un vestido corto de látex negro, muy ajustado, dejando entrever una insinuante lencería roja que hacía difícil apartar la vista de otro lugar que no fuera su cuerpo y su piel.
Botas negras con tacón largo y fino. Irremediablemente fino.

-“Desnúdate por completo y deja todas tus cosas dentro de este mueble . No vas a necesitarlas durante todo el fin de semana”-

Una vez dichas las pequeñas instrucciones, le dejó en el vestíbulo y fue a guardar los bombones. Cuando regresó él ya se había desnudado y estaba esperándola completamente desnudo a excepción del dispositivo de castidad y del anillo en su mano derecha que indicaba su condición de esclavo.
De rodillas, con la mirada en el suelo, las manos en la espalda y la excitación más allá de su  alma.

-“Tengo un regalo para ti”-dijo ella en un tono de voz muy suave  mientras le acariciaba la barbilla. Él la miró y vio aquella sonrisa que anticipaba que muy probablemente se le había ocurrido experimentar con algo nuevo.

Le hizo ponerse de pie y cuando lo tuvo cara a cara le enseñó lo que llevaba en la otra mano. Un cinturón de castidad nuevo, brillante y significativamente más pequeño y curvado que el que encerraba su sexo en ese momento apareció delante de sus ojos.
Si ya estaba siendo difícil soportar la excitación en el que ahora lucía, con este nuevo todo iba a ser más difícil- pensó instantáneamente.

Ella se puso en cuclillas delante de él y cogiendo el pequeño collar del que colgaba la llave del candado lo abrió. Jugueteó con el candado, demorando el momento de la liberación, finalmente lo quitó y lo depositó en el suelo. Retiró la funda metálica y observó las marcas que el acero había dejado impresas en la piel.

Lo acarició .

Cogió el anillo de la base del nuevo dispositivo de castidad y se lo puso en su lugar. Este no tenía bisagras, era un anillo completamente cerrado.
Él la observaba con detenimiento. Era ella la que estaba casi de rodillas delante de él y en pocas ocasiones como esta se había sentido tan dominado.

Paradojas de los instantes, inmortalizados ya, en sus sentidos.

Se mojó los dedos con saliva y lo fue introduciendo por completo hasta que el tubo metálico tocó con el cierre adosado al anillo de la base. En ese momento cogió el candado del nuevo cinturón de castidad y lo cerró. Se levantó y le dijo:

-“Este es tu primer regalo. El segundo regalo es que la llave de este candado solo la tengo yo”-

Le dijo que la esperara de nuevo de rodillas mientras guardaba el viejo cinturón de castidad. Al cabo de menos de un minuto ella llegó hasta donde estaba y aprovechando que su cabeza estaba agachada mirando hacia el suelo le ciñó un collar de cuero en el cuello y fijó con un mosquetón la cadena que sujetaba en una de sus manos. En ese momento él supo que tenía que seguirla, caminando como si fuera su mascota y apoyó las manos en el suelo dispuesto a perseguirla y prolongar así su sombra, con la mirada fija en esos  interminables y afilados tacones.

Entraron después de un muy corto trayecto en una especie de sala de estar. Ella le hizo ponerse de pie.
Una pequeña jaula de barrotes metálicos negros estaba colocada entre el sofá negro y la televisión, como si de una mesita de salón se tratara. El suelo de la jaula estaba cubierto por una especie de almohadilla acolchada, en los laterales los barrotes discurrían verticales, paralelos unos a otros hasta que se unían con las aristas que conformaban el plano horizontal superior en el que otros barrotes paralelos cerraban por completo el perverso cubículo.

En uno de los laterales parecía haber una pequeña puerta que en su parte inferior interrumpía los barrotes verticales para dejar una pequeña abertura por la que únicamente podría caber una escudilla como las que se usan para alimentar a los perros.

El desconectó involuntariamente de aquella imagen unos segundos y se centró en su respiración agitada.

Excitación.
Nervios.
¿Miedo?.
No.
La confianza superaba todo temor.
Incertidumbre.
Deseo.
Impaciencia.

Ella se dirigió hacia la jaula y abrió con una pequeña llave el candado que tenía la puerta. Una vez abierta, se dirigió hacia él, levantó su barbilla y le sonrió antes de besar sus labios. Después de besarle todo lo profundamente que sintió, le dijo muy dulcemente al oído.

-“Este es tu tercer regalo, vas a ver cómo te va a encantar. Métete dentro”-

Él obedeció de inmediato. Ella le acarició ligeramente el pelo indicándole con ese gesto que lo había hecho muy bien. Cuando estuvo dentro cerró la puerta con el candado y le susurró:

-“Hay quien a este tipo de jaula le llama jaula de castigo, no va a ser nuestro caso, aunque si cometes alguna falta que te haga merecedor de ello, no dudaré en usarla como tal. Para nosotros va a ser una jaula de entrenamiento”-

Él escuchaba atentamente mientras trataba de acostumbrarse poco a poco a la postura forzada que aquel espacio tan reducido le obligaba a mantener. Difícilmente cabía dentro de ella y su cabeza tenía que estar prácticamente en el suelo de la jaula mientras sus glúteos sentían el frío contacto del acero y en su espalda notaba los barrotes de la cara superior.

Ella continuó.

-“El confinamiento en una jaula de este tipo tiene como virtud reforzar la sumisión y la obediencia, que son dos virtudes que tienes como esclavo y que ya sabes, me gustan y excitan tanto”-

Ella caminaba pausadamente  alrededor de la jaula, consiguiendo que sus tacones marcaran el ritmo de sus palabras, condicionando así la atención de su esclavo a través de aquel repiqueteo sobre el suelo.

-“Con disciplina y adiestramiento voy a conseguir que seas capaz de estar ahí dentro durante horas, tal vez un fin de semana entero”-

A pesar de  no poder ver su rostro, ella le imaginó sediento, temeroso y relajado a la vez.
Tras solo unos pocos minutos dentro de la jaula, la idea de pasar un fin de semana entero seguro que a él le parecía imposible de alcanzar al igual que también le parecieron imposibles de alcanzar otras muchas cosas que ahora eran de lo más natural gracias a su capacidad de seducción y al dominio que ejercía sobre él.

-“Pero todo eso lo vamos a hacer juntos. Poco a poco. Este fin de semana vas a ir familiarizándote con la jaula y progresivamente iremos avanzando”-

Cuando concluyó, él pidió permiso para hablar y ella se lo concedió.

-“Solo pretendo poner lo mejor de mí en esta nueva experiencia y trataré de no defraudarte en ningún momento. Te pido perdón por anticipado por los momentos de debilidad que tendré en este proceso y aceptaré las medidas de corrección que estimes oportunas”-

Ella le regaló una sonrisa de carmín rojo.

Él levantó ligeramente la mirada todo lo que le permitía el espacio en el que estaba confinado y observó con detenimiento sus preciosas botas. Jugó a adivinar la anatomía de los dedos de esos pies con los que soñaba de noche y de día también. Pudo sentir la armoniosa geometría, deteniéndose en el rojo brillante de las uñas, captando la belleza del conjunto y enredándose en el infinito tatuado de su empeine izquierdo. Tan cerca para besarlos y tan inalcanzables-pensó.

Por unos segundos aquellos pies desaparecieron de su campo de visión y se sintió desorientado, trató de fijar la atención en el sonido de los tacones sobre el suelo. Una melodía empezó a sonar suavemente y los pies volvieron a aparecer delante de él. Respiró aliviado.

Ella volvió a sentarse en el sofá.
Cruzó las piernas, encendió un cigarrillo y se dispuso a observarle.
Orgullosa de su obediencia.
Y de sentir que le pertenecía.

Lentamente fueron transcurriendo los minutos seguidos de  horas, por la ventana ya solo entraba la oscuridad de la noche, ella se quitó las botas e introdujo sus pies entre los barrotes de la jaula dejándolos delante de su cara, instintivamente él dirigió sus labios a aquellos empeines y los cubrió de besos y saliva. Sus labios dibujaron el contorno de cada uno de los dedos, sintiéndolos a través de la leve corriente del simple roce.

Una punzada de dolor le recordó su otro confinamiento, el del acero oprimiendo más que nunca su sexo. Esa sensación de vulnerabilidad que tenía cuando estaba con ella se hizo presente como nunca antes lo había hecho .

Y eso le tranquilizó.

“Contigo me siento muy libre”-recuerda que la confesó un día, y hoy más que nunca, volvió a sentir esa sensación.

Libertad desde su encierro…

Estamos hechos de paradojas.
De instantes.
Y de placeres- pensó.

«Nos pusieron límites,

pero rompimos  los márgenes. ..»

 

 

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Anatomía del placer.

Con la misma elegancia que se ha dejado besar, se ha retirado al suelo.

Casi de rodillas ha comenzado a abrocharse el cordón del zapato negro.

La chaqueta del  exquisito traje gris, estilo slim-fit,  tirada  en el suelo.

El, vestido con camisa azul, corbata y pantalón gris, a juego con la chaqueta.

Me he situado frente a él.

Yo, vestida con un traje corto negro, de tirantes. Medias altas y zapatos negros también, de suela roja. He situado mi pie derecho junto a sus cordones aún desbaratados.

Ha entendido lo que tenia que hacer.

En la misma posición, casi de rodillas y con delicadeza, ha cogido mi pie con sus dos manos. Las he sentido cálidas, tímidas, complacientes y dulces. Ha comenzado a besarlo. Ha acariciado con su lengua la punta del zapato, me he movido sinuosamente para retirarlo de su encuadre visual, me ha atrapado la intención y el zapato.

Lo ha apretado. Con fuerza. Con miedo.

Su lengua se ha movido sigilosa y seductoramente por el empeine. He podido sentir la humedad de su lengua, tras el tejido de la media. Le he mirado con dulzura y satisfacción.

Ha suspirado.

Le he invitado a que dirija su lengua hacia el tacón que esperaba con impaciencia su turno. Con sus manos bien sujetas en el tobillo y el empeine, ha llevado su humedad a la punta del tacón.

Me he deleitado en la visión.

He seguido la cadencia de sus movimientos.

Y aunque me gustaban, le he hecho cambiar el ritmo, traspasando las lógicas del sentido.

Se ha amoldado.

Le he sonreído.

He cogido un cigarrillo. Le he invitado a levantar la cabeza.

Me ha gustado su mirada pero no se lo he dicho.

Rápidamente ha sacado un mechero de su bolsillo derecho con la intención de encenderlo.

Ha intentado provocarme con su mirada impúdica y franca.

He vaciado el humo, según salía de mis labios en su cara.

No ha dicho nada.

Le he ofrecido el cigarrillo, teñido con mi carmín rojo para que lo fumara.

He intentado prolongar mi deseo en el suyo, y viceversa.

He podido oler su excitación.

 

-Por hoy ha sido suficiente- le he dicho, perversamente.

Aún arrodillado ha cogido su chaqueta del suelo, se ha levantado y se ha dirigido hacia la puerta.

Le he besado.

Me ha sonreído.

Me he quedado con su olor guardado en mi tanga rojo.

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«Entender es antes que pretender…»

 

 

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Soy como tú me miras.

«Un finde muy especial» (II)

No supo cuánto tiempo había transcurrido desde que Ella le dijo que se metiera en el maletero hasta que sintió que el coche se detenía. Tras unos segundos volvió a emprender la marcha, esta vez por un camino de gravilla. Poco tiempo después volvió a detenerse, escuchó cómo se abría la puerta del coche y los tacones de su Dueña. De repente se abrió la puerta del maletero, tuvo que entornar ligeramente los ojos para acostumbrarse a la luz que le daba en la cara. Ella le habló. Muy suave pero con firmeza en sus palabras.

-Sal del maletero y ponte de rodillas con las manos apoyadas en el suelo-.

Obedeció sus indicaciones y a los pocos segundos estaba de la manera en la que Ella le había indicado. Sus zapatos negros de tacón altísimo aparecieron delante de sus ojos y sintió cómo con la mano acariciaba su pelo, de la misma manera en la que se acaricia a una mascota. Poco después, esa mano estaba delante de su cara. Instintivamente la besó, agradeciendo la caricia que había recibido instantes antes.

Un collar metálico se ciñó alrededor de su cuello y escuchó el clic con el que Ella lo cerró. Una cadena con un mosquetón terminó de fijar el collar a su correa y sintió un leve tirón con el que supo que debería seguir a su Dueña caminando a cuatro patas. El garaje en el que había aparcado el coche se comunicaba con una puerta con el resto de la casa. Atravesaron un salón grande y un pasillo, Ella caminaba lentamente llevándole de la correa. Él la seguía con la mirada fija en sus tacones.

Terminaron llegando a una habitación grande en la que había una cama y dos aparadores. En la parte superior de los aparadores lucían ordenados un sinfín de juguetes que sin duda su Dueña emplearía a lo largo del fin de semana. Se acercó a uno de los aparadores y dejó el collar enganchado al pomo de uno de los cajones y le ordenó que permaneciera allí de rodillas y con los antebrazos apoyados en el suelo.

Ella se metió en el baño y permaneció unos minutos que a él se le hicieron eternos mientras escuchaba el inconfundible sonido de la ducha.

Al rato volvió a oír la puerta del baño y Sus tacones desplazándose sobre el suelo de madera. “Tendrás sed, bebe un poco”, le dijo Ella mientras ponía en el suelo una escudilla con agua. Él le dio las gracias y procedió a beber un poco introduciendo la boca y la nariz en el recipiente a la vez que Ella volvía a acariciar suavemente su pelo. “Pasa al baño y date una ducha rápida”.

Cuando salió del baño vio que Ella estaba sentada en los pies de la cama, con una mirada le indicó que fuera hacia donde estaba y con un gesto de la mano entendió que debía ponerse de rodillas delante de Ella y así lo hizo, manteniendo en todo momento la mirada fija en el suelo. Con un leve toque de Su pie le hizo entender que debía separar las piernas y ya con las piernas separadas Ella empezó a juguetear con el pie alrededor de la jaula metálica en la que estaba encerrado su sexo, que empezó a excitarse buscando una erección imposible.

Le hizo subir a la cama y tumbarse boca arriba, vendó sus ojos, colocó una pinza metálica en cada uno de sus pezones y ató las manos y los pies a las patas de la cama. Estaba totalmente a merced de su Dueña. Acto seguido Ella se sentó sobre su cara.

-De momento solo puedes olerme-.

Empezó a jugar con las pinzas de los pezones, las retorció, las apretó con los dedos mientras las quejas de él quedaban acalladas por el sexo de Ella. Bajó con Sus manos por su vientre hasta llegar al cinturón de castidad, lo acarició como dando comienzo a una masturbación. Ella veía cómo la excitación crecía en él como tratando de escapar del dispositivo metálico en una lucha inútil.

Con una de Sus manos retiró ligeramente la tela de sus bragas para dejar Su sexo directamente sobre la boca de él y le indicó que empezara suavemente a lamer. Él obedeció y poco a poco fue lamiendo a la vez que notaba los inequívocos signos de placer de su Dueña. Ella, queriendo alargar lo más posible su excitación escapaba de vez en cuando de la lengua de su esclavo y le pasaba su sexo sobre el pecho marcándole así aún más de Su esencia, para volver a sentarse de nuevo sobre su cara. Él siguió lamiendo cada vez más rápido llevándola a un orgasmo que empapó todo su rostro tras el cual dejó caer Su cuerpo sobre el de él.

Cuando se recuperó habló muy cerca de su oreja:

-¿Cuánto tiempo llevas sin tener un orgasmo?- Preguntó, aunque sabía perfectamente la respuesta quería escucharla de su boca.

-Hace tres semanas desde la última vez que me permitiste tener uno y me colocaste el cinturón de castidad-.

-Te has portado muy bien durante estas tres semanas. Me has servido con devoción y me has proporcionado mucho placer. Como premio voy a retirarte el cinturón de castidad-.

Acercó la llave que colgaba de su collar y retiró el candado primero, la jaula después y por último el anillo que abrazaba la base de su miembro por detrás de los testículos. Una vez estuvo libre empezó a acariciarlo muy suavemente, casi sin tocarlo. Después de esas tres semanas en castidad reaccionó de inmediato ante aquel casi inexistente estímulo y unas gotas transparentes empezaron a salir. Ella las recogió con uno de sus dedos y se lo acercó a sus labios. Él supo inmediatamente que tenía que limpiar el dedo de su Ama.

Mientras tanto Ella continuó estimulándolo solo con dos dedos volviéndole completamente loco. Poco después lo agarró con firmeza y lo masturbó más rápido, él tardó muy poco en pedir permiso para correrse, momento en el cual Ella dejó de masturbarlo “Todavía no”. Lo dejó descansar y recuperarse para volver entonces a continuar la estimulación. Extendió lubricante tanto en Sus manos como en el pene y prosiguió masturbándolo alternando ritmo lento con ritmo más rápido, caricias casi imperceptibles con caricias más firmes. Él volvió a pedir permiso para correrse.

-Pídemelo otra vez-.

-Por favor ¿puedo correrme?-

-Otra vez-.

-¿Puedo correrme, por favor?-

-Todavía no-.

Y paró de nuevo para que se recuperara. Su respiración se hacía cada vez más entrecortada. Ella acercó Su boca a uno de los pezones y lo mordió, para luego hacer lo mismo con el otro. Volvió a extender lubricante y empezó de nuevo a masturbarlo mientras le dijo al oído:

-Cuando vuelvas a sentir que estás llegando al orgasmo tienes dos opciones, o no decirme nada y correrte, o pedirme que por favor no deje que te corras-

-Como tú ordenes- respondió.

A los pocos minutos él sintió que de nuevo estaba a las puertas del orgasmo.

-Por favor, no dejes que me corra-.

-Pídemelo otra vez-.

-Por favor, no dejes que me corra-.

-¿Quieres que pare y que vuelva a ponerte el cinturón de castidad?- preguntó Ella mientras no dejaba de masturbarlo.

Un hilo de voz, casi un susurro, salió de su boca

-Por favor, ponme de nuevo el cinturón de castidad-.

En ese momento Ella paró, esperó a que la erección empezase a disminuir, colocó de nuevo el cinturón de castidad en su sitio y besó la jaula. Acto seguido le liberó de las ataduras y le dio un largo beso.

-Esta noche me has proporcionado placer por partida doble. Primero haciéndome llegar al orgasmo y ahora entregándome tu frustración a pesar de llevar tres semanas encerrado en el cinturón de castidad. Estoy muy orgullosa de ti-.

-Muchas gracias, Ama-.

Ella lo abrazó por detrás y le preguntó:

-¿Qué más estarías dispuesto a entregarme?-

-Todo- respondió él, casi de inmediato.

-Cuando termine este fin de semana me habrás entregado mucho más que eso-.

 

“A mind that is stretched by a new experience can never go back to its old dimensions”.

 

 

PD.
Gracias a quien me escribió este relato_fantasía, lo que él no sabe es que muy pronto podría hacerse realidad.

 

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